Pese a que las economías de nuestro entorno parecen haber superado los principales impactos de la crisis económica, las previsiones de crecimiento de la Comisión Europea muestran que para España la salida será lenta, con una contracción del producto interior bruto del 0,4% en 2010.
Sin embargo, la demanda agregada energética, considerada un indicador avanzado de crecimiento, muestra claros signos de recuperación. Y aunque sin duda nos encontramos en un difícil momento a nivel mundial, no debemos ignorar que, si bien toda crisis provoca amenazas, también ofrece oportunidades. Oportunidades que reclaman una reflexión previa para diseñar un nuevo modelo económico que impulse un crecimiento equilibrado y sostenible y la concilie el desarrollo económico, social y ambiental.

La mayor exigencia social de respeto al medio ambiente, la necesidad de reducir nuestra elevada dependencia energética exterior y la necesidad de responder a nuestros compromisos internacionales han favorecido la apuesta decidida del Gobierno por las energías renovables, un sector emergente en el que España tiene claras ventajas comparativas.

Sin embargo, en un momento como el actual, en el que el coste asociado a estos sistemas de promoción y apoyo de las energías renovables suponen cerca de 6.000 millones de euros, es necesario considerar el desarrollo de las fuentes renovables como un elemento de estrategia energética, económica, social y medioambiental. La generación de origen renovable sustituye a las unidades de generación convencional de coste marginal elevado, por lo que en los últimos meses unas condiciones climáticas favorables a la generación de origen renovable –superior al 40% en muchas horas del día–, combinadas con una menor demanda energética, se han traducido en precios mayoristas cercanos a los 30 €/Mwh, los más bajos a nivel europeo. Según datos del Ministerio de Industria, el ahorro asociado a la nueva potencia puede ascender a 2.500 millones de euros hasta el 2013.

En cuanto a la seguridad de suministro, la aportación de las energías renovables al consumo final bruto de energía en España se estima para el año 2020 en un 22,7%, casi tres puntos superior al objetivo obligatorio fijado por la UE, mientras que la aportación de las renovables a la producción eléctrica alcanzará el 42,3%, con lo que España superará sus previsiones en este ámbito (40%).

Esta situación es fruto de la exponencial evolución de las energías renovables en nuestro país. De 1.000 MW instalados en 1990 hemos pasado a tener una potencia superior a los 30.000 MW. Gracias a ello, España se sitúa como referencia mundial en los segmentos eólico y solar, con las consiguientes repercusiones positivas en el ámbito industrial. Según la Asociación de Productores de Energías Renovables de España (APPA), la contribución en 2008 al PIB a coste de los factores del sector de las renovables fue de 7.315 millones de euros, un 0,67% del PIB. En el terreno tecnológico, las energías renovables con mayor contribución al PIB fueron la eólica (51,9%), la fotovoltaica (21,6%), la biomasa (15,07%) y la minihidráulica (7,2%).

El importante desarrollo de estas tecnologías ha supuesto la creación de potentes sectores industriales de fabricación de equipos y componentes con un fuerte perfil exportador. Las exportaciones del sector alcanzaron los 3.863 millones de euros en 2008, y sólo las seis empresas renovables más importantes poseen aproximadamente 27.000 millones de euros en activos fuera de España: un volumen de Inversión Extranjera Directa nada desdeñable. Paralelamente, el crecimiento del sector de las renovables en los últimos años ha supuesto un importante impacto en términos de creación de empleo, dando ocupación a más de ciento veinte mil personas.

En definitiva, pese a representar una cifra reducida del PIB -en torno al 2,5%-, el sector energético adquiere relevancia estratégica en un momento económico tan complejo como el actual. Su estrecha relación con el sector industrial y sus fuertes efectos de arrastre le confieren un papel revitalizador sobre el potencial de desarrollo regional y local, la capacidad exportadora, la cohesión social y el empleo, especialmente para pymes y productores independientes.

Así, valorando conjuntamente tanto la importancia del sector como su recuperación, puede concluirse que los principios de mejora de la competitividad, de fomento de la capacidad innovadora de las empresas, de promoción medidas de ahorro y eficiencia energéticas, y de desarrollo de las energías limpias no sólo satisfacen las exigencias de las generaciones presentes, sino que sientan una base para que las generaciones futuras atiendan sus propias necesidades.