La creciente preocupación global por el cambio climático está aumentando las regulaciones ambientales que está impulsando cambios en las industrias afectadas y sectores relacionados.

En este contexto, los gestores que hacen valoraciones fundamentales bottom-up de las empresas, pueden anticipar mejor los riesgos y oportunidades creados por los cambios estructurales, debido a que realizan controles más exhaustivos del estado financiero de las empresas.

A principios de 2017, existían más de 1.400 leyes climáticas en todo el mundo, lo que significa un aumento exponencial desde las 60 leyes que existían en 1997, el año en que se adoptó formalmente el Protocolo de Kyoto.

Este crecimiento demuestra la preocupación global de casi todos los países que tratan de abordar el cambio climático de una u otra manera. El Acuerdo de París, adoptado en diciembre de 2015, fue el impulso de este esfuerzo mundial en el que participan 164 países, que en conjunto representan el 95% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, que se han acelerado rápidamente debido a la creciente actividad industrial.

A medida que esta preocupación crece y, en consecuencia, aumenta la regulación, los gestores trabajan duro para determinar el impacto de las consideraciones ambientales en sus asignaciones de activos dado que afecta a casi todos los aspectos de una cartera, desde las expectativas de rentabilidad al nivel de riesgo.

Las regulaciones afectan a algunos sectores más que a otros, y hay tres industrias que se ven afectadas de forma clara por los objetivos mundiales de reducción de emisiones de carbono en los modelos comerciales, la industria automotriz, el transporte marítimo y las compañías petroleras y de refinería.

En la industria automotriz, se espera que los vehículos eléctricos se vayan popularizando en los próximos años debido a las normas de emisiones que afectan principalmente a los motores diésel. Los escándalos también han afectado a la industria, entre ellos el engaño de Volkswagen en las pruebas de emisiones, que unido con un descenso en las ventas de vehículos diésel en Europa por las dudas acerca de si podrán entrar en grandes ciudades y la posible tributación que se podría aplicar a estos vehículos, ha acelerado los esfuerzos de los fabricantes para reorientar la producción hacia vehículos eléctricos.

La bajada en los precios de baterías de litio-ion ha hecho que los vehículos eléctricos sean más económicos, y se espera que su precio se iguale al de los motores de combustión interna tradicionales, reforzando así el atractivo de los vehículos eléctricos para el gran público. El enfoque está cambiando, y el valor de la industria está pasando de los fabricantes a los proveedores de componentes básicos para coches eléctricos, este cambio de valor en la cadena de suministro se ha reflejado en los precios de las acciones.

Un ejemplo de la reorientación de las empresas es el de Engie, la eléctrica francesa, que ha vendido recientemente sus centrales de carbón en Australia y Reino Unido como parte de sus esfuerzos para orientarse hacia las energías renovables.

El transporte marítimo es otra de las industrias más contaminantes del sector del transporte, debido al combustible que utiliza, sus prácticas de desguace y reciclaje  que han generado preocupación ambiental y social. Todavía no se han coordinado a escala global los esfuerzos por reducir los efectos dañinos en las prácticas de reciclaje y desguace, la dirección de las regulaciones está enfocada especialmente en lo tocante a emisiones, tratando de alejar a la industria de los combustibles fósiles, aunque actualmente la industria permanece fuera del ámbito del Acuerdo de París pero se espera que entren pronto.

Las medidas para acatar esta nueva normativa podrían pasar por usar un combustible bajo de azufre, instalar sistemas de tratamiento de gases de escape y utilizar combustibles alternativos, como gas natural licuado, estos cambios están creando algunas oportunidades interesantes en otras industrias, en particular las refinerías.