A lo largo de los últimos años, el gas pizarra ha provocado profundos cambios en el sector energético de Estados Unidos. Estos cambios se extenderán a otros países decididos a explotar sus recursos (en algunos casos considerables) a pesar de los riesgos medioambientales que supone. ¿Por qué? Porque el gas pizarra ofrece un aumento de las capacidades de autoabastecimiento, costes más bajos y menor huella de carbono.

Empezaron como una curiosidad, interesante sólo para unos cuantos prospectores independientes, pero las operaciones de pizarra juegan ahora un papel importante en el sector energético de Estados Unidos, un cambio que se debe a la mejora en las técnicas de extracción y a la abundancia de este gas en el país. Tras varias adquisiciones dentro del sector, las grandes compañías estadounidenses o extranjeras están ahora ampliamente presentes en este mercado. Los programas de inversión que han comprometido han hecho que la producción se multiplicara por cinco en pocos años. En 2011, el gas pizarra cubrió casi el 25% de la demanda de gas natural en Estados Unidos, un porcentaje que seguirá creciendo.

De hecho, la exploración de formaciones geológicas ha hecho que se encuentren disponibles grandes cantidades de gas. Como la demanda no igualaba este aumento de la oferta, el precio del gas natural se ha desplomado a lo largo de los últimos años. Esta tendencia a la baja se ha acelerado en 2012. A pesar de los record alcanzados en 2008, cuando el gas se acercó a $14, el precio medio ya había caído desde 7 dólares (por MCF / millones BTU) en 2007 a 4 dólares en 2011. El gas natural está ahora cotizando a 2,4 dólares.

Antes siquiera de considerar las consecuencias económicas del gas pizarra en Estados Unidos, el primer aspecto que hay que mencionar es la repercusión geopolítica. Como mayor importador del mundo, Estados Unidos reducirá significativamente su dependencia de los proveedores de gas y petróleo extranjeros. El proceso ya estaba en marcha en el caso del petróleo, con una disminución progresiva de los volúmenes de importación durante los últimos diez años; esta tendencia podría reforzarse aún más si el petróleo empieza a ser sustituido por gas. Las importaciones de petróleo siguen suponiendo el 45% del consumo total, equivalente al 43% del déficit comercial del país (excl. servicios), o 186.000 millones de dólares. Según la actual hipótesis para el gas y el petróleo, la repercusión podría suponer varios miles de millones de dólares cada año. Aunque no implica un importante saneamiento en el comercio externo del país a corto plazo, la disminución del balance negativo (el balance en servicios es positivo) sí conlleva implicaciones para la balanza de pagos y el dólar.

Por su parte, las consecuencias económicas son numerosas y potencialmente significativas en los muchos sectores que están involucrados de una y otra forma. Una primera serie de consecuencias concierne a la actividad en sí misma, mientras que otras afectan a los precios y los costes.

En términos de actividad industrial, el aumento de actividad en el sector del gas está beneficiando a una amplia gama de áreas industriales: compañías que ofrecen servicios de exploración, equipos de extracción, herramientas de oleoductos y explotación ya han experimentado un aumento en las ventas.

El impacto indirecto más fuerte, aunque difícil de medir, se encuentra en el empleo. El número de empleos dentro del sector del gas ha aumentado, pero el sector industrial en su conjunto también nota las consecuencias.