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El 31 de julio, el Ministerio de Finanzas japonés compró yenes de manera coordinada con el Departamento del Tesoro estadounidense. Estados Unidos participó directamente en el mercado de divisas por primera vez desde 2011, después de que el yen se aproximara a los 164 por dólar, su nivel más bajo en cuatro décadas.

Fuente: Carlos Arenas Laorga
Lo habitual para fortalecer el yen habría sido vender dólares y comprar moneda japonesa. Sin embargo, el Tesoro estadounidense vendió euros. Es decir, intervino en el cruce euro-yen para influir indirectamente sobre el dólar-yen.
Vender dólares habría debilitado de forma más directa la moneda estadounidense y podría haberse interpretado como el inicio de una política deliberada de depreciación. Eso abarataría las exportaciones de Estados Unidos, pero también encarecería sus importaciones y añadiría presión inflacionista en un momento en el que la inflación continúa por encima del objetivo de la Reserva Federal. EE.UU. quiso apoyar al yen sin debilitar al dólar.
Sin embargo, detrás del problema cambiario aparece otro mercado mucho mayor: el de bonos soberanos. Japón es el principal tenedor extranjero de deuda estadounidense. Acumulaba 1,143 billones de dólares en mayo.
El riesgo que observan desde Estados Unidos es que si las autoridades japonesas necesitan dólares para comprar yenes, una de las formas de conseguirlos es vender los bonos americanos que mantienen dentro de sus reservas.
El problema no es que una venta japonesa aislada pueda derribar por sí sola un mercado gigantesco. El peligro es que llegue cuando Estados Unidos necesita emitir enormes cantidades de deuda, los inversores exigen una rentabilidad mayor y otros tenedores extranjeros también están reconsiderando sus posiciones.
Me explico. Como acabamos de mencionar en un artículo, los intereses de la deuda americana están disparados.
Aquí se encuentra la conexión. Japón posee una deuda pública superior al 200% del PIB y debe financiar nuevos estímulos sin provocar una subida incontrolada de los rendimientos de sus propios bonos. Si el Banco de Japón mantiene unas condiciones monetarias demasiado expansivas, el yen pierde atractivo. Si permite que los tipos japoneses suban con fuerza, aumenta progresivamente el coste de refinanciar la deuda pública y puede favorecer la repatriación de capitales actualmente invertidos en Estados Unidos. Y si trata de sostener el yen vendiendo reservas, puede presionar al alza los rendimientos estadounidenses.
No es exactamente un pacto por el que Japón mantenga bajos los tipos a cambio de que Estados Unidos defienda su moneda. Pero sí hay una coincidencia evidente de intereses: Japón necesita estabilizar el yen sin desordenar sus finanzas y EE.UU. quiere evitar que esa defensa obligue a Japón a liquidar masivamente bonos estadounidenses.
El inversor debería recordar que los tipos también reflejan la sostenibilidad fiscal, los movimientos internacionales de capital y la necesidad de los gobiernos de defender sus mercados de deuda. Y que un 5,2% a 30 años está bien si mantiene el bono hasta el vencimiento, pero sufrirá pérdidas de valoración importantes si el mercado pasa a exigir un 6%.
La intervención puede ganar tiempo y desanimar las posiciones especulativas contra el yen. Lo que no puede hacer es eliminar las contradicciones fiscales y monetarias de Japón ni reducir las necesidades de financiación de Estados Unidos. Los gobiernos pueden influir en el precio de una divisa durante un tiempo; pero no pueden obligar al mercado a ignorar los desequilibrios que existen detrás.

