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La subida de los tipos a largo plazo no debe confundirse con una nueva subida oficial de la Reserva Federal. El banco central controla directamente el precio del dinero a muy corto plazo, pero no puede ordenar a los inversores cuánto deben exigir para prestar durante 30 años. Ese rendimiento incorpora las expectativas sobre los futuros tipos de interés, la inflación, el crecimiento económico, el volumen de deuda que deberá absorber el mercado y una prima por aceptar toda esa incertidumbre durante tres décadas.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

Tras la reunión de la Reserva Federal del 29 de julio, la rentabilidad del bono a 30 años pasó del 5,09% del día anterior al 5,27% al cierre de esa semana. Kevin Warsh no abandonó el objetivo de inflación: al contrario, reiteró expresamente que continúa situado en el 2%. Pero cuando hay dudas sobre inflación, déficits y oferta de deuda, el inversor suele exigir más rentabilidad para comprometer su dinero a largo plazo.

Además, no toda la subida puede atribuirse a una inflación futura descontrolada. El 6 de agosto, el bono nominal a 30 años rendía un 5,22%, mientras que el bono protegido frente a la inflación ofrecía un tipo real próximo al 2,98%. La diferencia entre ambos, alrededor de 2,24 puntos, sirve como aproximación a la compensación por inflación, aunque no es una previsión pura porque también incorpora primas de riesgo y diferencias de liquidez. Lo relevante es que el tipo real se encuentra extraordinariamente alto. El mercado no solo exige protección frente a la subida de los precios, sino que quiere ganar casi un 3% anual por encima de la inflación prestando al Gobierno estadounidense.

Esto eleva el listón para cualquier inversión privada. Si el activo considerado más seguro del mundo ofrece más de un 5%, una empresa tiene que prometer bastante más para convencer a un inversor de que asuma riesgo corporativo, tecnológico y operativo. El bono del Tesoro se convierte así en el precio de referencia sobre el que se construye prácticamente todo lo demás: préstamos, bonos empresariales, financiación de proyectos y valoraciones bursátiles.

La coincidencia resulta especialmente delicada porque Estados Unidos necesita financiar unos déficits enormes. La Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta un agujero fiscal de 1,9 billones de dólares en 2026, equivalente al 5,8% del PIB, cuando el déficit medio de los últimos cincuenta años ha sido del 3,8%. Solo los intereses consumirán más de un billón de dólares en 2026.

Por otro lado, Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Oracle podrían invertir conjuntamente unos 750.000 millones de dólares en 2026, un 67% más que el año anterior. También calculaba que las emisiones de bonos de los grandes proveedores tecnológicos podrían superar una previsión inicial de 93.000 millones. Ya no estamos hablando únicamente de contratar ingenieros y desarrollar programas informáticos. La IA se ha convertido en una industria pesada disfrazada de tecnología.

Aquí aparece el crowding out. Cuando el estado absorbe una parte creciente del ahorro disponible mediante emisiones de deuda muy rentables, puede encarecer la financiación del sector privado. No significa que exista una cantidad completamente fija de dinero y que cada dólar prestado al Tesoro desaparezca automáticamente para las empresas. El mercado de capitales estadounidense es global y muy profundo. Pero, cuanto más ofrece el activo sin riesgo, mayor es la rentabilidad mínima que deben superar los proyectos empresariales.

Para estas empresas, un proyecto que parecía rentable con una financiación al 4% puede dejar de serlo al 7% u 8%. Los proyectos se aplazan, se reducen o se cancelan.

También afecta a las valoraciones bursátiles. Una compañía tecnológica vale hoy lo que se estima que generará en el futuro, descontado al presente. Cuanto mayor sea el tipo utilizado para descontar esos beneficios, menor será su valor actual. Por eso los tipos reales elevados castigan especialmente a las empresas cuyas grandes ganancias se esperan dentro de muchos años. La IA puede seguir creciendo con fuerza y, aun así, algunas acciones caer.

El peligro aparecería si coincidieran tipos persistentemente altos y una revisión a la baja de las expectativas de rentabilidad. Bastaría con que los modelos avanzasen más despacio...

La IA tendrá que demostrar que no solo puede cambiar el mundo, sino también remunerar todo el capital necesario para construirlo.