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La inflación no es solo un dato mensual que publica la oficina estadística de turno. Es una pérdida de poder adquisitivo. Es la diferencia entre lo que creías que podías comprar y lo que realmente puedes comprar. En Estados Unidos el dato de mayo fue malo, con el IPC avanzando un 4,2% interanual, con la energía subiendo un 23,5% y la gasolina un 40,5%. Eso sí, la subyacente cayó un poco.

La inflación general puede parecer contenida hasta que la energía vuelve subir. El petróleo no es un producto cualquiera. No solo afecta al conductor que llena el depósito. Afecta al transporte, al coste de mover mercancías, a los fertilizantes, a parte de la industria química, a los billetes de avión, al diésel de muchas actividades productivas y, por derivada, a la cesta de la compra.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

El primer golpe es fácil de entender: el barril sube y la gasolina se encarece. El segundo golpe es más peligroso: el transportista sube tarifas, el supermercado repercute parte del coste, el restaurante revisa precios, el trabajador pide una subida salarial para no perder poder adquisitivo y la empresa vuelve a subir precios para proteger márgenes. Esto son los efectos de segunda ronda…

Y cuando pensamos que esto ya va a mejor si se reabre Ormuz, hay que tener en cuenta otra cosa. Las reservas estratégicas de petróleo de Estados Unidos están tan bajas que no se veía algo así desde 1983.

Esto no significa que mañana el Gobierno estadounidense vaya a salir al mercado a comprar cientos de millones de barriles de golpe. Sería absurdo. Pero sí habrá que reconstruir parte de ese colchón. Quizá sea con producción propia, pero eso equivale a menor oferta mundial y a tensionar los precios de cualquier modo. O, al menos, a que no caigan tanto.

Cuidado con dar por muerta la inflación. Si la energía se mantiene cara más tiempo, si las reservas deben recomponerse, si los salarios siguen ajustándose y si los servicios continúan fuertes, los bancos centrales tendrán un problema, porque la subida de tipos no sirve de mucho.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

El inversor no necesita vivir obsesionado con cada dato mensual de IPC, pero sí entender que la inflación no es algo vencido con la apertura de Ormuz.

La buena inversión no consiste en adivinar el precio exacto del petróleo ni la próxima décima del IPC. Consiste en construir una cartera capaz de soportar escenarios menos amables de lo que nos gustaría.