
El shock al mercado del petróleo derivado de la guerra de Irán ha despertado un nuevo miedo en las economías occidentales, el riesgo de una estanflación. Esta situación económica se da cuando coincide en el tiempo un periodo de inflación prolongada con un estancamiento, o retroceso, de la actividad económica. Si este temor finalmente se materializa o no, dependerá de la duración del conflicto y la efectividad del alto al fuego firmado entre las partes.
Los cuarenta días de guerra que ha sufrido el territorio iraní, atacado por los ejércitos israelí y estadounidense, han tenido fuertes consecuencias en la economía global. El cierre del estrecho de Ormuz –el mayor paso de hidrocarburos del mundo–, así como la destrucción de infraestructuras energéticas han supuesto un shock en la oferta de energía a nivel global. El FMI advirtió que este conflicto causaría la subida de precios de productos altamente relacionados con la energía, una mayor incertidumbre en las expectativas de inflación y efectos en los mercados de valores. De momento, la inflación, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, se ha incrementado en el corto plazo, pero las previsiones aún se mantienen estables en el largo.
El acuerdo firmado entre los bandos y mediado por Pakistán presenta un alto al fuego inicial de quince días y la reapertura del estrecho de Ormuz. A pesar de que su cumplimiento se pone en entredicho, de ser respetado, el mercado energético no se aliviaría de manera instantánea. Más de cuarenta infraestructuras energéticas han sido dañadas en nueve países de Oriente Medio, sus reparaciones y reconstrucciones pueden durar varios meses y hasta un par de años. Por ello, aunque se reabra el estrecho de Ormuz los precios de la energía no volverán a igualarse a los que había antes del inicio de la guerra. La naturaleza de los productos energéticos hace que el incremento de su precio pueda trasladarse con facilidad al resto de bienes, provocando un aumento generalizado de los precios.
Las medidas que se tomen para hacer frente a esta subida de precios pueden llevar a una espiral económica que desemboque en estanflación. Si para hacer frente a la inflación los bancos centrales suben los tipos de interés, el problema se agravaría ya que no es un exceso de demanda lo que está provocando la inflación, sino un shock en la oferta. De este modo, una subida de tipos de interés aumentaría los costes de producción, reduciría el consumo y podría llevar a un mayor desempleo. Todo esto provocaría un estancamiento de la economía que, unido a la inflación, daría lugar a un periodo de estanflación.
A pesar del alto el fuego, la oferta energética sigue contraída por lo que, los efectos en las economías todavía persisten y aún pueden evolucionar. En Estados Unidos ya han sufrido un periodo de estanflación en la década de los setenta. El embargo de los países productores de petróleo a aquellos que habían apoyado a Israel en la guerra del Yom Kipur en 1973, unido a la crisis del petróleo de 1979, provocó que el barril de petróleo multiplicara varias veces su precio entre 1970 y 1980. Esta situación llevó a un aumento del desempleo y una reducción del consumo, disminuyendo así el ritmo de la economía que, junto a una alta inflación, dio lugar a un periodo de estanflación.
Sin embargo, la economía estadounidense actual es diferente. Su autonomía energética, siendo el principal productor de petróleo del mundo, le permite hacer frente a situaciones disruptivas como la causada por la guerra de Irán. Además, a pesar de haber sufrido un aumento en los precios del crudo, alcanzando los 120 $ por el barril de brent, este incremento no se ha trasladado, por el momento, a los salarios. La economía estadounidense está sufriendo un repunte en la inflación, pero su crecimiento económico aún es sólido y no se atisban signos de recesión económica derivada de las consecuencias del conflicto en Irán.
Las características de la economía europea la sitúan en una posición diferente ante las consecuencias del conflicto. Su carácter importador en el mercado energético supone mantener una posición más vulnerable ante los shocks en la oferta. Además, los salarios europeos aún no han recuperado el poder adquisitivo de los últimos periodos inflacionarios. Si estas demandas se traspasan a las empresas y generan una subida generalizada de salarios, Europa podría entrar en una espiral de precios-salarios. Todo ello, unido a un menor margen de maniobra a nivel monetario, sitúa a Europa en un escenario de mayor vulnerabilidad ante el riesgo de estanflación si la situación geopolítica se mantiene.
Con todo, el riesgo de estanflación dependerá de dos factores: la duración real del conflicto y la capacidad de gobiernos y bancos centrales para hacer frente a esta situación sin desencadenar una crisis mayor. Incluso si el alto el fuego se mantiene, la destrucción de infraestructuras implicará una prolongación de los efectos económicos.

