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Los organismos nacionales e internacionales sitúan a España año tras año como la gran economía de la eurozona que más crece, por delante de Alemania, Francia e Italia. Sin embargo, una parte amplia de la población percibe lo contrario; que no llega a fin de mes, que ha perdido poder adquisitivo, que no puede pagar un alquiler y que hoy vive peor que antes de la pandemia.

¿Mientan las estadísticas, mienten las percepciones de la gente?

Ni una ni otra, simplemente están midiendo cosas distintas…

El FMI acaba de elevar cuatro décimas su previsión de crecimiento para España en 2026, hasta el 2,5%, tal y como veis en el gráfico a continuación. Y no es algo nuevo porque España cerró 2025 creciendo más que la UE y, tomando 2019 como referencia (el último año antes de la pandemia), su PIB real acumula un aumento del 10%. En el mismo periodo, la eurozona creció un 6,6%; Italia, un 7,4%; Francia, un 5,7%, y Alemania, menos de un 1%. Con estas cifras se explica el discurso oficial de que la economía española es la locomotora de Europa.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de FMI

Pero ¿qué puede hacer que el PIB de un país crezca? El PIB mide los bienes y servicios finales de una economía en un periodo de tiempo; vamos, lo que produce un país. Y esa producción puede aumentar por dos vías. Bien porque cada persona produce más o bien porque hay más personas produciendo. En España ha pesado mucho la segunda. Sabemos que, aunque nel saldo vegetativo es negativo, la inmigración ha sido un fenómeno de nuestro país en los últimos años.

Entre 2019 y 2025 la población residente aumentó en unos 2,3 millones de personas, casi un 5%. Además, todo el aumento procede de la inmigración, ya que cada año hemos tenido más defunciones que nacimientos.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE

Así, si dividimos el PIB entre la población, el crecimiento se reduce a la mitad: un 5% acumulado entre 2019 y 2025, lo que supone cerca de un 0,8% anual. Pasamos de un flamante 10% a un menos llamativo 5%. En euros con poder adquisitivo de 2019, se pasa de unos 26.600 € a unos 27.900 € por persona.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE

Claro, ahora ya no pintan tan bien los datos. El PIB total España casi duplicó a la eurozona, pero en PIB per cápita crecimos prácticamente lo mismo.  Por el contrario, vemos países como Italia, cuya población se redujo y aumentó su PIB por habitante un 8,8%. Justo el caso contrario que España.

Es decir, la tarta se ha hecho más grande y hay más gente comiendo. Por invitado al cumpleaños seguimos tocando al mismo trozo.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de Eurostat

Si ya no miramos solo el PIB por habitante, sino por trabajador, veremos que, en 2025 era un 0,8% inferior al de 2019. Esta cifra ya no es que sea menos bonita, sino que nos saca los colores. Cuidado, porque esto quiere decir que el empleo ha crecido más que la producción, de modo que, en promedio, cada trabajador produce algo menos que antes. Dicho de forma sencilla, la productividad media ha caído.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE

Ya podemos ver que, en efecto, el cohete y las sensaciones de los ciudadanos son cosas algo distintas. Somos cohete porque aumenta la población, no porque la economía vaya bien. Y siendo estos datos ya un poco regulares, por decirlo de forma suave, vamos ahora a explicar que realmente es incluso peor. Porque la sensación que tiene la gente de que es más pobre o de que no vive tan bien, no es sensación, es realidad.

Para entender esto hay que recordar que el PIB incluye partidas que no se traducen necesariamente en bienestar de las familias, como pueden ser la inversión empresarial, el gasto público, o las exportaciones. No digo que no generen una mejora, digo que no tienen por qué hacerlo. Por eso, para medir si vivimos mejor, suele utilizarse el consumo: cuánto se puede gastar en comida, ropa, transporte, ocio y vivienda. Y esto, que tiene lógica, es lo que dicen OCDE, Eurostat, o el Banco Mundial. Concretamente, la OCDE recomienda expresamente evaluar el bienestar material a través de la renta y el consumo de los hogares, en lugar de centrarse exclusivamente en la producción. Eurostat, por su parte, considera que el consumo individual efectivo es un indicador más apropiado que el PIB para describir el bienestar material de las familias. Dicen estos organismos que una economía puede crecer mientras el poder adquisitivo y las condiciones materiales de vida de sus ciudadanos permanecen estancados o incluso empeoran. De ahí que recomienden este indicador, como hacemos aquí.

Pues, así las cosas, según la Contabilidad Nacional del INE, la misma estadística con la que se elabora el PIB, el consumo privado por habitante de 2025 era solo un 1,8% superior al de 2019. Ojo, hablamos del acumulado de seis años. Esto equivale a que el español medio puede consumir, ya descontada la inflación, unos 276 € más que en 2019. Y, como veis en el gráfico, en el año 2024, ni siquiera habíamos recuperado los niveles prepandemia.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE

Cuanto más vamos desagregando los datos, peor salen. PIB, +10%; PIB per cápita, +5%; consumo privado per cápita (el mejor indicador), un +1,8%.

Y queda otro “pero”. Aunque Contabilidad Nacional es una estadística sólida, el INE mide el consumo de otro modo también. Como con la EPA en el paro. Me refiero a la Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF). Pues bien, según la EPF, el gasto medio por persona en 2025, descontada la inflación, era un 5% inferior al de 2019. No es que el español medio consuma algo más que antes de la pandemia; consume un 5% menos.

La diferencia entre dos estadísticas del mismo organismo se debe a la metodología, y cada una tiene sus pros y sus contras. No digo que una sea mejor que la otra. Pero lo más probable es que el gasto personal medio de los últimos seis años esté en torno a cero o algo por debajo.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE, y Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF), deflactado con IPC

Hasta aquí todo son promedios. Y, siendo una información extremadamente útil, creo que es bueno profundizar un poco. Lo digo porque el único grupo de edad que ha visto aumentar su capacidad adquisitiva en los últimos 10 años es el de los jubilados. Y me pregunto si las medias están escondiendo algún dato relacionado con el tipo de hogar.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE

Y la suerte es que la EPF sí permite distinguir por tipo de hogar. Así podemos observar el gasto real por persona en hogares de ocupados y de jubilados, para ver si del dato del poder adquisitivo se deriva un menor gasto por estos grupos de edad o son cosas independientes.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE, Encuesta de Presupuestos Familiares (EPF)

Pues, tal y como observamos, el gasto real por persona en los hogares de personas ocupadas cae algo más de un 7% desde 2019. Y cuidado, hablamos de personas ocupadas. Ni siquiera me refiero a personas que cobre, por ejemplo, el Ingreso Mínimo Vital, que son casi 2,8 millones. Con estas referencias es normal entender que los indicadores de pobreza sean los que son.

Aclarado que los hogares con cabeza de familia ocupado reducen el consumo un 7%, vamos a ver los hogares encabezados por pensionistas.  Estos últimos tienen un gasto real por persona igual al de 2019. Con lo que quedan bastante relacionadas ambas estadísticas del INE. En efecto, el único grupo que ha mejorado su capacidad adquisitiva en los últimos 15 años es el que menos ha sufrido en el consumo.

Y la explicación es tan sencilla como que las pensiones se revalorizan con el IPC, mientras que los ingresos del trabajo han ido por detrás del crecimiento de los precios. Por eso las familias trabajadoras viven hoy, según la EPF, bastante peor que en 2019. Es más, en términos reales, los salarios apenas han subido en los últimos 30 años. Y si descontamos los incrementos impositivos (muchos de ellos derivados de no deflactar tramos del IRPF), vemos que incluso caen en algo más de un 18%, en 30 años…

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de INE y de la Seguridad Social y Ministerio de Hacienda

Incluso partiendo del aumento del gasto en consumo del +2% de la Contabilidad Nacional, si se aplicara la brecha entre hogares trabajadores y pensionistas que detecta la EPF, el consumo per cápita de los trabajadores habría caído o, en el mejor de los casos, se habría quedado igual. El grueso del aumento agregado estaría concentrado en los pensionistas se mire como se mire.

Así se compatibilizan estas dos realidades: la economía ha crecido un 10% desde 2019 y volverá a crecer en 2026 por encima de la media, y a la vez vivimos peor que en 2019.

A lo anterior hay que añadir el deterioro de los servicios públicos y la dificultad de acceso a la vivienda, especialmente para los jóvenes. Y esto son dos cosas que ni siquiera reflejan las estadísticas. De hecho, para medir la capacidad real hemos descontado la inflación, pero los precios de los alquileres nuevos y de la vivienda han crecido mucho más. Mientras tanto los salarios se desplazan cada año en su distribución hacia el salario mínimo. La película del cohete espacial ha pasado ya a una película de terror.

Quien sale ahora al mercado se encuentra un alquiler que ha subido mucho más de lo que dice el IPC, así que su capacidad real de consumo es mucho menor de lo que recoge la EPF. La caída de más del 7% en los hogares de trabajadores ni siquiera incluye ese encarecimiento real.

La EPF mide hogares, así que no capta a quien no puede emanciparse. Un joven que sigue en casa de sus padres porque el alquiler se le comería todos sus ingresos no figura como un hogar cuyo consumo se ha hundido; el gasto de la familia no se resiente. Pero sus planes de vida sí se frustran y su nivel de vida, respecto a lo que esperaba, se desmorona. Eso no sale en las estadísticas. Y sucede. Trabajo muy cerca de la plaza de Sol y la acampada continúa.

Fuente: Carlos Arenas Laorga, con datos de Eurostat

Por eso las medias por hogar o por persona no recogen toda la calidad de vida perdida. Los jóvenes que se emancipan han visto caer su consumo mucho más de lo que dicen las estadísticas, y los que no pueden hacerlo se han quedado sin una vida propia, algo que el INE no refleja.

Las cifras macro son reales y el deterioro de la calidad de vida de muchas familias también.

Para que el crecimiento se traduzca en prosperidad, debe crecer la productividad, que las Administraciones Públicas no se coman esos incrementos de productividad con impuestos (incluida la inflación) y que no se empeoren los accesos ni la calidad de los servicios básicos como vivienda, sanidad, educación, o infraestructuras.

Los datos macroeconómicos están muy bien, pero hay que fijarse en cómo eso se traduce en mejoras del nivel de vida de las personas. Y, por desgracia, eso no lo vemos en España.