Todos conocemos la sensación de impotencia que nos invade cuando nuestro ordenador se vuelve a quedar colgado y nos envía supuestos mensajes de error ininteligibles. Y en cuanto apretamos el botón de aceptar y la pantalla se vuelve azul, caemos en la cuenta de que hace mucho tiempo que no guardamos una copia de seguridad del disco duro.

 En ese momento, uno desea fervientemente que el ordenador vuelva a arrancar una vez más para poder ponerse de inmediato a guardar todos los datos. Algo parecido sentimos nosotros en la tarde del 17 de septiembre sentados delante de nuestras pantallas cuando recibimos con asombro la noticia de la decisión de la Fed de no subir los tipos. Y cuando la presidenta Janet Yellen, durante la rueda de prensa, esgrimió como motivo principal su preocupación por la evolución de la situación internacional, podríamos decir que tuvimos nuestro momento de pantalla azul.

Aunque los mercados de capitales pensaban que las posibilidades de que se produjera la subida de tipos era solo del 38%, estábamos convencidos de que la Fed tenía que haber actuado. La economía estadounidense se mantiene sólida y los datos de empleo no han dejado de subir, siendo estos factores los que apuntan al inicio de una normalización de la política de tipos. Seamos sinceros: subir los tipos un 0,25% tampoco supondría un freno para la economía, ni siquiera aunque esta subida fuera prematura. Las declaraciones de los miembros del FOMC los meses anteriores prepararon a los mercados para una primera subida. De haberse producido, sin duda hubiera sido la más esperada en los anales de la humanidad. Por el contrario, la actuación de la Fed provocó desaliento, desánimo y, sobre todo, desorientación. Esto último concretamente supone un gran peligro, puesto que una pérdida adicional de la credibilidad del banco emisor podría dejar sin rumbo y sin objetivos a los mercados, lo que se suele traducir en un fuerte aumento de las fluctuaciones de los precios.

Justamente la previsibilidad del Banco Central fue la piedra de toque de la forward guidance de Ben Bernanke, es decir, la comunicación por parte del Banco Central de los criterios seguidos para tomar determinadas decisiones. Tras la aparición de la ZIRP (política de tipos de interés cero), los grandes bancos centrales han asumido un papel dominante en los mercados y también una responsabilidad mucho mayor con respecto a las épocas de normalidad. Las palabras de Mario Draghi en el verano de 2012 (haré lo que sea necesario) marcaron el final de la especulación contra el euro y consolidaron la credibilidad del BCE. Por el contrario, la actuación más bien torpe de Yellen en septiembre ha tenido el efecto opuesto. Transmite inseguridad a los mercados, que ya se asustan casi por cualquier cosa. Así pues, la inactividad de la Fed, sumada a la referencia a la evolución de la situación a nivel internacional, llevó a los mercados a preguntarse inevitablemente: ¿Qué sabe la Fed que no sepamos nosotros? ¿Está la Fed más preocupada que el mercado por la debilidad del crecimiento en China?

En tiempos de incertidumbre, todos los inversores hacen lo mismo: reducen el riesgo. Mientras que la caída de las cotizaciones bursátiles podría vincularse a la subida de los tipos, en este caso fue lo contrario. En cierta medida, los efectos causados por el fraude de Volkswagen y la historia de Glencore tuvieron algo que ver. Sin embargo, la mayor parte de la pérdida de valor en las bolsas, de casi 3 billones de dólares, que se ha producido desde el 17 de septiembre, puede atribuirse a la falta de liderazgo de la Fed y a la incertidumbre que genera. Y mucho peor parado que los mercados de valores ha salido el mercado de bonos corporativos sin calificación de grado de inversión. La disminución de la tolerancia al riesgo afectó a la ya de por sí escasa liquidez de los mercados. El resultado fue un pequeño crash en este segmento, mucho más fuerte al otro lado del Atlántico que en Europa.

Cabe señalar que, en estos momentos, los mercados de renta fija y renta variable registran rentabilidades negativas en lo que llevamos de año, algo que no sucedía desde hacía 25 años. Sobre las causas de esta otra forma de venta masiva solo cabe especular. Por el contrario, los miembros del FOMC parecen haber reconocido su error, por lo menos si uno quiere creerse sus declaraciones hechas públicas desde el 17 de septiembre. El llamado informe de previsiones (Dot-Plot) de la Fed deja poco margen para la esperanza, especialmente si se compara con su reunión en junio. No es solo que las expectativas de los tipos de los miembros del FOMC siguen apuntando a la baja, sino que incluso hay un miembro que considera adecuado que se sigan bajando los tipos en 2016 hasta entrar en terreno negativo.

Por favor, que alguien nos diga qué es lo que saben unos y otros. Sin embargo, esperamos que la Fed haga un esfuerzo y se arme de valor para acometer ya este año una primera subida mínima de los tipos. Sería reconocer la normalización de la política monetaria después de tantos años de situación excepcional. Hay muchos motivos para dar el paso y subir los tipos. Si la Fed se decide, creemos que los mercados de renta variable podrían repuntar a finales de año. Los bonos corporativos volverán a revalorizarse, aparentemente de manera proporcionalmente elevada en el segmento de high yield. La cotización de los bonos a 10 años a ambos lados del Atlántico se mantendrá en la horquilla conocida. Sin embargo, si la Fed se decidiera a mermar su credibilidad mediante su inacción y se empecinara en la procrastinación, entonces nos podríamos encontrar una pantalla azul con más frecuencia de lo que uno querría.