Aunque los informes anuales de las empresas son un tanto aburridos, siempre resulta un placer leer, a principios de marzo, la Carta para los accionistas de Berkshire Hathaway, escrita por el avispado y todavía vivo Warren Buffett (nacido el 30 de agosto de 1930). Un placer que conviene compartir sin moderación.

De nuevo este año, el «gurú del Value» tiene muchos motivos para fanfarronear: su empresa, con un avance del valor intrínseco del 18,2%, revela una impresionante rentabilidad del 19,7% anual desde hace 49 años.

Pero cantar victoria no es algo propio del estilo de este «viejo sabio». Y mucho menos si se tiene en cuenta que, por primera vez en su historia, la evolución del grupo ha sido inferior a la del S&P 500 en cuatro de los cinco últimos años consecutivos. ¿Quién habría dicho que, con unas ganancias de 34.200 millones de dólares en 2013, la rentabilidad de Berkshire Hathaway quedaría rezagada respecto al principal índice de la bolsa estadounidense? De todos modos, podemos estar tranquilos: los datos de rentabilidad siguen siendo excelentes para un ciclo económico complicado, puesto que no hay que olvidar que la sociedad registró un ligero descenso (-9,6%) en comparación con el desplome de este célebre índice estadounidense (-37%), muy difícil de superar desde entonces.

Cada año, el oráculo de Omaha (su apodo más habitual) nos sorprende. Esta vez, la novedad es casi «revolucionaria», con la publicación de una foto en un informe anual que llevaba 48 años sin incluir ninguna imagen. Un símbolo más fuerte de lo que parece a primera vista, puesto que se trata de todo el equipo de Berkshire (solo faltan dos personas) reunido para la cena de Navidad de 2013. Todo el equipo, es decir, 25 personas en total para un grupo que, tras la reciente adquisición de Heinz (la empresa de salsas), cuenta a día de hoy con 330.745 empleados en todo el mundo. ¡Cómo nos agrada Estados Unidos!

Y lo más sorprendente es la afirmación cada vez más rotunda de la fe (la palabra no es demasiado fuerte) de Buffet en el futuro de su país. Ya en plena crisis de las subprime, en el momento en el que el mundo desarrollado se preparaba para lo peor, calificaba la compra de Burlington Northern Santa Fe (por 34.000 millones de dólares) de «apuesta sobre el futuro económico de Estados Unidos». Cinco años más tarde, Buffett recuerda que, desde 1965 y la adquisición de Berkshire, ha realizado con frecuencia, junto con su socio Charlie Munger, este tipo de operaciones «considerando que una apuesta sobre la perenne prosperidad de Estados Unidos es apostar casi sobre seguro [...] la mejor época de Estados Unidos está todavía por venir». Escasean los inversores que declaran tan abiertamente sus convicciones más profundas, sobre todo si estas se basan más en la fe que en las cifras y la deducción lógica. En cualquier caso, actualmente, los hechos están ahí y ha quedado demostrado que «este querido Warren» tenía razón en creer en la supremacía del modelo económico estadounidense frente al del resto de las economías.

La Carta está salpicada de anécdotas que reflejan el talante de este hombre diferente en su percepción del mundo. Siempre con esa fibra patriótica que le anima este año, explica cómo se desarrolló la compra de Nebraska Furniture Mart a la familia Blumkin en 1983. En lugar de congratularse por haber multiplicado en 30 años el volumen de negocio de la empresa, aprovecha precisamente «la frase clave» (“the punch line”) para recordar que Rose Blumkin, que le vendió la empresa «sin ayuda de ningún bufete de abogados», tenía en aquella época 89 años, que había trabajado hasta los 103 años («definitivamente mi tipo de mujer») y que jamás pisó una escuela, no sabía ni una palabra de inglés cuando llegó de su Rusia natal y adoraba su patria de adopción. Una lección sobre los negocios para todos los estudiantes.

Y si algún día desean visitar Omaha, en el estado de Nebraska (la próxima Junta general de Berkshire se celebrará el 3 de mayo), no dejen de leer la página 22 de esta entretenida Carta. Podrán conocer, «al estilo de Warren Buffet», los mejores establecimientos de la ciudad y participar activamente en las apariciones públicas de este «viejo sabio» que nunca pierde ni el sentido del humor ni la ocasión de hacerse publicidad. ¡Gracias, señor Buffet!