Este año, los temas que se están tratando en el Foro Económico Mundial de Davos durante esta semana tienen lugar en un contexto de incertidumbre política y económica como la que seguramente no hemos visto en una generación.
 
 
Las ramificaciones del voto de Reino Unido a favor de abandonar la Unión Europea son extensas. Restablecer la relación política y comercial será un proceso de varios años que tendrá consecuencias negativas y positivas para la economía británica. A finales de esta semana, al otro lado del Atlántico, Donald Trump será investido como el 45º presidente de Estados Unidos. Es posiblemente el ganador más inesperado de todos los tiempos y los medios de comunicación han colapsado con sus numerosos pronunciamientos en Twitter y lo que han podido presagiar (o no). Es justo decir que es una clase de presidente estadunidense diferente a la que estamos acostumbrados. Pero deberíamos juzgarle no por lo que dice, sino por lo que hace. La Constitución estadounidense centraliza los poderes en el presidente, pero también ofrece numerosos controles y equilibrios.

De hecho, algunos datos de confianza sobre el futuro sugieren que al menos una gran parte de las empresas estadounidenses representadas en Davos esperan cosas buenas de los pilares centrales de la política económica de Trump. Estos incluyen una reforma fiscal y regulatoria, recortes de impuestos y gasto en infraestructuras, así como su promesa proteccionista de ‘América primero’.

Uno de los catalizadores del agitado desarrollo político fue el sentimiento entre millones de votantes de que no se estaban beneficiando del crecimiento económico generado a través de la globalización.

Davos puede entenderse como una clase de tertulia. No lo es, y es alentador que la agenda de este año esté centrada en el “liderazgo receptivo y responsable”. Esto requiere el reconocimiento de que grandes segmentos de la sociedad sientan que han sido abandonados e ignorados por las élites (de las que gran parte están en Davos).

Muchos de ellos están nerviosos por el futuro y por si perderán su trabajo en algún momento por el avance tecnológico. Es una preocupación comprensible. Las innovaciones desde la automatización a la inteligencia artificial están cambiando la forma en la que funcionan numerosos sectores. Últimamente, esta tecnología gira en torno a aumentar y mejorar lo que las personas son capaces de hacer, no algo que las limite.

El avance en agricultura, de usar caballos a emplear maquinaria, hizo a la industria más eficiente y capaz de producir mucho más que para literalmente alimentar al crecimiento económico. Dejó a personas sin trabajo pero en general creó grandes oportunidades económicas.

Pero el debate actual está más caracterizado por el temor justificado de las personas al cambio más que por las posibilidades que pueda traer el cambio. Los líderes en Davos, y más allá de la reunión, necesitan darse cuenta de ello y ayudar a las personas a comprender que esta forma particular de cambio puede ser positiva.

Por lo tanto, el liderazgo responsable implica un compromiso de desarrollo más profundo que incluye a todo el mundo, y prevé que sea más equitativo, tanto a nivel nacional como global. Esta cuestión está ahora en lo más alto de la agenda política de Reino Unido, tal y como ha señalado recientemente la primera ministra, Theresa May, con su compromiso de construir una ‘sociedad de reparto’.

En la parte empresarial, los líderes necesitan considerarlo como una responsabilidad central para asegurar que nuestras compañías promueven, ofrecen oportunidades y recompensan la capacidad de forma igualitaria.

Solo la industria de gestión de activos británica cuenta con GBP 5.700 billones bajo gestión. De esta forma, hay mucho que mi propio sector puede hacer para ayudar a reducir la división actual.

Fundamentalmente, estamos en el negocio de cuidar del dinero que otras personas han ganado duramente –una responsabilidad que nos tomamos muy en serio-. Necesitamos gestionarlo de forma inteligente y tratar de forma justa a nuestros clientes.
Gran parte de lo que gestionamos se invierte en acciones y bonos emitidos por compañías. Debemos a las personas cuyo dinero gestionamos asegurarnos de que esas compañías se comportan de una forma decente y justa. No solo con nosotros como accionistas, sino también con sus clientes, empleados, proveedores y toda la cadena relacionada con su trabajo. Si no lo hacen, necesitamos asegurarnos de que la dirección de esa compañía sepa que no lo permitiremos.
 
Martin Gilbert, consejero delegado y cofundador de Aberdeen AM