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Parece que los temores sobre rentabilizar la IA se van disipando con el buen desempeño obtenido por los llamados hiperescaladores en el primer semestre del año. Las dudas continúan, pero resulta casi imposible ir contra una tendencia que se presume de largo recorrido.
Así, la fiesta en los mercados de acciones sigue celebrándose entre discusiones algo bizantinas sobre la rentabilidad del ingente capital que se está dirigiendo hacia el fenómeno de la IA. Las Bolsas y sus inversores tienen más cerca argumentos concretos para reflexionar. Ahí está el mercado de bonos. En los últimos tres días bajó ligeramente, pero este martes volvieron a posiciones muy competitivas con la renta variable. Su rentabilidad cubre la inflación sobradamente. El bono americano a 10 años está de vuelta en el 4,72% y la referencia a 30 años supera el 5,2%. En Europa el bund alemán se mueve en el 3,2% y el español a 10 años ofrece una rentabilidad del 3,6%, que supera el 2,8% de inflación en el caso germano y por los pelos en el caso de España con un IPC interanual del 3,5%.
Vuelta a los tipos de interés reales positivos que compiten con las acciones. Pero este argumento no cala en las Bolsas que ignoran los mercados de bonos y su competencia, ante los crecimientos de las ganancias empresariales actuales y futuras.
Pero esta resistencia de la renta variable puede verse comprometida por el mal comportamiento de sectores bursátiles afectados por el incremento de los tipos en los mercados de bonos. En 2023 varios bancos regionales estadounidenses con pérdidas latentes en su cartera de bonos tuvieron que ser intervenidos -aflorando esas minusvalías- ante la retirada de dinero por parte de los clientes.
Mucho más cerca está la reciente intervención en apoyo del yen y de su mercado de bonos por parte del propio banco central del país asiático, asistido por Estados Unidos. Las pérdidas de las aseguradoras niponas se elevan a 100.000 millones de dólares (15 billones de yenes), como consecuencia del alza de tipos. El apoyo de la administración Trump no es altruista, sino que persigue estabilizar el mercado de deuda japonés para que estos inversores nos deshagan sus posiciones en bonos estadounidenses con el fin de obtener dólares. Unas ventas que provocarían también subidas el tipo de los treasurys bonds.
Por eso resulta tan determinante el comportamiento de los bancos centrales y de forma muy especial, la Reserva Federal. El dato de inflación que se conocerá el día del eclipse pondrá nuevamente a la Fed entre la espada y la pared. En el coctel del crecimiento, empleo e inflación, el presidente de este organismo, Kevin Warsh, tendrá que hilar muy fino para evitar tensiones en los bonos sin perjudicar el crecimiento económico. Subir tipos podía ser catastrófico para el mercado de deuda. El temor a que sectores financieros y los propios fondos de renta fija aumenten sus pérdidas llevaría a una espiral de ventas y, por tanto, nuevas caídas de los precios y subida de los yields. Los sustos vendrán de esos sectores más afectados con la posesión de bonos en unas finanzas mundiales que nunca aprenden la lección del efecto multiplicador de los males que supone el apalancamiento.
En Estados Unidos, como en Europa, es el precio a pagar por un comportamiento extraordinario de los bancos centrales en tiempos de deflación y de la pandemia del Covid-19. Tipos negativos y tipos cero para unos bonos que siguen por ahí dando vueltas a unos precios irrisorios.

