El Real Madrid comunica como una cotizada… aunque aún no lo sepa casi nadie

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Tras las elecciones al Real Madrid, el presidente reelegido publicó un comunicado oficial que, leído superficialmente, parecía otro episodio más de la jaula de grillos del fútbol español. Una nota en la que se reconocía una oferta vinculante al Atlético de Madrid por un precio concreto y que confirmaba el club afectado, en RRSS, con evidente disgusto. Pero, si se observa desde la óptica de los mercados, aquello era otra cosa: era un Hecho Relevante.

Porque el destinatario real del mensaje no era el socio del Real Madrid. Tampoco el aficionado neutral, ni la prensa deportiva o el del Atlético. El verdadero receptor era Apollo Global Management, el fondo propietario del Atlético de Madrid y cotizado en el NYSE. Era un mensaje destinado a dejar constancia pública de una posición sobre un activo.
Apollo, por su parte, tiene clientes que están invertidos en el vehículo por la rentabilidad, no por sentimiento. Es decir, pedirán cuentas si ese activo (Julián Álvarez) se vende a un precio inferior al de una oferta comunicada y vinculante. 

Dicho de otro modo: el Real Madrid está comunicando como una compañía cotizada, aunque todavía no haya terminado de asumirlo mucha gente, incluso de la propia entidad. Pero parece claro que lo hace con todo el sentido del mundo ya que Florentino Pérez es el rey de las operaciones corporativas apalancadas, (y un fichaje no es otra cosa que eso), casi todas ellas con sorpresa final.

Desde ACS, compró a Santander su participada Dragados, algo que sorprendió e indignó a los ingenieros de esta última: “ACS es más pequeña que nosotros”. Sí, pero Florentino y su equipo eran más conscientes de las opciones que ofrece el apalancamiento y las relaciones. 
Poco después, repitió la jugada con Unión Fenosa, arrebatándosela en el último suspiro a Amancio Ortega. Operaciones siempre sorprendentes, en el límite de la OPA por la totalidad, pero haciéndose con el control. 

Qué decir, por supuesto, de la guerra con Ignacio S. Galán, en cuyo germen parece estar las recientes elecciones. ACS compró un 10% de Iberdrola, según se dice por petición del propio Galán, ante los ataques a las cúpulas de las empresas por parte del Gobierno Zapatero, pero la negativa a entrar en el consejo desató la furia de Pérez, quien aseguró otro 10% adicional, mediante derivados, para hacerse con el control de facto de la empresa. Y entonces, cesar a Galán. 

Pero llegó la crisis de Lehman Brothers, las cotizaciones cayeron, tocó reponer garantías para las financiaciones. Los covenants de ese 10% saltaron por los aires ya que la cotización de ACS se dirigió peligrosamente a los 10 euros, poniendo los pelos de punta a la Corporación Alba de los March, que tenían más o menos la mitad de su inversión ahí concentrada. 

Luego, todo se arregló: ACS fijó nuevos máximos históricos, vale 40.000 millones y antes, FP había recuperado la presidencia del Real Madrid, ganando otras 6 Champions, que se dice pronto. 

Por tanto, Pérez tiene alguna ligera noción de lo que es comunicar al mercado, aunque no tanto de lo que es la comunicación, porque la misma ACS ha tenido siempre un departamento de prensa poco menos que inexistente. El presidente decía que la obtención de una obra licitada se comunicaba en el regulador, no en una nota de prensa, porque “eso es una ordinariez”. 

Eso también ha llegado al fútbol. El fichaje de Jude Bellingham se conoció mediante Hecho Relevante publicado en la Bolsa de Fráncfort. El Borussia Dortmund cotiza en Bolsa y comunicó el traspaso y; novedad: el precio del mismo.

El fútbol moderno ya no responde únicamente ante aficionados y periodistas. Empieza a hacerlo, con más importancia, ante accionistas, supervisores, fondos de inversión y potenciales compradores. Ahí es donde empieza el lío.

Parece evidente que Florentino Pérez no es capaz de comunicarse con la prensa deportiva tradicional. Su reciente presentación, hecho un basilisco, mezclando temas y apuntando que se da de baja del ABC, fue chusca. Sorprendente, porque buena parte del debate deportivo ya es económico. El mejor ejemplo es la Súperliga, una operación por encima de todo económica y de control, mal aterrizada en el ámbito futbolero de la tertulia. Se anunció en un programa de fútbol, con tertulianos absolutamente legos en tema económico y en un horario donde la gente quiere fichajes y goles, no números y cambios de estructuras. 

Era, sin duda, la operación económica más desafiante de la historia reciente del deporte europeo y, al mismo tiempo, la peor comunicada. Se planteó en medios como una batalla entre tradición y codicia, entre románticos y mercenarios, entre aficionados y banqueros; entre clubes grandes y pequeños, cuando en realidad era un intento de desintermediar un negocio multimillonario y redefinir quién captura el valor generado por el espectáculo, a favor de los dueños, es decir, los clubs, no los organizadores.

Porque el fútbol ya va de derechos audiovisuales, valoración de marcas, estructuras societarias, fondos soberanos, private equity, ingresos extraordinarios, nuevos modelos de negocio, tecnologías como la IA incorporándose a toda marcha, regulación europea o coste del capital. El lenguaje del fútbol empieza a parecerse más al de Wall Street que al de los viejos programas radiofónicos de medianoche. 

Los clubs no son de los aficionados, salvo que sean accionistas: los aficionados son consumidores. Entre otras cosas, porque muchos no entienden la diferencia entre ser abonado o accionista.  

Los fondos de inversión sí han descubierto el lado del negocio del entretenimiento. Apollo, RedBird, CVC o los vehículos emiráticos han desembarcado en el fútbol convencidos de que el deporte es un activo global extraordinario. Los balances empiezan a importar tanto como las alineaciones. Por cierto, los inversores árabes o rusos juegan con ventaja, ya que tienen capacidad de balances opacos, gracias a sus ingentes ingresos, procedentes de la energía. 

Sin embargo, el modelo jurídico sigue siendo extraordinariamente confuso. La Sociedad Anónima Deportiva ya era un invento peculiar, por decirlo amablemente, pero el modelo de clubes de socios tampoco termina de resolver algunas preguntas incómodas. ¿Qué significa exactamente ser socio del Real Madrid o del Barcelona? ¿Es realmente ser propietario? ¿Qué derechos económicos tiene? ¿Qué ocurriría en caso de liquidación? ¿Dónde termina el derecho político y dónde empieza el económico?

En cierto modo, recuerda a aquellas cajas de ahorros que parecían pertenecer a todos y a nadie al mismo tiempo. Eran... de los políticos. Mientras todo funciona, la ambigüedad resulta entrañable. Cuando llegan las tensiones, las definiciones importan muchísimo más de lo que parecía. Y toca modernizar la estructura de capital

El fútbol europeo está cambiando a enorme velocidad y algunos como Florentino tienen claro que no se puede perder velocidad, aunque eso signifique ser vilipendiado por los tertulianos deportivos. 

Los presidentes ya no gestionan únicamente emociones, gestionan activos. Los aficionados siguen mirando la clasificación y los goles. Los mercados observan otra tabla distinta: ingresos recurrentes, deuda, expansión internacional, valor de marca y capacidad de crecimiento.

Siempre he dicho que es imprescindible que los grandes clubes, empezando por el Real Madrid, se doten de auténticas áreas de comunicación financiera. Porque ya no basta con explicar un fichaje o responder a una polémica arbitral. Hay que hablarle a un ecosistema de inversores, supervisores y actores globales que condicionan cada vez más el futuro del deporte.

El próximo gran fichaje podría volver a anunciarse antes en Wall Street que en la portada de un periódico deportivo, no les quepa duda.