
A la espera de si el alto el fuego acordado entre EEUU e Irán para las próximas dos semanas se convierte en una paz estable, los indicadores macroeconómicos empiezan a deteriorarse. Incluso con el desplome de ayer, un petróleo a 95 dólares el barril está sensiblemente por encima de los 72 dólares a los que se movía antes del conflicto. La inflación ha comenzado a subir, y aún se esperan alzas de segunda ronda. De momento, no hay cifras de crecimiento y el empleo está evolucionando bien, dado que tarda en reflejar una menor actividad económica.
La posible estanflación tiene, en este caso, más que ver con un problema de oferta (crudo) que de demanda. En los episodios de estanflación vividos, las materias primas y, muy especialmente el oro, se ven beneficiados ya que son capaces de recoger el alza de los precios. Por ejemplo, durante la estanflación de la década de 1970, el oro pasó de 100 dólares la onza en 1976 a unos 650 dólares en 1980. Así, funciona como cobertura cuando el valor de las distintas divisas se erosiona por la persistente subida de precios.
El mundo de las acciones suele ser el más castigado. A los mayores costes financieros, al empeoramiento de su valoración con tipos de interés más altos se suman menores ingresos y beneficios a la baja o pérdidas. Las acciones de crecimiento suelen ser las más castigadas (en muchas ocasiones las más endeudadas), mientras que los valores de pequeña capitalización y los sectores ligados a materias primeras o energía, han dado muestra en pasadas crisis de resistir mejor el envite. También el consumo básico o las firmas de higiene, salud y utilities suelen comportarse mejor. Su capacidad para trasladar la subida de la vida a los precios de sus productos es clave. El dividendo también es un complemento atractivo cuando el precio de las acciones se deteriora. Por el contrario, los sectores cíclicos ligados al consumo como automóviles o lujo, lo hacen peor. Los analistas también prevén un buen comportamiento de las renovables, sobre todo aquellas que cuentan con contratos ya pactados.
En los bonos se produce una pérdida de valor para los ya emitidos, así como para los cupones prometidos. El alza de los tipos de interés para frenar la inflación provoca la caída de los precios del bono y alza de sus rentabilidades. Además, la elevación de los precios exige cada vez tipos más altos para que el inversor pueda obtener una rentabilidad real positiva (descontando inflación).
Y dentro de los bonos, los que mejor pueden sobrellevar este difícil escenario son los que ajustan su rendimiento según la inflación y ofrecen, en general, menos riesgo que acciones. En EE.UU. existen los TIPS, en Europa bonos indexados a inflación.
También existe la posibilidad de mantener posiciones de liquidez para minimizar caídas en los mercados. La elevada inflación se come el poder adquisitivo de ese ahorro y para mitigarlo, al menos parcialmente, es recomendable colocar el dinero en depósitos o fondos de dinero sin riesgo de pérdida.
Los expertos creen que una situación de estanflación no hay nada bueno per se. Diversificar, poner más huevos en la cesta de los activos reales y buscar compañías que puedan trasladar la inflación al cliente, serían las opciones más acertadas.
El inmobiliario es peculiar
En la inversión inmobiliaria, tan de moda de moda en los últimos años, un entorno estanflacionista ofrece dos caras contrapuestas. Actúa como refugio porque protege el capital frente a la inflación, pero su rentabilidad y liquidez tropiezan con el estancamiento de la economía los tipos de interés más altos.
A diferencia del oro, el mercado inmobiliario se ve muy influido por el desempleo y la evolución del crédito ya que son compras casi siempre apalancadas. Aunque no refleje inmediatamente el alza de los precios, los inmuebles suelen recoger esas subidas en periodos medios y largos.
Además, los contratos de alquiler suelen ir ligados a la marcha de la inflación por lo que el arrendador puede mantener el poder adquisitivo de esas rentas. Esto en teoría, ya que el mercado inmobiliario verá cómo se encarecen las hipotecas, lo que presiona sobre los precios de los inmuebles a la baja o, al menos, a quedarse igual. Reduce el número de transacciones y demanda de alquileres, lo que también provocaría una congelación de las rentas si el inquilino no puede hacer frente a la subida del precio y no existe una demanda clara que lo sustituya.
Dentro de los subsectores del inmobiliario, el residencial y el logístico son más defensivos, mientras que oficinas y locales comerciales sufren más en este contexto económico.
Patrick Artus, asesor económico senior en Ossiam AM, affiliate de Natixis IM, indica que la economía de la zona euro ya se dirigía hacia un entorno de estanflación, caracterizado por crecimiento débil e inflación elevada, debido a la ausencia de ganancias de productividad y al aumento de los precios de los metales y semiconductores. El autor concluye que "la zona euro se está dirigiendo a un equilibrio estanflacionario". Añade además que la situación es muy distinta a la de EE. UU. porque "el crecimiento de Estados Unidos está impulsado por el desarrollo de la inteligencia artificial y la inversión en software, lo que no ocurre en la zona del euro" y porque "Estados Unidos es un país exportador de petróleo y gas natural, por lo que el aumento de los precios no frena su crecimiento"
Enguerrand Artaz, estratega de La Financière de l’Exchiquier (LFDE) considera que la espiral de los precios de la energía no ha tardado en traer de vuelta un término sinónimo de un entorno que no es propicio para los mercados: la estanflación. Este temor es aún más agudo teniendo en cuenta que el último episodio real de estanflación mundial, en la década de 1970, se originó en los conflictos en Oriente Medio, la guerra de Yom Kipur durante la primera crisis petrolera y la revolución iraní durante la segunda. “Si bien es prematuro utilizar esta terminología en estos momentos, no es menos cierto que refleja el sentimiento actual: el temor de que el crecimiento económico se desacelere y la inflación vuelva a aumentar. Este entorno resulta particularmente difícil de descifrar para los bancos centrales”.
Por último, Vincent Chaigneau, responsable de análisis de Generali AM, explica que en estos momentos, el temor a una crisis de estanflación originada en Irán está afectando tanto a las acciones como a los bonos. “Las expectativas del mercado han pasado en apenas tres semanas de prever una bajada de más de 10 puntos básicos (pb) por parte del BCE en 2026 a anticipar ahora subidas de +77pb . Del mismo modo, los precios implícitos de la Fed para 2026 han oscilado de –60 pb a +10 pb”, concluye.

