Resulta una coincidencia muy apropiada que mi recorrido por los grandes mercados del mundo vuelva a Europa justo cuando el temporal de frío golpea de nuevo. El deshielo de la semana pasada acompasó mi comentario sobre EE.UU., donde la recuperación va lenta, pero segura.

Mi visión más positiva sobre el mercado estadounidense se sustenta en esos estímulos económicos continuos que cabe tildar de valientes o derrochadores, dependiendo de cómo se miren, pero que están teniendo el efecto deseado. Por el contrario, atenazadas por la austeridad, las perspectivas para algunas partes de Europa el próximo año, al igual que para el Reino Unido, son tan gélidas como el parte meteorológico.

Resulta tentador mirar esa colisión en cadena a cámara lenta en que se ha convertido la zona euro y borrar de un plumazo toda la región como destino de inversión. Ahora que la crisis financiera desgrana su cuarto año y asiste al viaje de ida y vuelta del lastre de la deuda, de los bancos a los estados y ahora el camino inverso, no resulta difícil ver por qué los inversores buscan un panorama más alentador en el mundo en desarrollo.

Preveo que la crisis de deuda pública será el tema dominante en Europa en 2011; de hecho, muy probablemente domine los mercados durante muchos años, conforme el largo y lento proceso de sanear las cuentas de los países de la periferia europea se vaya desarrollando dentro de un círculo vicioso de recorte del gasto y crecimiento débil.
El acuerdo alcanzado la semana pasada sobre la necesidad de contar con un fondo de rescate permanente muestra a las claras que la recuperación que se avecina es un plato que se cocina a fuego lento. En última instancia, las deudas tendrán que pagarse o sanearse, pero en un entorno de bajo crecimiento lo primero llevará años y lo segundo presenta demasiados riesgos sistémicos como para acometerse a corto plazo. No existe, pues, una solución rápida.

Sin embargo, eso no significa que se deba colocar a Europa el cartel de mercado no apto para la inversión. La austeridad presupuestaria que nos espera no va a aplicarse por igual en toda la región. Así, Alemania y el resto de países del núcleo europeo prevén una contracción de menos de 1 punto porcentual, mientras que la receta para Grecia, Irlanda, Portugal y España es al menos del 3%.

Además del golpe que esto supone para la capacidad de gasto, el escepticismo del mercado sobre la sostenibilidad de las políticas presupuestarias de la periferia europea implica que los costes de financiación, tanto para los estados como para las empresas, seguirán siendo mucho más altos en los márgenes del continente que en el más saneado centro. El crecimiento económico se contraerá o permanecerá persistentemente bajo en cuatro de los llamados PIGS y eso significa que la divergencia en la evolución de las tasas de paro no va a corregirse a corto plazo.

Durante 2010 se ha dado una correlación muy clara entre las previsiones de crecimiento del PIB y el comportamiento de las Bolsas nacionales. De hecho, desde el nacimiento de la unión monetaria el motor de los mercados ha pasado de la diferenciación sectorial a las distinciones nacionales. Hemos vuelto a un mundo anterior a la UEM en el que los inversores reconocen que existe una diferencia fundamental entre una Alemania y una Grecia que debería reflejarse en los precios de los activos.

No veo razón alguna para que esta tendencia no continúe en 2011, ya que los programas de recorte del gasto público deprimen la demanda interna y la falta de competitividad de los países periféricos ahoga las exportaciones. Por el contrario, el consumidor alemán está empezando a despertar de un largo sueño. La confianza está subiendo como la espuma y el desempleo lleva ya varios años a la baja. Ya hace tiempo que la cola del paro alemana es más corta que la estadounidense.

Alemania cuenta con otra importante ventaja sobre los países del extrarradio europeo: fabrica cosas que las regiones del mundo que aún crecen rápido quieren comprar, y eso se puede apreciar comparando la evolución relativa de las empresas expuestas a los países BRIC (Brasil, Rusia, la India y China) con las que dependen del devenir del mundo desarrollado.

Considero que esta tendencia va a continuar el próximo año y, de hecho, que es casi con toda probabilidad la forma más segura de apostar por el crecimiento a largo plazo de los mercados emergentes durante un año en el que las crecientes presiones inflacionistas van a dar lugar a subidas de tipos en diferentes magnitudes en el mundo emergente. Goldman Sachs ha estudiado el comportamiento de las empresas japonesas durante los últimos 20 años y ha concluido que las que estaban expuestas al crecimiento de la demanda internacional batieron a sus homólogas durante muchos años. Si a una tendencia similar en Europa le añadimos unas valoraciones atractivas que han dejado a muchas empresas líderes con tentadoras rentabilidades por dividendo, tenemos que el viejo continente no presenta una congelación tan uniforme como podría parecer a primera vista.