Pocas sentencias se escriben con tan pocas letras. Y pocas veces, tan pocas letras tienen tanto poder. Aunque lo parezca, no es un trabalenguas. ¿Una adivinanza quizá? En este caso sí, ha acertado, son las agencias de calificación crediticia. Pero ¿sabe cómo se juega? las reglas son sencillas: casi siempre la “ligan” tres jugadores: Standard and Poor´s, Moody´s y Fitch. Éstos serán los guardianes del mercado y se encargarán de medir la capacidad o no de atender las obligaciones de pago que tendrán el resto de jugadores: empresas y Estados. ¿El objetivo? que no nos “pille” la desconfianza del mercado, y para ello, habrá que pagar por adelantado una cantidad a “los que la ligan” y no bajar la guardia, pues en cualquier momento pueden sentenciar a golpe de mazazo y seremos descalificados.
Puede resultar entretenido, de hecho, la inmensa mayoría quiere “jugar” a ser calificado. Y es que con el tiempo, el papel y la influencia de las agencias de calificación crediticia se han ampliado significativamente hasta convertirse en un agente clave a la hora de decidir en qué activos invertir y en cuales no. Las agencias de ratings tratan de medir la calidad crediticia -es decir, la capacidad de atender las obligaciones de pago- de las empresas y de los instrumentos de deuda y de ello dependerá el precio que los emisores de papel han de pagar por la financiación. Todo ello y como señala el Banco Central Europeo (BCE) -en su boletín mensual publicado en mayo de 2009- “con el objetivo de conseguir economías de escala en términos de recopilación y el análisis de la información, así como resolver los problemas que plantea la asimetría de la información entre emisores e inversores”. O dicho de otra forma, hacer pública la situación financiera de una institución y, en función de ello, asignarle una nota que pueda servir de referencia al inversor.

Las reglas están sobre la mesa... pero como en todo juego, no siempre se respetan y llegan las faltas. Algo que no es ajeno a las agencias de calificación. “La crisis económica iniciada desde finales de 2007 ha cuestionado tanto la independencia de las agencias de ratings, como su capacidad para anticipar el deterioro de la calidad de los activos, la falta de transparencia de los procesos de valoración de los mismos y, por último, la existencia de un oligopolio controlado por Fitch, Moody´s y Standard & Poor´s", asegura Eduardo Vicho, co-director de EJD Valores.

Y es que los errores vienen de tiempo atrás. Acusadas de haber fallado en tres ocasiones en tan sólo una década: no vieron venir la quiebra de Enron así como la crisis de las subprime ni la quiebra de Lehman Brothers, dos hitos clave de la crisis en la que a día de hoy seguimos inmersos. Y Hoy vuelven a ponerse en duda los intereses que pueda haber detrás después de haber puesto “patas arriba” la confianza de los inversores ante la zona euro, ahora objetivo fijo de estas agencias que siguen cebándose con las economías periféricas (o los ya famosos PIIGS: Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España). Hasta los más sabios y poderosos cojean... pero ¿cuáles son las debilidades de estas agencias?

Si se analiza en profundidad el modelo de negocio de las agencias de ratings, el Observatorio de Coyuntura Económica Internacional (OCEI) ve tres debilidades: la primera de ellas es la regulación externa, derivada de las instituciones como la Securities Exchange Comision (SEC), supervisora de los mercados, o la Reserva Federal (FED), supervisora de las entidades financieras; la segunda debilidad radica en la extensión de sus diagnósticos, que se limitan a cuantificar el riesgo del crédito, no pronunciándose sobre otros riesgos tales como el de los tipos de interés, de liquidez o la capacidad de venta en el mercado secundario; y la tercera debilidad es la de un posible conflicto de interés con sus clientes directos, los emisores, frente a sus clientes indirectos, los inversores.

De cualquier forma, las agencias de ratings generan más ruido que un patio de colegio, su juego, guste más o guste menos, influye en el comportamiento de los mercados a ambos lados del Atlántico y es capaz de sembrar el pánico entre los inversores cuando en la sentencia bajan un escalón en “la pirámide de las letras”. Así ha sucedido con los recientes recortes de rating tanto a Grecia, Portugal y, como no, a nuestra querida España. Que las economías periféricas no andan en su mejor momento, que sus cuentas no están saneadas, no es nada nuevo, y por ello, por el elevado déficit y las nubes que aún se ven en las perspectivas han fomentado el tirón de orejas por parte de las agencias de calificación. La revisión de los periféricos puede estar justificado pero, ¿no se ha preguntado alguna vez por qué apenas se revisa la deuda tanto de Reino Unido como de Estados Unidos? ¿Tiene algo que ver que prácticamente todas las agencias son de origen anglosajón? Si bien se espera que la deuda pública española alcance el 60% del PIB (cerca de 500.000 millones de euros), la Oficina Nacional de Estadísticas (ONS, siglas en inglés) estima que el total de la deuda del Estado británico es de 893.400 millones de libras (1.027.231 de euros), lo que equivale al 62,1 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) mientras que “en EE.UU. la deuda pública asciende al 80% con un déficit fiscal del 12%”, explica Félix González, socio director de Capitalia Familiar. “En este sentido, se trata de economías parejas a la española, sin embargo, tanto Reino Unido como EE.UU. son mucho más flexibles y tienen mucha más capacidad de reacción”. Esta es una de las razones principales por las que las agencias no tendrían en el punto de mira a otras economías que no fueran las periféricas, por el momento.

Por su parte, Daniel Pingarrón, analista de IG Markets, recuerda que “tanto Standard and Poor´s, como Moody´s o Fitch son americanas y parece que su sensibilidad para evaluar activos europeos es mayor que la que utilizan para calificar activos americanos”. “Los Estados de California, Illinois y Nueva York tienen ratios de deuda y déficit público más preocupantes que muchos países europeos con peor nota crediticia”, añade Pingarrón. Por ello, este experto defiende la creación de una agencia de ratings de origen europeo, “lo que sería un proyecto totalmente viable y tendría toda la lógica puesto que la consecuencia directa sería un aumento de la transparencia y algo más de protección hacia los mercados europeos, tan dañados en los últimos meses”.

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