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Salvo algunas excepciones notables, los responsables políticos se han mostrado reacios o demasiado lentos a la hora de imponer normas sobre la inteligencia artificial, pero esto podría estar a punto de cambiar rápidamente a medida que salen a la luz repetidas infracciones relacionadas con la seguridad de la IA. Una opinión pública cada vez más inquieta exige ahora a los gobiernos que refuercen urgentemente la regulación de la IA, en lugar de confiar únicamente en la autorregulación del sector. Y los gobiernos están prestando atención. Por ejemplo, en el Congreso de Estados Unidos se han presentado varios proyectos de ley que reclaman regulaciones que van desde las pruebas obligatorias de los modelos y las revisiones gubernamentales hasta la creación de sanciones severas para el desarrollo de una IA que supere las capacidades de los seres humanos. La Casa Blanca también ha creado un grupo de trabajo para analizar los riesgos relacionados con la IA y examinar el papel del Gobierno federal en su gestión.

Para la sociedad, la regulación es importante porque tanto las promesas como las amenazas de la IA son enormes. Para los inversores, la regulación es importante porque puede suponer un aumento de los costes y la complejidad para las empresas. Al mismo tiempo, también genera oportunidades para aquellas empresas que puedan crear ventajas competitivas adelantándose a la curva regulatoria y demostrando su fiabilidad ante los clientes y los reguladores. Los expertos de Wellington siguen de cerca la evolución de la regulación de la IA. A continuación, se presentan algunas de sus reflexiones que los inversores podrían tener en cuenta.

Caroline Conway, analista de investigación de inversiones sostenibles en Wellington Management

Ahora que Estados Unidos se encuentra en el centro del debate sobre la necesidad de regular la inteligencia artificial, conviene recordar que ya existen marcos normativos y normas de seguridad globales para la mayoría de las cuestiones prácticas relacionadas con la IA y, es probable que estos constituyan la base de cualquier nueva normativa. Entre ellos se incluyen:

  • Una colaboración ya existente en materia de normas de seguridad y revisión de modelos entre el sector de la IA y organismos gubernamentales estadounidenses, entre los que se incluyen el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST por sus siglas en inglés) de EE.UU. y su Centro para el Fomento de la Innovación y las Normas para la Superinteligencia (CAISSI por sus siglas en inglés);
  • la Ley de IA de la UE;
  • y múltiples normativas de seguridad en distintos países asiáticos.

Se ha desarrollado toda una red a nivel global en torno a la seguridad de la IA, que podría servir de base para una futura armonización internacional de las prácticas de seguridad de la IA. La red abarca:

  • Organismos internacionales de normalización como la Organización Internacional de Normalización (ISO), la Comisión Electrotécnica Internacional (IEC) y el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE);
  • asociaciones industriales de seguridad, como la AI Alliance en EE.UU., la Apply AI Alliance, la UK AI Association en Europa y la Alianza Industrial de Inteligencia Artificial en China.
  • Muchas de ellas están vinculadas a través de la Red Internacional de Institutos de Seguridad de la IA, creada en la Cumbre de IA de Seúl en 2024.

El propio sector de la IA también desempeña un papel fundamental a la hora de definir y aplicar marcos y prácticas de seguridad de la IA que sirvan de base para las normativas y los estándares. Aunque la autorregulación se considera cada vez más insuficiente, las empresas del sector se han esforzado por demostrar que se toman en serio las cuestiones de seguridad, ya que cualquier incidente de este tipo socava su capacidad para seguir desarrollando la IA. También han pedido marcos normativos más concretos y una colaboración internacional para garantizar que todos los actores aborden tanto las preocupaciones prácticas como las existenciales en materia de seguridad de la IA a medida que esta sigue desarrollándose.

Aunque considero que los riesgos existenciales relacionados con la seguridad de la IA son, en la actualidad, en gran medida teóricos, han vuelto a cobrar protagonismo a medida que el sector de la IA alcanza nuevos avances decisivos en sus capacidades. A medida que evolucionan las capacidades de la IA, cobra cada vez más importancia abordar cuestiones como su uso con fines bélicos, el desplazamiento de la mano de obra humana, el dominio autoritario y la pérdida de control sobre la IA avanzada. Y abordar estas cuestiones requiere un nivel de control diferente que ningún país puede resolver por sí solo. Hoy en día nos encontramos en un momento decisivo para los principales gobiernos en cuanto a su grado de cooperación en estas cuestiones, y el resultado a corto plazo es incierto. La cooperación internacional en este ámbito es tanto necesaria como factible: existen precedentes claros en los tratados sobre armas nucleares, telecomunicaciones y el espacio exterior que han sido citados tanto por los gobiernos como por los actores del sector de la IA como modelos para un acuerdo internacional sobre la IA. Aunque con altibajos, considero que este es, en última instancia, el camino a seguir para controlar los riesgos existenciales.

No me sorprendería que se aprobaran nuevas normativas sobre IA en Estados Unidos en 2027 o 2028, con apoyo bipartidista, dado el alto grado de preocupación pública por los riesgos tanto prácticos como existenciales. Espero que estas sigan siendo una prolongación de lo que el sector ha venido persiguiendo a través de la autorregulación, de lo que han aconsejado los institutos de seguridad de la IA, de lo que los organismos gubernamentales ya han venido aplicando en colaboración con el sector y de lo que la mayoría de los grupos coinciden en que deben abordarse como riesgos existenciales.

Esto no significa que todas las preocupaciones prácticas sobre la seguridad de la IA estén completamente resueltas. Ni mucho menos. Paralelamente a los detalles sobre cómo se desarrollarán las regulaciones estadounidenses y la cooperación internacional, creo que los inversores deben estar atentos a cómo avanzan otros sectores en el establecimiento de sus propios controles de seguridad de la IA a la hora de implementarla, ya que muchas cuestiones prácticas surgen a este nivel y las respuestas regulatorias se encuentran aún en una fase muy incipiente. La preocupación pública por los centros de datos es otro ámbito a tener en cuenta, especialmente en EE.UU., donde es probable que las inquietudes sobre la seguridad de la IA y el impacto en las comunidades locales persistan durante las elecciones de mitad de mandato estadounidenses y más allá de ellas. Veo vías de resolución para ambos aspectos, pero alcanzar el objetivo deseado no será fácil y creo que los inversores deberán seguir de cerca la evolución de esta cuestión, junto con los avances en materia de regulación y cooperación internacional.

En general, me gustaría destacar que el sector de la IA se encuentra todavía en una fase relativamente incipiente. Debemos esperar más avances en IA y más altibajos en materia de regulación, adopción de la IA y expansión de los centros de datos cada vez que se produzca un nuevo avance. Siempre que el camino hacia la resolución de las cuestiones de seguridad de la IA y otras preocupaciones relacionadas se mantenga despejado, y que los responsables políticos y el sector puedan seguir el ritmo de forma adecuada, estos momentos de nuevos avances y de renovado escrutinio pueden brindar oportunidades a los inversores activos en IA.

Juhi Dhawan, estratega macroeconómica de Wellington Management

En Estados Unidos y otras economías desarrolladas, estamos observando que la gente —que también son votantes— está cada vez más preocupada por el impacto de la IA en su entorno más cercano, ya sea por la construcción de centros de datos, el precio de la electricidad, cuestiones relacionadas con la seguridad infantil o la seguridad nacional, o por el impacto de la IA en toda la economía a medida que esta crece.

Ante algo que se prevé que llegue a ser tan omnipresente como la IA, la regulación es casi inevitable. La cuestión es cuándo, en qué medida y de qué forma. La legislación tarda en materializarse. Aunque sea necesario que ocurra algo, no siempre sucede de inmediato. Existe un riesgo significativo de que, al igual que con otras innovaciones tecnológicas, sea necesario un accidente u otro incidente grave para impulsar la acción.

La política actual de EE.UU. refleja especialmente esta dinámica. El Partido Republicano ha optado por destacar los aspectos de la IA que favorecen el crecimiento, y Donald Trump, en particular, ha impulsado esa línea, defendiendo que se mantenga el rumbo dada la competencia con China. El Partido Demócrata, por su parte, ha expresado una mayor preocupación por los riesgos de esta tecnología.

Con el presidente Trump al frente, la atención se ha centrado en mantener el liderazgo de EE.UU. en materia de IA, al tiempo que se adopta un enfoque regulatorio más flexible. Sin embargo, preveo que en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2028 muchos candidatos incluirán la regulación de la IA en sus programas electorales. Tras las elecciones, podríamos incluso asistir a un apoyo bipartidista a la regulación de la IA.

Mientras tanto, estoy siguiendo más de cerca la regulación a nivel estatal en EE.UU., ya que los estados suelen actuar como precursores de la acción federal, experimentando a menor escala con políticas que, con el tiempo, pueden convertirse en modelos para la regulación nacional.

Thomas Mucha, estratega geopolítico en Wellington Management

Una cosa que tengo clara es que el ritmo de cambio en la IA supera con creces la capacidad de los gobiernos para seguirle el paso, ya sea a través de medidas legislativas o de cuestiones normativas más amplias.

La mayoría de los responsables políticos reconocen que la IA tiene una importancia estratégica. La mayoría de los gobiernos admiten que la IA se está convirtiendo en una fuente de poder económico y geopolítico. Sin embargo, el reconocimiento es la parte fácil. La ejecución es donde todo se complica.

¿Pueden los gobiernos crear sistemas de supervisión eficaces? ¿Pueden las instituciones establecer marcos de implementación fiables? ¿Pueden las empresas absorber los cambios disruptivos y adaptarse con la suficiente rapidez? ¿Puede la gobernanza seguir el ritmo de la capacidad?

Durante la mayor parte de la última década, la cuestión dominante en materia de inversión en IA fue la capacidad. ¿Qué modelo es el más potente? ¿Quién dispone de mayor potencia de cálculo? ¿Quién gana la carrera de los benchmarks?

Esas preguntas siguen siendo relevantes, pero cada vez lo son menos.

Los retos emergentes son diferentes. ¿Quién puede verificar unos sistemas cada vez más potentes? ¿Quién puede auditarlos? ¿Quién controla el acceso? ¿Quién establece las normas? ¿Quién regula su implantación? ¿Quién puede integrar de forma segura estos sistemas en los gobiernos, las empresas, las fuerzas armadas y los mercados financieros?

La IA ya no es simplemente una carrera tecnológica entre empresas. Se trata, cada vez más, de una competencia estratégica entre Estados. A Estados Unidos le preocupa que frenar la innovación pueda dejarlo vulnerable ante los avances chinos. A China le preocupa mantener el liderazgo tecnológico sin perder el control político ni la estabilidad social. Ambos gobiernos consideran cada vez más la IA como una infraestructura crítica. Esa realidad genera una tensión de la que ninguna de las partes puede escapar: avanzar demasiado despacio conlleva costes estratégicos, pero avanzar demasiado rápido crea riesgos de gobernanza que podrían resultar igualmente graves.

El argumento tradicional a favor de la seguridad de la IA sostiene que deberíamos reducir el ritmo porque los riesgos están aumentando. El argumento de la seguridad nacional sostiene que no podemos permitirnos reducir el ritmo porque nuestros competidores estratégicos no lo harán.

Ambos argumentos pueden ser ciertos al mismo tiempo. Y precisamente por eso la IA se asemeja cada vez más a una infraestructura estratégica que a una tecnología comercial.

Para los inversores, esto sugiere que la siguiente fase de la IA podría ser muy diferente de la inicial. La primera fue una carrera por desarrollar la inteligencia. Es probable que el siguiente capítulo sea una carrera por regularla. Si eso es cierto, es posible que las oportunidades de inversión más importantes no se encuentren únicamente en las empresas que crean IA de vanguardia, sino en aquellas que desarrollan los sistemas que permiten a la sociedad confiar en ella, implementarla, protegerla, ampliarla, adaptarla y mantenerla.