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Tradicionalmente, los inversores han accedido a inversiones de rentabilidad definida a través de productos estructurados individuales. Los resultados de estas inversiones son predecibles, pero la inclusión de un único producto estructurado en una cartera, aunque sea fácil de implementar, expone a los inversores a los riesgos propios de ese producto concreto, así como a los riesgos de oportunidad tanto en la entrada como en la salida. Los inversores más experimentados que buscan una rentabilidad definida suelen haber creado carteras compuestas por productos estructurados individuales, lo que les proporciona un cierto nivel de diversificación. Sin embargo, la gestión de estas carteras requiere un gran esfuerzo operativo, presentan limitaciones de liquidez y siguen estando asociadas a riesgos de crédito del emisor y de concentración.

Al comparar un único producto estructurado con una cartera de productos estructurados, hay que tener en cuenta las ventajas y desventajas. La implementación, en este contexto, puede compararse con una balanza que equilibra la intensidad operativa con los resultados para los inversores. El mismo principio se aplica a los fondos de inversión y a los ETFs de resultado definido, en los que la complejidad operativa y los resultados para los inversores se sitúan en puntos distintos de esa balanza, tanto en los enfoques pasivos basados en índices como en los de gestión activa.

Las soluciones de ETFs pasivos basados en índices son relativamente sencillas de poner en práctica. Sin embargo, son rígidas, y el índice subyacente al que están vinculadas las inversiones de rentabilidad definida suele ser fruto de la ingeniería financiera. Como resultado, este índice puede comportarse de forma muy diferente al mercado de renta variable, lo que merma la previsibilidad real para los inversores. Las estrategias de ETFs pasivos son más sencillas para el gestor de inversiones, ya que suelen realizarse mediante un único swap con un solo proveedor, pero es probable que esto vaya en detrimento de los resultados para los inversores.

Un ETF o un fondo de inversión gestionado de forma activa no sigue un índice y, por lo tanto, a diferencia de la mayoría de los ETFs pasivos de resultado definido, puede utilizar índices bursátiles reales (sin esa mencionada ingeniería financiera) para mantener la previsibilidad que esperan los inversores que buscan una rentabilidad definida. Cuando se utilizan índices reales, como el S&P 500, el Euro Stoxx 50 y el FTSE 100, para crear una cartera de rentabilidad definida, la gestión activa cobra especial importancia. Esto se debe a que los parámetros de valoración de estos índices, como los tipos de interés, los dividendos y la volatilidad implícita, cambian constantemente. Además, una inversión de rentabilidad definida presenta muchas características que pueden ajustarse, lo que da lugar a numerosas decisiones de inversión posibles, y la gestión activa ofrece al gestor la flexibilidad necesaria para optimizar estas elecciones.

A medida que las condiciones del mercado van cambiando con el tiempo, la inversión que más probabilidades tiene de ayudar a la cartera a alcanzar su objetivo varía de forma significativa. Y cuando se trata de una cartera de inversiones de rentabilidad definida, cada nueva inversión debe analizarse en el contexto de la cartera en su conjunto, de modo que cada decisión adicional maximice la probabilidad de que el ETF o el fondo de inversión alcance sus objetivos. Por lo tanto, es fundamental adoptar un enfoque de gestión activa para la inversión de rentabilidad definida. Aunque esto resulte más complejo desde el punto de vista operativo, permite al gestor optimizar las decisiones de la cartera con el objetivo de mejorar los resultados de la inversión a largo plazo, al tiempo que se mantiene la previsibilidad que esperan los inversores.

La flexibilidad también es fundamental para la ejecución, y eso se consigue contando con varios proveedores de swap. La posibilidad de negociar inversiones de rentabilidad definida a nivel institucional mediante estos derivados financieros, y no mediante bonos, permite al gestor minimizar el riesgo de contrapartida, lo que elimina en gran medida las consideraciones crediticias de la decisión de inversión. Cuando los proveedores de swaps operan en igualdad de condiciones, es el apetito por el riesgo lo que determina las diferencias en los precios, y esta demanda, al igual que las condiciones del mercado, está en constante cambio. Un proveedor de swaps puede ofrecer las mejores condiciones de precio para un índice subyacente, pero condiciones desfavorables para otro, o bien destacar en estructuras de barrera agresivas, pero mostrar carencias en las estructuras de barrera defensivas. A menudo, el proveedor de swaps que ofrece los mejores precios un mes puede ser el que ofrezca los peores al mes siguiente. En general, esta disparidad en los precios varía con frecuencia, por lo que un gestor de inversiones debería barajar varias estructuras para la cartera al mismo tiempo y solicitar presupuestos a varios proveedores de swaps.

Una vez recibidos los precios de ejecución, las operaciones deben volver a evaluarse en el contexto de la cartera en su conjunto. Solo entonces, el gestor podrá determinar y llevar a cabo la inversión que maximice la probabilidad de alcanzar los objetivos fijados para el ETF o el fondo de inversión. Este proceso requiere una optimización continua y, junto con los múltiples swaps con distintos proveedores, supone una gran carga operativa para el gestor; sin embargo, para el inversor, es probable que se traduzca en mejores resultados a largo plazo.

La inversión de rentabilidad definida tiene como objetivo aumentar la probabilidad de alcanzar unos resultados determinados, pero la eficacia con la que se lleve a cabo esta estrategia es fundamental para obtener rendimientos satisfactorios para los inversores. La gestión activa proporciona al gestor de inversiones la flexibilidad necesaria para optimizar las decisiones sobre la cartera, la fijación de precios y la ejecución a medida que evolucionan las condiciones del mercado, lo que contribuye a maximizar la probabilidad de que, en última instancia, se alcancen los objetivos de inversión a largo plazo.