
En los últimos años, las autoridades han confiado en que la innovación tecnológica permita compensar la pérdida de dinamismo de actividades históricamente dominantes.
Sin embargo, los datos más recientes apuntan a que esa transición está siendo demasiado lenta. Muy, muy lenta.
El peso limitado de las nuevas industrias
Un informe elaborado por la firma estadounidense Rhodium Group pone cifras concretas a esta realidad.
Entre 2023 y 2025, sectores como la inteligencia artificial, la robótica o los vehículos eléctricos apenas añadieron 0,8 puntos porcentuales a la producción económica. En el mismo periodo, el retroceso del inmobiliario y de otras actividades tradicionales restó en torno a seis puntos porcentuales, una diferencia que ilustra la magnitud del problema.
El análisis, basado en estadísticas oficiales chinas y fuentes sectoriales, subraya que el giro hacia industrias de alta tecnología no está siendo suficiente para sostener las tasas de crecimiento a las que aspira el Gobierno.
Aunque estas actividades ganan visibilidad mediática y respaldo político, su contribución real al PIB sigue siendo modesta frente al tamaño de la economía.
Objetivos ambiciosos y límites estructurales
Pekín mantiene como referencia un crecimiento anual cercano al 5%, un objetivo reiterado en los últimos ejercicios. Para alcanzarlo, Rhodium estima que las nuevas industrias deberían multiplicar por siete su tamaño en los próximos cinco años y aportar alrededor de dos puntos porcentuales anuales al crecimiento de la inversión.
Esto implicaría movilizar este mismo año cerca de 2,8 billones de yuanes adicionales, un incremento superior al 120% respecto a 2025.
Incluso asumiendo un fuerte impulso en ámbitos como la inteligencia artificial o la automatización industrial, los analistas consideran poco realista que el conjunto de sectores emergentes pueda sostener un ritmo tan elevado. Algunas áreas, como el vehículo eléctrico, ya muestran señales de madurez, con una producción que podría desacelerarse tras años de expansión acelerada.
El inmobiliario, un problema sin resolver
Mientras la estrategia tecnológica gana protagonismo, la respuesta a la crisis inmobiliaria ha sido más contenida. Este sector llegó a representar más de una cuarta parte de la economía china y su corrección sigue teniendo efectos profundos.
Las ventas de vivienda nueva, medidas por superficie, cayeron el año pasado a niveles no vistos desde 2009, según datos de consultoras especializadas del país.
La debilidad del ladrillo continúa drenando crecimiento y confianza. Un análisis macroeconómico de KKR calcula que el deterioro inmobiliario restará alrededor de 1,2 puntos porcentuales al PIB este año.
Incluso sumando una contribución relevante de las tecnologías digitales, la estimación global se sitúa en torno al 4,6%, en la parte baja de las previsiones oficiales.
Empleo, consumo y tensiones externas
El énfasis casi exclusivo en la tecnología también plantea desafíos sociales. Los nuevos sectores suelen ofrecer salarios más altos, pero generan muchos menos puestos de trabajo que las industrias tradicionales.
Según KKR, la combinación de automatización y la elevada cuota de China en la producción manufacturera mundial podría provocar la pérdida de hasta 100 millones de empleos en la próxima década, una cifra de enorme impacto.
El mercado laboral ya muestra signos de fragilidad, con una tasa de desempleo urbano estable pero un paro juvenil persistentemente elevado. La debilidad del consumo interno limita la capacidad de la inversión doméstica para impulsar la demanda, incluso en actividades innovadoras, lo que empuja a las empresas a buscar salida en los mercados exteriores.
Dependencia de las exportaciones y riesgos geopolíticos
Ante la insuficiencia del motor interno, la economía china depende cada vez más de las exportaciones para sostener su crecimiento. El propio informe de Rhodium advierte de que esta estrategia incrementa la vulnerabilidad frente a nuevas barreras comerciales.
A medida que productos chinos de bajo precio, como los vehículos eléctricos, ganan cuota en el exterior, países como Estados Unidos, México y la Unión Europea han respondido con aranceles más elevados.
La situación recuerda a una divergencia similar observada en otros mercados, donde las empresas vinculadas a la inteligencia artificial lideran las ganancias bursátiles mientras amplias capas de la economía real permanecen rezagadas. Desde Pekín, sin embargo, se insiste en una visión de largo plazo pero, ¿hasta cuándo?

