A sabiendas de que es imposible saber el plan de Trump, vamos a intentar desgranar algunas posibilidades de estos hechos, tal y como hicimos con los aranceles. Y, por cierto, así como la cabeza detrás de los aranceles fue Peter Navarro, aquí es claramente Marco Rubio.

1. Objetivo inicial: quitar a Maduro

Parece obvio que este era el objetivo principal sin el cual no se puede dar ninguna etapa siguiente del plan. Madura era una amenaza por la droga que iba a América del Norte, por la venta de petróleo al bloque de países menos afines a Estados Unidos, y por bastantes cosas más…

Más allá de las acusaciones judiciales, la lógica estadounidense era doble: debilitar al régimen chavista tras décadas de tensiones, y neutralizar a un rival político que había consolidado en Venezuela un modelo de poder autoritario y aliado con potencias como Rusia, China e Irán.

2. Transición de poder

Tras la caída de Maduro, Delcy Rodríguez fue nombrada presidenta interina por el Tribunal Supremo de Justicia venezolano, en medio del caos institucional y la controversia sobre la legalidad de la operación estadounidense. Y fue Trump directamente quien dijo que no quería a María Corina Machado porque no contaba con el respaldo del país, una machada que no lo es tanto.  

Este paso, desde mi punto de vista, representa el corazón de la estrategia: no solo derrocar al régimen, sino deschavizar la estructura institucional venezolana, limpiando —en teoría— de corrupción, narcotráfico y prácticas autoritarias todo el aparato estatal. Es decir, un régimen de transición que facilite una salida ordenada. El problema es que este gobierno interino carece de legitimidad clara y puede llegar a ser una marioneta de Washington. No olvidemos que Trump declaró públicamente que los EE. UU. gobernarían temporalmente Venezuela hasta lograr una transición de poder. Es decir, deschavizaremos la estructura hasta que por fin se puedan convocar elecciones.

Imagina que ahora se pone a un gobierno ajeno a Maduro. Se lía. Ejército en vilo, sin opción de hacer nada efectivo aun teniendo la presidencia… Se puede hacer un pan con unas tortas. No es fácil derrocar un régimen, pero es mucho más arduo construir una democracia. Y parece que Estados Unidos ha aprendido la lección de Libia, Irak, y un larguísimo etcétera de su intervencionismo mundial.

3. Elecciones democráticas en unos años

La hoja de ruta oficial apunta a celebrar elecciones transparentes en un plazo de 2 a 3 años, una vez desmontados los mecanismos de control del antiguo régimen.

Mientras que una parte de la oposición venezolana reclama elecciones inmediatas y libres, otros actores ven con recelo la presencia prolongada estadounidense como un obstáculo para una democracia genuina. Además, el contexto constitucional venezolano no contempla fácilmente estos plazos sin reformas profundas, lo que podría prolongar el estatus de transición mucho más allá de lo deseado. Este punto será un campo de batalla político interno y una fuente de críticas internacionales hacia Washington.

Recuerda que en España también tuvimos que hacer una transición de varios años desde la dictadura hacia la democracia. Y eso que, en teoría, los que copaban las instituciones estaban a favor de llevar a cabo esa modificación de las estructuras.

4. Reflotar la industria petrolera venezolana

Venezuela sigue siendo el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, pero tras años de mala gestión (y sanciones), la producción había colapsado, tal y como hemos contado ya. Reflotar este sector es, sin lugar a dudas, uno de los objetivos económicos centrales de la estrategia estadounidense.

Trump ha anunciado que entre 30 y 50 millones de barriles de crudo serán trasladados a puertos estadounidenses para su venta a precio de mercado, con la idea de que los ingresos beneficien tanto a venezolanos como a estadounidenses. Ya veremos…

Pero este plan tiene una lógica clara, a saber, recuperar el potencial petrolero de Venezuela, beneficiando con ello la economía local (al menos en teoría) y generar rentas energéticas que, además, podrían aliviar las tensiones en el mercado mundial.

5. Beneficios para EE.UU.

Más allá de la retórica humanitaria y democrática, no se puede negar que el petróleo tiene un protagonismo central en esta intervención.

Entrar en un país con vastas reservas de hidrocarburos y enderezar su producción no solo tiene impacto geopolítico, sino también económico directo para las compañías estadounidenses y para el propio Tesoro. Este tipo de control de recursos clave para influir en mercados globales ha sido un componente clásico del poderío estadounidense desde la posguerra.

Es cierto que Venezuela podrá ser rica de nuevo, pero Estados Unidos se va a llevar su buen pico por el camino. Que nadie lo dude. Bueno, nadie lo duda…

Por cierto, no es ninguna broma lo de hacer rica de nuevo a Venezuela. Entre los años 2010-2020, su PIB per cápita cayó un -88,96%. Repito, -88,96%. Y sacar de la pobreza a millones de personas no está nada mal. Como ves en este gráfico, Venezuela está por debajo hasta de los países con ingresos medianos y bajos. Un desastre.

Fuente: Carlos Arenas Laorga

6. Petróleo barato, inflación baja y margen para bajar tipos de interés

¿Qué tiene que ver Venezuela con la política monetaria estadounidense y con su posible crecimiento?

En la economía global el precio del petróleo es un insumo central. Menores precios energéticos reducen los costes de producción y transporte, lo que tiende a moderar la inflación global. Si EE.UU. logra aumentar los flujos petroleros con producción venezolana, podría ayudar a contener la inflación. Con inflación bajo control, la Reserva Federal tendría más flexibilidad para bajar tipos de interés, apoyando crecimiento económico doméstico sin los riesgos habituales de presiones inflacionarias. Y no solo el crecimiento económico, sino una revalorización de los mercados bursátiles y un posible abaratamiento de la deuda. Te suena todo esto, ¿no?

Ya veremos cómo va evolucionando la película, pero no va a ser una cosa rápida, eso seguro. Lo importante es que sea lo mejor para los venezolanos, que no haya alteraciones del orden, ni muertos. Que poco a poco se vaya reconstruyendo el país y su riqueza emerja de nuevo. Desmontar un régimen, reconfigurar el poder institucional venezolano, y —no menos importante— volver a poner en juego el petróleo, no son empresas menores.

Ahora bien, aunque puede ser una maravilla, los riesgos son enormes: desde el rechazo internacional, hasta la incertidumbre sobre la transición democrática venezolana, pasando por posibles revueltas.

Si esto funciona, el mundo habrá presenciado una de las intervenciones más audaces del siglo XXI. Si no funciona… podrían desatarse consecuencias económicas, políticas y humanitarias de largo alcance.