El líder republicano redobla su apuesta por las rebajas fiscales y la laxitud regulatoria como antídotos para subsanar las dolencias de la primera economía global en un hipotético segundo mandato. El cabeza de cartel demócrata, en cambio, se inclina por rearmar el poder federal para combatir el Covid-19, reconfigurar el patrón de crecimiento y avanzar hacia la neutralidad energética y acabar con un conflicto racial histórico y combatir la sistémica desigualdad social del país.

Dos visiones de América, con la reactivación económica como telón de fondo


La habitual disputa presidencial en EEUU, en la que el inquilino de la Casa Blanca, que recibe el plácet de su formación para revalidad su mandato a un segundo periplo de cuatro años, último que contempla la Constitución americana, acude a la cita electoral con el aval de la experiencia acumulada tras su gestión, parece haber perdido en esta contienda la ventaja del presidente en ejercicio. Porque el dirigente demócrata, vicepresidente con Barack Obama, es un veterano de la política estadounidense, con amplia experiencia entre las bambalinas del Despacho Oval, que durante las ocho semanas de campaña hará valer su recorrido bajo el establishment americano frente a la profusión de órdenes ejecutivas y el exceso de presidencialismo que ha caracterizado a la Administración Trump, a juicio de los observadores políticos. El contraste entre dos maneras de apreciar la realpolitik de la gran potencia global arreciará sin tapujos durante una de los ciclos electorales más trascendentales de la historia reciente de EEUU.   

Impuestos, mercados y economía. Esta trilogía conceptual está íntimamente arraigada en la sociedad civil americana. Trump no sólo es un ferviente defensor de la docilidad impositiva para espolear la actividad económica; es, a juicio de no pocos think-tanks especializados en materia de tributación, el auténtico adalid de esta causa. El mandatario republicano ha cimentado toda su gestión económica sobre dos piedras angulares: una doble rebaja tributaria -sobre las rentas personales y sobre Sociedades, con simplificación del enrevesado Código Fiscal americano- que ha combinado con una sucesión de decisiones proteccionistas y unilaterales que han enterrado buena parte del nutrido mapa de acuerdos de libre comercio de EEUU. Dos constantes entre los mandatarios del GOP, el Grand Old Party. Sus tres antecesores republicanos en la Casa Blanca -tanto Ronald Reagan, como Bush padre e hijo- ya pusieron en liza recortes impositivos y guerras arancelarias. Pero la de Trump es una reforma tributaria de doble filo y se ha ganado a pulso la consideración de que las ventajas de tipos impositivos, deducciones y exenciones se dirigen a las clases más pudientes. Porque el contribuyente individual medio ha visto reducida su base imponible en 6.350 dólares por la deducción estándar del impuesto sobre la renta, pero a costa de la supresión de los 4.050 dólares que, también de promedio, obtenía por exenciones específicas. Tampoco se han apreciado beneficios para las declaraciones conjuntas. Porque el renovado Código Fiscal incorpora no pocos de estos enjuagues fiscales. 

La rebaja impositiva no gustó a casi nadie. Ni siquiera al gran público americano. El 49% de los estadounidenses se declaraba contrario, según el consenso de los sondeos de opinión que se han sucedido. Tampoco a las arcas del Tesoro, que ha visto mermar los ingresos ante la caída de la actividad que ya se registraba antes de la Gran Pandemia y no ha registrado la repatriación de obligaciones fiscales de las multinacionales americanas que prefieren buscar territorios de baja tributación en latitudes de ultramar. Un foco por el que se escapan del fisco americano cada año más de 200.000 millones de dólares.

Pero, quizás, donde más detractores ha provocado ha sido en el ámbito científico. Los economistas no se creen sus efectos beneficiosos. Desde el Tax Policy Center, think tank de prestigio en EEUU, se admite que los recortes fiscales para el conjunto de americanos, de 1.300 dólares en 2019, cuando entró en vigor, apenas situó esta rebaja en 850 dólares para los contribuyentes de la clase media -los que ganan entre 50.000 y 87.000 dólares al año, la quinta parte de los contribuyentes personales-, mientras la reducción para los ingresos que rebasan los 750.000 dólares es de 34.130 dólares por unas gratificaciones equivalentes al 17,6% de su base imponible. Sus estudios por estratos sociales alertan también de que más de la mitad de los estadounidenses soportará un incremento de sus pagos impositivos a partir de 2027. Debido a la supresión de varias de las deducciones y de las exenciones previstas, y a la combinación de otras normas que se incluyeron en el Código Fiscal. A partir de ese ejercicio, la rebaja media se quedará en apenas 300 dólares para la totalidad de los contribuyentes y de 50 dólares a las clases medias. Por contra, las más ricas mantendrán una porción de ahorro fiscal de 32.510 euros anuales. 

Biden quiere recuperar parte de la presión fiscal previa a 2017 cuando se aprobó la doble rebaja impositiva republicana. Hasta situar, por ejemplo, el gravamen a las empresas en el 28%, un tipo tributario más bajo que el que estaba en vigor durante el doble mandato de Obama, pero más alto que el actual y elevar la presión impositiva a los contribuyentes individuales que superen los 400.000 dólares de base impositiva anual. Sus cálculos hablan de unos ingresos adicionales de más de 4 billones de dólares en los próximos diez años con estas dos modificaciones. Además de regularizar la situación de 11 millones de residentes en ilegalidad, con objeto de sacarles de la economía sumergida en la que se encuentran, formalizar sus obligaciones tributarias y lograr una mayor contribución al gasto y al consumo. 

En este capítulo, Trump desea extender aún más las ventajas impositivas a los contribuyentes individuales. Y ofrece, además, deducciones por créditos de renovación de redes de suministro energético a hogares, en gastos de educación y programas de escolarización. Por su parte, Biden quiere la vuelta del tipo impositivo máximo de la renta del 37% al 39,6% y los siete puntos que el líder republicano consiguió reducir el de Sociedades. De ganar, impondrá un gravamen para financiar la la Seguridad Social a quienes ganen más de 400.000 dólares anuales y a ingresos que superen el billón de dólares, incluidas ganancias de capital y dividendos. Además de unos pagos mínimos garantizados sobre libros contables a las grandes multinacionales del 15% y a las firmas subsidiarias en el exterior, del 21%. 

Pero Trump también mostrará al electorado norteamericano la notable expansión de los activos bursátiles. A pesar de la alteración que la irrupción de la Gran Pandemia, la recesión más brusca en tiempos de paz, generó de inmediato en los mercados de capitales americanos. Sólo en la última semana de febrero, cuando las señales de que el Covid-19 iba a convertirse en una crisis sanitaria global sin precedentes, se fugaron de Wall Street más de 6 billones de dólares tras un efecto contagio que afectó a otros mercados como el Dow Jones Industrial o el Nasdaq, en los que se registraron descensos de casi un 10% desde sus recientes -y últimas- marcas alcistas, que también llevó al Dow Jones a retroceder más de 3.000 puntos esa semana. Instante hasta el que el S&P 500 había repuntado un 58%, desde la victoria electoral de Trump sobre Hillary Clinton, en noviembre 2016. La semana pasada todavía se reflejaba el éxito de la era republicana en los mercados, con un 15% de revalorización del S&P 500 y un 14% del Dow Jones desde que el líder republicano se instaló en el Despacho Oval. 

Como réplica, Biden incidirá en la incertidumbre, la alta volatilidad y los signos de debilidad del despegue económico norteamericano en el ciclo de negocio post Covid certificado por la propia Reserva Federal. Y en desmontar la insistente táctica de su rival en vincular su legislatura al éxito de los mercados tiene un matiz notable. Porque la estadística está de su parte. Desde Natixis Investment Managers se constata que, desde 1976, el beneficio reportado en las bolsas bajo mandatos demócratas fue del 14,3%, frente al 10,8% de las presidencias del GOP. Y, más en concreto, revelan que, bajo la triada presidencial Carter-Clinton-Obama se generó un alza del 14,9% en términos anualizados. Por contra, en las últimas administraciones de signo republicano [Reagan-Bush, padre-Bush, hijo] fue de tan sólo el 4,9%, como informaba Financial Times en un reciente artículo.  

La economía tampoco será el bálsamo de Fierabrás del presidente. El vigor del PIB ha sido más que notable. Pero el esperado impulso de prosperidad de las políticas fiscales y comerciales no ha certificado una etapa de esplendor sostenible precisamente. En 2019, la actividad de EEUU ya ofreció síntomas claros de agotamiento, con un alza del 2,3%, siete décimas por debajo del compromiso electoral de Trump para el conjunto de su mandato, con pérdida de fuelle también en la, hasta entonces, saludable generación de empleo. El coronavirus ha dado la vuelta como un calcetín a la coyuntura. El PIB entró en una recesión sin parangón en el segundo trimestre de este año -un descenso a los infiernos, del 32,9%, la tercera parte de su capacidad productiva-, el salto de la tasa de desempleo por encima de los dobles dígitos, tras un largo decenio próxima al pleno empleo, y casi 15 millones de empleos destruidos por la pandemia. Trump predice que la economía se encarrilará en el trimestre actual y, sobre todo, en el último tramo del año, entre octubre y diciembre, y que despegará como un cohete en 2021. Dando por hecho que la vacuna y el descubrimiento de nuevos tratamientos terapéuticos contra el Covid-19 serán efectivos y la actividad retomará su potencial. En línea con la apuesta por los descubrimientos sanitarios de los analistas del mercado. Pero la realidad traslada incertidumbre sobre el momento en el que los países dispondrán de antídotos contra el coronavirus. 

Frente a ello, el cabeza de cartel demócrata se decanta por poner todo el arsenal de recursos financieros y materiales del gobierno federal en la lucha contra la epidemia sanitaria. También para sellar la recesión, de la que debe salir un compromiso claro para combatir las desigualdades sociales. El plan de Biden destina 2 billones de dólares en los próximos cuatro años, si alcanza la presidencia, para consolidar el nuevo patrón de crecimiento una estrategia de lucha decidida contra el cambio climático, de manera que EEUU comience a ser un territorio libre de emisiones de CO2 en 2035. En este apartado también incluye un programa abierto de seguros médicos a la totalidad de trabajadores en edad laboral con subsidios más que generosos, en paralelo a proyectos de gasto educativo, en infraestructuras y de ayudas a firmas de pequeña dimensión, que incorpora un aumento del salario mínimo hasta los 15 dólares por hora.  

Lucha contra el coronavirus. El vencedor electoral de noviembre tendrá que unir en el top one de su agenda de gestión -la recuperación económica- el combate contra el Covid-19 y el retorno a la creación de empleo, en cotas desconocidas desde la Gran Depresión de 1929. El despegue en V asimétrica parece haberse evaporado y la Fed augura una recesión del 6,5% en el conjunto de este ejercicio, seis décimas más profunda que la diagnosticada por el FMI en primavera. Biden ha arremetido duramente contra la política sanitaria de Trump. En este terreno, el candidato que logre trasladar la doctrina Roosevelt, de crear un New Deal para América -la consigna que le aupó al poder frente a Herbert Hoover- tendrá mucho camino andado para instalarse en la Casa Blanca. El plan de estímulo de 2 billones del dirigente demócrata se aproxima más a esta estrategia. Porque en él subyace un nuevo acuerdo social para transformar la economía, desde parámetros de preservación medioambiental de los que ha renegado Trump, y la sociedad. Una de las razones por las que Biden asocia su propuesta, sistemáticamente, a sus críticas a su rival por el manejo de la crisis sanitaria. Pese al fondo impulsado por el republicano, de 8,3 billones de dólares, a comienzos de marzo pasado -Families First Coronavirus Response Act-, un segundo  en apenas quince días, por 2 billones de dólares adicionales -CARES Act (Coronavirus Aid, Relief, and Economic Security)- que completó el The Families First Coronavirus Response Act de ayudas directas a los ciudadanos americanos y un cuarto, conocido como Phase 3.5, que añadió 484.000 millones a las familias. La reacción de Trump le valió para escalar en su índice de aprobación al 49%, pero desde entonces este indicador ha ido reduciéndose, según los datos de Gallup, lo que le convertiría en el segundo presidente en ejercicio que no logra acceder a un segundo mandato, tras George Bush padre.

Biden ha exhibido su estrategia contra la pandemia dentro de su Plan para Salvar a la Clase Media y a América. Ha virado en este sentido hacia la izquierda del partido, hacia los parámetros vinculados a su rival en las primarias, Bernie Sanders. Hacia posiciones más keynesianas. Pero en línea con las prerrogativas multilaterales a los gobiernos de hacer frente a la pandemia con más gastos sociales. Aunque se deban guardar las facturas y acometer su pago con posterioridad. Los programas sociales, bajo una presidencia de Biden, se expandirán. Es una de las claras diferencias entre ambos aspirantes. Con el demócrata habrá más ayudas a personas vulnerables, que han crecido exponencialmente con la pandemia, lo que elevará la deuda a unas cotas históricas. Si bien este indicador ha sobrepasado holgadamente el 100% del PIB después de las partidas presupuestarias de Trump, al que no le preocupa -según ha constatado en varias ocasiones- que EEUU sobrepase el 4% anual de déficit fiscal al término de la presente década. A su juicio, la mayor potencia mundial debe antes rearmarse y modernizar su ejército, destino de los mayores volúmenes de gasto de sus cuatro ejercicios de presidencia. 

Trump siempre ha repetido que el coronavirus estaba bajo control y que los esfuerzos federales por contener su propagación eran efectivos. Frente a las advertencias de personalidad médicas y de las agencias de inteligencia de que la llegada del Covid-19 a EEUU ya se produjo en enero de 2020. Desde marzo, delegó medidas a los gobernadores. 

El combate contra el coronavirus es nuclear en EEUU. Porque algunos estudios hablan de que la Gran Pandemia podría llevar la ratio de desempleo hasta el 40%, muy por encima del 25% que registró la Gran Depresión y pese a los billones de dólares de subsidios directos e indirectos a empresas y familias y de firmas y los estímulos históricos desplegados por la Reserva Federal a los mercados. 

Biden ha impulsado el mensaje de que hará y gastará “lo que sea necesario” para erradicar esta epidemia. Destinados a la proliferación masiva de test, a tratamientos y otros servicios sanitarios y, por supuesto, a la investigación de vacunas y ha prometido el respaldo federal a la economía, medidas financieras y materiales para evitar futuras pandemias y preparar a la Sanidad del país para catástrofes de este calibre. Desde una posición de liderazgo global de EEUU. De ahí que se haya encargado de cargar contra las embestidas y la retirada de financiación estadounidense de la OMS y de incidir en el “teatro político” de Trump contra los criterios de expertos en el manejo de las desescaladas, donde el dirigente republicano siempre ha primado la actividad económica.

Infraestructuras. Ambos, Trump y Biden, pondrán en marcha un plan de modernización de las vías de comunicación y suministro de servicios públicos de más de un billón de dólares. Aunque, mientras los republicanos no lo vincularán dentro de los planes de estímulo para contener los efectos del coronavirus, los demócratas lo sumarán al mismo. El presidente, bajo su compromiso electoral de reconstruir América, ha llegado a pedir al poder legislativo un programa que supere los 2 billones de dólares, “si es bueno y audaz” como parte de las medidas contra el coronavirus y con “baja tasas de financiación”. La versión de Biden eleva la cantidad hasta los 1,3 billones de dólares. Enfocado a infraestructuras con emisiones netas cero de CO2, a la creación de empleo y a la expansión de la clase media. Su plan, más específico, incluye 400.000 millones de dólares de origen federal para I+D+i de energías limpias, 100.000 millones más a modernización de los centros educativos, y 50.000 para reparación de carreteras, puentes y autovías en su primer año de gestión, 20.000 a infraestructuras rurales y 10.000 a proyectos para transportes en áreas con especial vulnerabilidad social; es decir, con altos niveles de pobreza. Biden acostumbra a decir en este punto que su iniciativa pretende “revertir los excesos de Trump con los recortes fiscales a empresas”, su permisividad con las evasiones fiscales corporativas a paraísos tributarios y que pretende acabar con los subsidios de la Administración americana a las firmas que operan con combustibles fósiles. Un asunto que ha elevado su intensidad con el reciente permiso, con una nueva orden ejecutiva, de Trump, para que las petroleras exploren el llamado Refugio Salvaje de Alaska, con incalculables yacimientos petrolíferos en su amplio subsuelo. 

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Sanidad. Una de las grandes batallas en la contienda electoral de hace cuatro años. Trump sigue con su deseo de recortar presupuestariamente los gastos de Medicare y Medicaid. De hecho, en las cuentas federales para 2021 plantea la mayor reducción financiera de la última década; muy en especial, para el Medicaid, el programa de seguros de salud para gente necesitada que fue instaurado bajo la presidencia de Lyndon Johnson, a mediados de los sesenta. El recorte supera los 900.000 millones de dólares. El doble que para el Medicare, la cobertura de Seguridad Social que administra el Departamento de Salud y Servicios Humanos y que provee atención médica a todas las personas mayores de 65 años o más jóvenes consideradas discapacitadas debido a graves problemas de salud. De salir reelegido, este ministerio -según la jerga europea- tendrá a su disposición un 10% menos de recursos. Hasta los 94.500 millones de dólares. En relación a el presente ejercicio, dominado por la crisis del coronavirus. Su promesa de reducir el precio de los medicamentos, hace cuatro años, tampoco ha surtido efecto. 

Biden, en este terreno, ha tenido que navegar sobre dos aguas. Se desmarcó de la propuesta de su rival en la carrera por la nominación demócrata, el senador Sanders, de universalizar la ayuda asistencial a todos los residentes americanos, a imagen de los Estados de Bienestar europeos. Pero ha enfatizado su total apoyo al ObamaCare que anuló Trump nada más acceder a la Casa Blanca. El Affordable Care Act del anterior presidente americano se mejorará, a su juicio, con la rebaja, hasta el 8,5% de la renta, de sus costes de cobertura y la supresión del tope del 400% del tope de renta para acceder a créditos fiscales por gastos médicos. También pretende reducir de los 65 a los 60 años el acceso al Medicare. Los cálculos de su equipo de campaña aseguran que el plan Biden cubriría al 97% de la población americana con un desembolso de 750.000 millones de dólares en un decenio. 

Comercio. La retórica arancelaria -y las subidas de tarifas que han caracterizado su presidencia- de Trump señala a China como culpable de las guerras comerciales. Logró con su estrategia de enfrentamiento con rivales económicos como el gigante asiático y aliados como los países de la UE, Turquía e, incluso, sus socios del extinto Nafta -rebautizado como USMCA a instancias de la Casa Blanca-, Canadá y México, reducir el déficit comercial americano en 2019 por primera vez en seis años; hasta los 616.800 millones de dólares. Pero gran parte de la ralentización del PIB  del pasado ejercicio se debió a problemas de suministro de bienes y servicios importados desde los mercados a los que subió aranceles. Tampoco ha contribuido a una fase de fuerte generación de empleo. El modus operandi de Trump es consecuencia del recetario del America, first que le llevó al Despacho Oval en 2016. Pero, como los últimos intentos de batallas arancelarias en EEUU no ha tenido los efectos deseados por el inquilino de la Casa Blanca. Entre otras razones, porque el suministro de material médico para hacer frente al coronavirus depende, sobre todo, de Pekín y su contienda política con la Gran Factoría Mundial sigue sin avances substanciales. La guerra contra China tiene ingredientes sólidos. El segundo PIB global, aún sin el estatus de economía de mercado, sigue manteniendo bandas de fluctuación artificiales en el tipo de cambio del yuan -o renminbi- en los mercados internacionales, impidiendo la plena entrada del capital foráneo a las empresas de sectores considerados estratégicos para el régimen de Pekín o practicando una estrategia de dumping de precios. 
Biden ha puesto el foco en el restablecimiento del liderazgo innovador y económico de EEUU en este sentido para, a continuación, acometer nuevos tratados comerciales. En su perspectiva en la Casa Blanca entiende que la mejor forma de abordar las reminiscencias del dirigismo político de Pekín y combatir sus conflictos en materia de propiedad intelectual y transferencia de nuevas tecnologías, de las que se apropian sistemáticamente las empresas chinas, es con la formación de una amplia coalición internacional con aliados y socios, no a través de subidas unilaterales de aranceles.    

En este punto, las posturas entre candidatos están claramente enfrentadas. Trump sitúa la fase de negociación actual con Pekín, la segunda ronda de conversaciones para alcanzar un acuerdo bilateral, a punto de cumplir con su cometido de que Pekín deje de subsidiar a firmas estatales. Pero sus constantes acusaciones de China por ser el origen del coronavirus invitan a pensar que la fumata blanca está aún lejos de ser visible. Hasta el punto de haber admitido, en las últimas semanas, que “no está interesado” en mantener un diálogo abierto con Pekín. Para Biden, lograr restaurar décadas de pactos de libre comercio y fair play en los flujos de mercancías, con bajos aranceles de entrada con los mercados o bloques comerciales con los que mantiene alianzas es la mejor aportación de las últimas décadas a la prosperidad global. Porque también contempla ayudas directas, de 400.000 millones de dólares, a las firmas manufactureras americanas, a las que -dice- les falta dimensión y tamaño, y de otros 300.000 a las compañías tecnológicas, para que aborden nuevos y ambiciosos proyectos de investigación e innovación. Sin descartar que se vuelva a negociar el Trans -Pacific Partnership -la primera revocación de Trump- que unía a las dos superpotencias en un área aduanera común con países de uno y otro lado de ambas orillas del Pacífico. En su opinión, es el mejor vehículo para reanudar conversaciones fructíferas. 

Empleo y salarios. Ambos aspirantes desean que las inversiones en infraestructuras sea el punto de inflexión de la generación de empleo. Trump, uniendo este objetivo a su agenda migratoria, bajo el lema de Compra americano, alquila americano. Bajo su dirección la economía creó más de 6,6 millones de puestos de trabajo. Hasta la irrupción de la pandemia. Pero a costa de reducir derechos laborales, sobre todo a inmigrantes. En su recetario se incluye la idea de aplicar tickets de ayuda a la industria. Dinero líquido durante cinco años. Y se justifica la cifra de los 2 billones de dólares de su plan de infraestructuras a esta causa. Para encajar en el mercado laboral los 15 millones de nuevos desempleados por el Covid-19. El líder republicano paralizó en mayo y junio la concesión de green cards, los permisos de trabajo de extranjeros, para, según sus palabras, proteger los empleos estadounidenses.

También ordenó la revisión de los programas laborales en curso. Opuesto a cualquier subida del salario mínimo, el think tank Economic Policy Institute dice que bajo su presidencia ha avanzado el clima antisindicalista y el de creación de colectivos de pequeños y medianos empresarios. 
Biden promete generar millones de empleos para clases medias a través de infraestructuras. En claros objetivos de preservación medioambiental. Y con nuevos incentivos financieros en foros y organismos vinculados al desarrollo empresarial, el comercio exterior y deducciones fiscales a las inversiones en mercados de capitales. Su subida del salario mínimo se ha situado en los 15 dólares por hora. Además de programas de compensación de empleo en consenso con todos los estados de la Unión. También apuesta por la reforma de los visados temporales y elevar hasta los 140.000 las green cards anualmente.  

Cambio climático. Trump mantiene que el cambio climático es una farsa. Biden se ha conjurado para que, en 2050, EEUU no emita emisiones de CO2 a la atmósfera. El líder republicano no tiene reparos en asegurar que su país está mejor fuera de los Acuerdos de París, de los que él mismo le desligó. El dirigente demócrata ha prometido devolver a la mayor economía del planeta y el mayor emisor de gases de efecto invernadero a los objetivos sobre cambio climático de la capital francesa. Trump ha apoyado sin tapujos a la industria de combustibles fósiles y ha sido esencial en las recuperaciones del precio del petróleo en sus años de mandato. Abriendo la espita de las ventas de crudo estadounidenses, que ha llegado a convertirse en el primer exportador neto de petróleo. Hasta la llegada de la Gran Pandemia, las empresas petroleras americanas gozaban de un periodo de bonanza. Ahora, acaparan gran parte de los riesgos de quiebra entre las firmas corporativas. En especial, a raíz del colapso de la cotización del crudo. La pasada primavera, el precio del barril en el mercado americano obtuvo valores negativos durante varias sesiones. Por la caída de la actividad y los elevados inventarios almacenados en el país.  

Biden ha abrazado el Green New Deal que surgió entre varios de los aspirantes demócratas. En concreto, el reto de que EEUU sólo use energías renovables para el suministro de electricidad y en materia de transporte en 2050. Se une a las demandas globales que piden prohibir subsidios a la industria de combustibles fósiles y pretende que se instalen puntos de carga eléctrica en las estaciones de servicios americanas para 2030. Hasta medio millón de ellos. No se ha declarado partidario de erradicar el fracking, pero no dará nuevos permisos para que las petroleras puedan hacer prospecciones en terreno federal.  

Educación. Otra de las partidas más dañadas por los presupuestos de Trump. Para 2021, incluye otro recorte, de 5.600 millones de dólares, un 7,8%, respecto al programa económico de 2020. Hasta situar la dotación total en 66.600 millones de dólares. Propone eliminar el Servicio Público de Condonación de Créditos y los programas financieros subvencionados. Y sustituir la iniciativa plurianual, de cuatro años, para la reparación de las deudas estudiantiles por un plan de pagos mensuales, rebajar de los 20 a los 15 años el perdón de los impagos de estudiantes en grados anteriores a la entrada en la universidad y ampliar de los 35 a los 30 años el periodo de pago de las deudas de postgrado. La losa de endeudamiento estudiantil en EEUU ha superado todos los límites. Supone, cuantitativamente, 1,7 billones de dólares, algo más del valor de la economía española. A la que no ayudará tampoco el recorte de más de 2.000 millones de dólares de las ayudas financieras federales a estudiantes, dentro del Work-Study Program y otras modalidades crediticias que ha puesto en liza Trump en el presupuesto del próximo ejercicio, según el Center for American Progress.   

Para Biden es un asunto capital. Uno de los frentes de batalla en las primarias demócratas. De ahí que prometa cancelar, con carácter inmediato, 10.000 dólares de deuda por cada estudiante, en línea con la idea de la senadora Elizabeth Warren. También la condonación de la contraída por familias con bajos ingresos y de clases medias que hayan estudiado en centros públicos hasta el periplo universitario. Al igual que acabar con las deducciones para estudiantes de familias con rentas altas que otorga la CARES Act de Trump.  

Política Exterior. Dentro de la acción exterior norteamericana la colisión doctrinal entre Trump y Biden es también manifiesta. Uno de los asuntos candentes en el debate diplomático de EEUU es China. Para el presidente republicano, la segunda economía mundial es una fuente inagotable de abusos. Acusa a Pekín de adquirir derechos de propiedad intelectual, robo de know-how a  empresas estadounidenses, con ataques cibernéticos de por medio, manipulación cambiaria, uso de subsidios a la exportación y, en definitiva, espionaje económico permanente. Su ideario defiende acciones agresivas contra China para proteger a los trabajadores estadounidenses y reducir el notable déficit comercial bilateral. La crisis de coronavirus demuestra, en su opinión, que es urgente mantener al gigante asiático a raya. Para Biden, el ascenso geoestratégico de Pekín es una seria amenaza. Critica el comercio abusivo, con prácticas de dumping, y el riesgo que para las firmas tecnológicas americanas supone el modus operandi del régimen de Pekín. También arremete contra la alarmante falta de respetos a los derechos humanos. Pero disiente de la táctica unilateralista implantada por la Administración Trump. Su intención es forjar una entente multilateral, con implicación de la UE, que acaba de incluir a China entre sus peligros en materia geoestratégica, para marcar estrechamente el incremento de la influencia de Pekín en el orden mundial. 

En el terreno del contraterrorismo, cuyas líneas maestras fueron modificadas substancialmente tras los atentados del 11-S para contener la financiación del terrorismo islamista, y ha adquirido múltiples formas y variantes en su acción en el exterior, dependiendo de la región o la amenaza de que se trate, tiene, para Trump, una concepción clara. Una combinación de vigilancia en el territorio nacional, la expansión y uso de ataques con drones en África y Oriente Próximo y una férrea limitación de entrada de inmigrantes y de admisión de refugiados. Aunque los ataques de catalogación terrorista en suelo americano en los últimos años han sido de marcado cariz racial y supremacista. Para Biden, la visión es el reforzamiento de los recursos financieros y materiales vinculados al contraterrorismo. Con el reto de perseguir y eliminar las redes de financiación de grupos armados en el exterior mediante el uso de fuerzas especiales específicas para conflictos concretos o incursiones aéreas agresivas en casos en los que los movimientos terroristas hayan podido armar tropas de cierta dimensión.   

Pero donde más arraiga la disparidad de criterios es en la diplomacia, tanto en la política, como en la económica. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial la sintonía entre republicanos y demócratas se ha ido quebrando. EEUU ha ejercido su hegemonía global con esfuerzos dirigidos a configurar alianzas e instituciones que promovieran la paz y la prosperidad. Fue el arquitecto de Naciones Unidas, el Banco Mundial y el FMI o la OMC y la OTAN. Entre otras organizaciones de marcado acento multilateral. Trump ha propiciado la salida americana de acuerdos de libre comercio y ha arremetido con una dialéctica sin precedentes contra todas y cada una de estas instituciones. A las que, en paralelo, ha situado -o intenta hacerlo- a colaboradores de máxima confianza. Dicen sus detractores internacionales que para generar caos en sus funciones. El nudo gordiano de su argumentario contra ellas es que “han perdido su soberanía”. Motivo por el que ha dejado de financiar alguna como la OMS. También ha supeditado cualquier ayuda al exterior en materia de cooperación a lograr apoyos incondicionales de los países que la reciben a EEUU. Biden enfatiza que su país no puede ejercer el liderazgo mundial por su cuenta y riesgo. Impulsa un reforzamiento de los lazos en el orden global, de la mano de aliados, y bajo una más estrecha colaboración con las instituciones multilaterales. Incide en que la retirada de tratados, la salida de acuerdos y el desencuentro con los aliados de la era Trump “ha dejado a EEUU en la antesala de una bancarrota en el complejo tablero de ajedrez internacional”. 

En el espectro económico -la habilidad para lograr influencia exterior por el músculo empresarial y la prosperidad americana- los economistas muestran su preocupación por la pérdida del ritmo de crecimiento del país, el súbito incremento de la deuda y la incertidumbre desatada por las guerras comerciales de Trump. A pesar de las tasas de pleno empleo que han reinado bajo los años de presidencia republicana y el récord de expansión del ciclo de negocios que se ha llevado por delante la Gran Pandemia. Para Trump, la consolidación del liderazgo americano pasa por rebajas de impuestos y desregulaciones económicas. El combustible para acelerar el crecimiento la innovación y el empleo. Pero la debilidad de la recaudación impositiva ha contribuido a elevar el déficit y la deuda federal con riesgos palpables de que los gastos asociados a la gestión de la crisis sanitaria puedan catapultar estos indicadores a niveles insostenibles. Para Biden, la caída de las oportunidades económicas y de empleo y el empeoramiento de la movilidad están siendo los factores que explican la polarización y la radicalización del estilo de vida americano. El líder demócrata pone también en esta parte de su guion la recuperación de la clase media. Así como la aprobación de billones de dólares del presupuesto federal para investigación, impulso a la productividad e infraestructuras con los que consolidar un espacio económica de seguridad que se expanda también a la protección nacional. 

De áreas de actuación y países concretos se podrían destacar las declaraciones de intenciones de ambos candidatos en Oriente Próximo y Rusia. En el primero de estos focos de tensión, Trump cree firmemente en la alianza con Israel, Arabia Saudí y Egipto para conseguir contrarrestar la confrontación abierta y declarada contra Irán. Promete acabar con los conflictos bélicos en curso y la retirada de tropas norteamericanas de la región. Biden considera que este complejo polvorín demanda soluciones más sofisticadas y que requieren de la alta diplomacia, para lo que revela en cada ocasión que puede, su experiencia como vicepresidente en Irak, Israel, Siria o Irán. Sobre Rusia, Trump ha cultivado unas relaciones cordiales con Vladimir Putin y desmiente desde hace cuatro años cualquier intromisión del Kremlin en las elecciones de 2016. Con Moscú ha acordado el final de tratados trascendentales de desarme nuclear. Pese a que ha ampliado las sanciones por la expansión militar en Ucrania. Para su rival la Rusia de Putin trata de “asaltar la democracia y las instituciones occidentales” y de dividir a las sociedades del bloque transatlántico. También critica el uso de fondos financieros multilaterales para fomentar el lavado de capitales. La acción de Putin pone en riesgo el propio sistema electoral americano, asegura Biden.  

Defensa y seguridad. La supremacía militar estadounidense es uno de los debates perennes en las campañas presidenciales. Con escasas críticas que se concentran en los crecientes gastos en Defensa o la extensión de los compromisos de presencia militar estadounidense en el exterior. Las fuerzas estadounidenses actúan contra enemigos en numerosos países. En especial, en Siria y Afganistán, pero también en lugares como Níger o Pakistán. Mientras el Pentágono mantiene bases en numerosas latitudes del planeta, desde Yibuti hasta Japón. Trump ha incrementado de forma casi exponencial los gastos en Defensa, mayoritariamente hacia programas de armas de nueva generación, y ha creado una división militar espacial. Ha prometido la paulatina vuelta de fuerzas en el exterior, principalmente desde Afganistán y Oriente Próximo, y ha amenazado con la retirada de las bases en Alemania por la construcción de oleoductos entre Berlín y Siberia, la cuna del petróleo y el gas ruso. Focaliza su discurso en este terreno en la competencia mundial con China y otras potencias nucleares como Rusia. Biden apoya alguna de las intervenciones del Ejército americano en el exterior y se desmarca de otras y muestra su escepticismo sobre el peso y la influencia de estas acciones en las sociedades en las que opera. Enfatiza también el valor y la capacidad de los esfuerzos diplomáticos y la construcción de alianzas con países y organismos internacionales. Rechaza de plano las soluciones unilaterales.  

En ciberseguridad y política digital el centro de discusión tiene su origen en la interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales de 2016. Además de las vulnerabilidades que este tipo de operaciones genera sobre la democracia americana por parte de los adversarios internacionales de EEUU. La propagación de fake news en plataformas sociales supone una amenaza sobre el propio sistema electoral del país, aseguran los expertos. Trump ha cargado contra una larga lista de firmas tecnológicas americanas, a las que acusa de conspirar para labrar su derrota el 3 de noviembre. Y siempre trata de minimizar la capacidad de influencia de Moscú en los procesos electorales de EEUU. El último y el venidero. Biden, en cambio, afirma que las ciber-amenazas es el gran desafío futuro de la primera economía mundial porque atenta directamente contra la salud democrática y defiende presiones sobre las bigtechs del país para que transformen sus actuales prácticas sobre privacidad, vigilancia y difusión de discursos de odio.  

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