Por qué no se construyen casas: la vivienda como gran acción patrimonial del individuo

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Con los años intento mirar las cosas no sólo desde la perspectiva más amplia posible, sino también desde la filosofía implícita en los propios hechos. El 11-S, por ejemplo, no fue únicamente un crimen abyecto, sino un ataque al modo de vida occidental, a la democracia liberal y a la sociedad capitalista. Al ascensor social y a la independencia individual frente a los estados. Su éxito, en términos de alterar nuestra manera de vivir, fue abrumador. Creo que todavía no somos plenamente conscientes de hasta qué punto. 

Con la vivienda sucede algo parecido, salvando todas las distancias. Estamos tan acostumbrados a discutir sobre alquileres, precios, hipotecas, desahucios o vivienda social que hemos perdido de vista su dimensión fundamental. Una casa no es sólo un sitio donde caernos muertos, dicho groseramente. Es la gran operación financiera de la vida de casi cualquier ciudadano. Su principal acción patrimonial. Por supuesto que es un bien de mercado. 

Es así. Compramos un activo tangible que nos presta un servicio esencial mientras lo poseemos: vivir. Si lo financiamos con una hipoteca, cada cuota tiene dos componentes muy distintos: uno es el coste del dinero y otro es la amortización del principal, que va aumentando nuestra participación patrimonial en la casa. A eso se suma la revalorización del inmueble. La rentabilidad no está garantizada, naturalmente, y hay intereses, impuestos, mantenimiento y otros gastos, pero el mecanismo es extraordinario: el mismo activo puede proporcionarnos alojamiento, acumulación de patrimonio y, con el tiempo, una fuente de liquidez. De renta real. 

Una casa pagada puede venderse, alquilarse, utilizarse para obtener financiación, convertirse en complemento de la jubilación mediante una hipoteca inversa o transmitirse a los hijos. Es una especie de ahorro forzoso que, bien gestionado, puede convertirse en el principal activo del balance familiar. No hace falta que el propietario sepa calcular una TIR para comprenderlo. Durante décadas, millones de familias han construido buena parte de su patrimonio de esa manera.

Por eso la vivienda tiene una dimensión que rara vez aparece en el debate político: es uno de los instrumentos más poderosos de independencia económica del individuo. Quien acumula patrimonio dispone de más opciones. Puede cambiar de trabajo, afrontar una emergencia, ayudar a sus hijos, complementar una pensión o, sencillamente, depender menos de las decisiones de terceros. No es sólo un techo. Es capital propio.

Y aquí aparece la contradicción que me interesa. Hemos convertido la vivienda en un problema de acceso, como si el objetivo consistiera exclusivamente en que alguien pudiera ocupar una casa a un precio políticamente aceptable. Pero hemos ido arrinconando la otra mitad de la ecuación: que ese ciudadano pueda llegar a ser propietario, acumular patrimonio y participar en la revalorización del capital. Eso da auténtica urticaria a nuestros políticos estatistas. 

El debate se llena de fórmulas de alquiler público, cooperativo o protegido, de limitaciones y de nuevas obligaciones para los propietarios, mientras la pregunta elemental, que no es otra que cómo conseguir que se construyan muchísimas más viviendas, queda relegada.

Naturalmente, una vivienda es una inversión especulativa (¡anatema, los fondos buitres!), como cualquier activo. Confundir la existencia de especulación con la naturaleza patrimonial de la propiedad es un error de dimensiones colosales. Combatir los precios altos dificultando que aparezcan más viviendas privadas tiene una lógica económica difícil de sostener, por decirlo amablemente. 

A veces conduzco por las antiguas radiales de Madrid, aquellas autopistas que terminaron quebradas, y contemplo hectáreas y hectáreas de terreno. Me pregunto por qué no podríamos desarrollar nuevos núcleos urbanos allí donde las comunicaciones ya permiten conectar con grandes centros de actividad y, de paso, resucitar esas vías ‘muertas’. No hablo de sembrar chalés indiscriminadamente ni de levantar ciudades sin agua, saneamiento, electricidad, colegios o transporte. Hablo precisamente de planificar esas infraestructuras para que aparezcan nuevos lugares donde vivir. ¿Por qué damos por supuesto que toda la demanda residencial debe encajarse dentro de las mismas ciudades, los mismos barrios y los mismos límites de siempre?

Construir una ciudad es difícil, desde luego. Requiere suelo, inversión, redes de todo tipo, servicios, coordinación administrativa y tiempo. Pero ése es justamente el trabajo que habría que hacer, aunque en el camino haya gente o empresas que ganen dinero. Es bastante mejor (y más complicado, claro) que publicar un decreto para limitar el precio de lo que ya existe. Sus resultados son menos inmediatos desde el punto de vista político, por supuesto. Una promoción tarda años y una prohibición puede anunciarse esta tarde.

Hay una relación entre todo esto y otra de mis debilidades: el automóvil. Me gustan los coches, pero, por encima de todo, me gusta el coche. El auto como reducto privado y de libertad. Es una pequeña burbuja rodante libre en la que eliges adónde ir, cuándo salir, con quién viajar, qué escuchar y a qué temperatura estar. Es una forma extraordinariamente cotidiana de autonomía personal. Un entorno de libertad que el estatismo intenta controlar de manera furibunda, de mil maneras. Por supuesto, con impuestos. 

Por eso me interesa tanto el modo en que se regula la movilidad: no sólo por conocer sus leyes y reglas, sino como modelo de control efectivo a la libertad individual. No puede haber nada fuera del control del estado.

La conexión con la vivienda es más profunda de lo que parece. La movilidad amplía el territorio en el que podemos vivir. Si podemos desplazarnos de manera eficiente, aumenta el número de lugares donde es razonable construir una casa y desarrollar una actividad económica. Si, por el contrario, restringimos simultáneamente el suelo urbanizable, las infraestructuras y las opciones de transporte, concentramos la demanda en unos pocos puntos y después nos sorprendemos de que sus precios sean prohibitivos. Vivienda y movilidad no son dos políticas separadas: forman parte de la misma geografía económica.

Y llegamos a una tercera pieza: el capital. Europa afronta unas necesidades extraordinarias de inversión en energía, redes eléctricas, defensa, inteligencia artificial, centros de datos, industria e infraestructuras. Estamos en el ‘momento capex’ más importante del momento, al menos, desde la Segunda Guerra Mundial. Esto no va ya de hacer trenes o autopistas, sino de prepararnos para entrar de verdad en el Siglo XXI. El de la IA, la informática cuántica y la nueva era. 

Llevamos años escuchando a Draghi, Letta y a distintos organismos explicar que nuestro problema no es únicamente la cantidad de ahorro disponible, sino nuestra dificultad para convertirlo en inversión productiva. Tenemos cierto capital, pero nos cuesta movilizarlo, concentrarlo y ponerlo a trabajar a la escala necesaria.

¿Y qué es una vivienda sino una inversión intensiva en capital? ¿Qué es una nueva ciudad sino una enorme operación de inversión en suelo, edificación, energía, agua, comunicaciones y servicios? ¿Qué es una red de transporte sino una infraestructura que multiplica las posibilidades económicas de los territorios que conecta? Estamos hablando, en realidad, del mismo problema desde tres perspectivas distintas: vivienda, movilidad y capacidad de inversión.

Cuando escucho que todo se resolverá con más gasto público y más deuda, sólo siento vértigo. Hay una vieja frase atribuida a Mao sobre el estado y la bicicleta: si deja de avanzar, se cae. Nuestras administraciones se comportan así con todo. Son absolutos capturadores de vida. Un Galactus civil. Necesita todo de nosotros, quiere fagocitar nuestros ámbitos de decisión. Nuestra vida y nuestro patrimonio.

Hemos construido una formidable maquinaria para administrar la escasez, porque ampliar la abundancia significa dotarnos de espacio de libertad. 

El problema de la vivienda no consiste sólo en que falten casas. Consiste también en que, cuando faltan casas, faltan oportunidades de formar patrimonio. Patrimonio como base de libertad.