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Hay épocas históricas que terminan con una revolución. Otras, con una guerra. Algunas, simplemente, dejan de explicar el mundo. Ahora, estamos viviendo una de esas transiciones silenciosas. No una crisis más de Occidente, ni una nueva alternancia política, sino algo mucho más profundo: la lenta agonía de la Era Contemporánea.
Francis Fukuyama acertó, por supuesto, cuando certificó el final de era, acaecido hace ya más de 30 años, con la caída del Muro de Berlín. Escribió El fin de la Historia y lo interpretamos como la victoria definitiva de la democracia liberal sobre el comunismo. Era el retroceso de lo estados y del poder establecido, simplemente, porque no hacían falta. La gente tenía ganas de prosperar y vivir su vida. Y así fue durante los años 90 en occidente: los tranquilos 90, la mejor etapa jamás vista, gracias, en una gran medida, a la pujanza de los mercados de capitales.
El verdadero final no era el de la Historia, sino el de una época. La Era Contemporánea, inaugurada con la Revolución Francesa, había agotado ya su impulso histórico. Con dos guerras mundiales por medio, pero se había llegado ya a un magnífico contrato social, como era el de la eclosión de las clases medias.
Durante una década el mundo caminó hacia un horizonte de Globalización, libre comercio, internet, desregulación, caída de fronteras, expansión del capitalismo y prosperidad. La pérdida de peso del Estado frente al individuo llegaba acelerada por la tecnología (telefonía móvil e Internet), que iba a acelerar ese proceso.
Pero entonces comenzó la resistencia, que sigue siendo furiosa. Porque las épocas históricas nunca aceptan desaparecer pacíficamente. Roma tampoco quiso morir. El Antiguo Régimen tampoco. La Edad Media tampoco. Toda civilización madura intenta sobrevivirse a sí misma, aunque para ello tenga que hipertrofiar las instituciones que la sostienen.
Eso explica lo que vemos hoy. Democracias cada vez más colapsadas, partidos convertidos en maquinarias de colocación, redes clientelares inmensas, instituciones pervertidas, burocracias crecientes, impuestos cada vez más elevados, organismos que se multiplican, regulación sobre regulación, deuda incesante y un Estado que parece decidido a ocupar todos los espacios posibles de la vida económica y privada.
A cambio, la gente, asustada a raíz de las crisis, entrega su alma al Estado a cambio de un salario y un ambulatorio en la esquina de su casa. Es un comportamiento casi biológico. Cuando un sistema siente que pierde centralidad, intenta compensarlo acumulando poder.
Por eso me cuesta creer que la gran discusión de nuestro tiempo sean Pedro Sánchez, Donald Trump, Gustavo Petro o cualquier otro dirigente. Son importantes, por supuesto. Influyen. Pero representan el ruido cotidiano de una transformación mucho más profunda. Son el tapaburros de cada generación, el conflicto que ocupa los titulares mientras debajo se mueve la auténtica tectónica de la Historia. Son consecuencias, no causas.
La verdadera deriva de todo esto se inició un fatídico 11-S, con tres aviones estrellándose en el núcleo de ese bienestar libertario: Manhattan y Washington. Después, hubo réplicas en Madrid, Londres, París…
Mientras discutimos sobre gobiernos y políticas (la gente, sorprendentemente, sí se movilizó por el ‘No a la guerra’, sin ver que les estaban cambiando la vida), alguien estaba construyendo otra alternativa. No sabemos si Bin Laden, las tiranías, el grupo de Puebla o quién, pero grosso modo se puede ver que es una resistencia fortísima a un avance hacia la libertad individual. Hay grupos que no están dispuestos a ceder control.
Sin embargo, eso no va a tener vuelta atrás. Hay gente que está viviendo ya en la siguiente era. Elon Musk, seguramente, es el icono. Tesla no fabrica únicamente automóviles. Está redefiniendo la movilidad. Starlink no ofrece solo conexión a internet. Cuestiona el concepto clásico de soberanía sobre las telecomunicaciones. SpaceX no lanza únicamente cohetes. Está arrebatando a los Estados el monopolio del acceso al espacio. Todo eso está dicho, pero es así. A él le importa poco la Tierra, le interesa Marte.
Es el mismo tipo de finales del Siglo XIX, con todos aquellos tildados de locos que intentaban fabricar automóviles, submarinos o aviones. Unos sonados que no iban a ninguna parte.
Mientras los Estados siguen pensando en términos de fronteras, regulaciones y competencias nacionales, hay quien piensa en infraestructuras globales para vidas individuales.
Quizá por eso la reacción sea tan intensa. Toda transición histórica provoca miedo. La imprenta asustó a quienes copiaban manuscritos. El ferrocarril aterrorizó a quienes vivían del transporte animal. El automóvil no derrotó al caballo; simplemente dejó de hacerlo imprescindible.
Las nuevas épocas no vencen a las anteriores, sólo las vuelven innecesarias y, por tanto, generan esas resistencias enormes.
Tampoco sé si se puede afirmar que el Estado vaya a desaparecer o que la democracia carezca de futuro. Lo que sí es evidente es que las instituciones nacidas para resolver los problemas del siglo XIX y del XX empiezan a resultar insuficientes para responder a los desafíos del XXI. Han colapsado y situó a la cabeza de esto a la Unión Europea, un proyecto fallido hoy.
La resistencia no es sólo ideológica, es histórica.
Las estructuras de la Era Contemporánea intuyen que están perdiendo el monopolio del poder, de la información, del conocimiento e incluso de la innovación. Responden haciendo lo único que saben hacer: regular más, recaudar más y ampliar su perímetro de actuación.
Hay una consecuencia económica de enorme alcance que apenas empezamos a intuir. También está cambiando la forma de entender el patrimonio. Durante dos siglos, acumular riqueza consistía en comprar tierra, levantar fábricas, abrir sucursales o adquirir inmuebles. Hoy el capital más valioso es otro: conocimiento, algoritmos, propiedad intelectual, datos, redes, capacidad de innovación, mercados globales.
Ser dueño de tu tiempo y tu privacidad.
Quizá por eso los mercados siguen premiando con valoraciones extraordinarias a compañías que apenas poseen activos físicos comparadas con las grandes industrias del siglo XX. El dinero no está apostando únicamente por unas empresas; está apostando por una forma distinta de organizar la sociedad.
Mientras tanto, buena parte de Europa responde como si siguiera viviendo en la segunda mitad del siglo XX. Se gravan el ahorro, la inversión y el patrimonio; se desconfía del capital privado y se multiplican los incentivos para depender del Estado. En lugar de formar propietarios, formamos perceptores. En lugar de incentivar la acumulación de capital, la penalizamos. En lugar de fortalecer la libertad económica, aceptamos renunciar poco a poco a parcelas de autonomía a cambio de una aparente seguridad.
Esta es la verdadera batalla de nuestro tiempo. No entre izquierda y derecha. Es entre Estados y sujetos. Entre dos formas de entender la libertad. Una basada en la dependencia creciente de grandes estructuras políticas y otra asentada sobre individuos capaces de construir patrimonio, conocimiento y autonomía económica.
Todas las grandes transformaciones históricas terminan reflejándose en el mismo lugar: la propiedad. Cuando una civilización cambia, cambia también aquello que considera valioso y la manera en que protege el patrimonio de sus ciudadanos.
No sé cuánto durará esta transición. Quizá veinte años. Quizá medio siglo. Tampoco sé si Elon Musk será recordado como un gran empresario o apenas como una nota a pie de página. Pero acabará llegando.
En fin… de momento, este cambio de era está durando demasiado y, ahora mismo, tiene un serio problema en la mentalidad de sus gentes, que no quiere ni oír que el estado del bienestar y los Estados han colapsado.

