Añadir Estrategias de Inversión en Google

Recuerdo la llegada de grandes vehículos Tesla por las calles más céntricas de Madrid que portaban una pegatina de la bandera de la Comunidad y abajo unas letras “VTC”. Mi candidez me llevó a pensar que eran coches oficiales puestos en marcha por la omnipresente Isabel Ayuso.

Esos espectaculares automóviles han dado paso a una oferta muy variada de marcas que en ocasiones se encuentran ajadas por del paso del tiempo y el descuido de las compañías que los explotan o de sus conductores, tanto propietarios como asalariados. ¿Han bajado sustancialmente los precios de los trayectos frente a los tradicionales taxis? Pues no tanto como se podría pensar en un principio. ¿Son todos vehículos ecológicos, eléctricos? Pues tampoco (además creo que los eléctricos, de momento, son todo menos ecológicos). En mi percepción, y esto ya es muy subjetivo, conducen mucho peor que los taxistas que, en comparación, se han vuelto maestros del volante, con un comportamiento mucho más cívico que los VTC. El taxi tradicional ha ganado en prestancia, aunque aquí todo dependa mucho de quién esté al volante.

Otro de los ejes de la nueva economía tecnológica era el alquiler vacacional de viviendas donde una sola empresa se hizo fuerte: Airbnb. Prácticamente un monopolio con evidente ánimo de lucro que ha tenido una cierta réplica con Booking, plataforma que también monopoliza gran parte de la oferta hotelera o de apartamentos típicos de los meses de estío. Volviendo a mi candidez que creo compartía entonces con mucha gente, esta original fórmula de alquiler por días fue bien recibido para evitar los supuestos abusos de la oferta hotelera. Sí que suelen ser más baratos sobre todo para familias de cuatro miembros o más que precisan de dos habitaciones de hotel. Además, los precios en el mundo hotelero han subido, a mi modo de ver, de forma escandalosa. También se ha producido un encarecimiento de esta novedosa forma de alojamiento. Ya no hay tanta diferencia con los hoteles como al principio.

Si a ello sumamos el gigantesco problema que ha creado en el centro de las ciudades, el viaje a esa economía colaborativa ha sido un fiasco. Viviendas que antes se alquilaban a largo plazo a los habitantes de la ciudad han pasado a ser explotadas para el turismo. Se ha variado la fisonomía del centro de las ciudades. En concreto, Madrid es una urbe llena de turistas, muchos de ellos instalados en esos pisos donde antes vivía Maricarmen, Ildefonso o Pepa. Y eso produce una transformación total del barrio, plagado de restaurantes, supermercados express, sitios de copeo, en detrimento del comercio tradicional. Una buena parte de la gentrificación se ha producido por esta maravillosa economía colaborativa.

Por último, la llegada de los repartidores de comida rápida (o de cualquier cosa) que por las noches veo reunidos a decenas en una famosa hamburguesería de la plaza de Atocha. Se muestran casi como una metáfora de nuestra economía de servicios. Precariedad, medias jornadas y falsos autónomos que seguramente lleven al CEO de Glovo a juicio por su rechazo a firmar nóminas a sus trabajadores. Otro ejemplo de esa fantástica economía colaborativa que se nos vendió y que ahora resulta poco más que un timo digital. Estos repartidores de comida y de lo que sea forman una nueva clase de currantes más cercana a la indigencia. Recuerdo cuando el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón quiso eliminar a los hombres anuncio (principalmente de compraventa de oro) que en su opinión afeaban el centro de las ciudades.

Mucha app, mucho móvil y muchas plataformas, al final la economía colaborativa sólo ha colaborado a crear unos cuantos multimillonarios más a un precio muy alto para las ciudades.