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La IA no es una moda pasajera, pero tampoco una revolución que vaya a desplegarse de golpe. Como sostiene Pablo Martín, presidente y CEO de Izertis, será una tecnología “absolutamente transformadora”, aunque “ni será mañana, ni será tan fácil, ni tan económica”. La frase establece bien el punto de partida para cualquier inversor. Estamos hablando de un ciclo largo, con ganadores evidentes, pero también con mucha selección por delante.
El primer tramo de esta historia ya lo han comprado los mercados. La atención se ha concentrado en las compañías ligadas a la infraestructura de la IA: semiconductores, centros de datos, cloud, memoria, almacenamiento, redes y equipamiento especializado. Tiene lógica. Antes de transformar empresas y sectores, la inteligencia artificial necesita una base física de enorme escala, con capacidad de cómputo, energía estable, refrigeración, suelo disponible, conectividad y seguridad. En esa arquitectura todavía en construcción se está librando una parte decisiva de la nueva carrera industrial.
Ahí seguirán apareciendo oportunidades, pero también crecerá la exigencia. El mercado tendrá que distinguir entre empresas empujadas por una ola de demanda excepcional y compañías con ventajas competitivas para sostenerse cuando la etiqueta IA deje de ser suficiente. La selección pasará por los márgenes, la generación de caja, la capacidad de suministro y el lugar que cada actor ocupe dentro de la cadena de valor.
El segundo movimiento puede ser más interesante y profundo, aunque menos visible que el rally de los chips: la adopción empresarial. La IA, está claro, no se implanta sola. Necesita datos fiables, sistemas preparados, ciberseguridad, gobierno del riesgo, cumplimiento normativo e integración con tecnologías heredadas. Y en sectores como banca, salud, energía, defensa, industria o administraciones públicas, no es suficiente con que la herramienta exista, sino que debe poder usarse con garantías.
En este terreno se abre una oportunidad para compañías de servicios tecnológicos, consultoras especializadas, expertos en datos, ciberseguridad, automatización y modernización de sistemas. Si la IA quiere pasar del laboratorio a la cuenta de resultados, alguien tendrá que hacer un trabajo de aterrizaje, que será complejo, intensivo en conocimiento y difícil de sustituir por soluciones genéricas.
La paradoja es que una adopción más lenta, regulada y exigente puede abrir más espacio para los servicios de alto valor. Pablo Martín sostiene que esta tecnología no eliminará de golpe el negocio tecnológico, sino que cambiará su naturaleza. Algunas tareas se automatizarán, otras perderán peso y surgirán nuevas necesidades. Para el inversor, la lectura cambia. No bastará con mirar a quienes venden inteligencia artificial, sino también a quienes la convierten en productividad, eficiencia y ventaja competitiva.
También conviene incorporar los riesgos al análisis, porque la oportunidad no avanza en el vacío. La infraestructura necesaria para sostener este despliegue no crece al mismo ritmo que los titulares, la cadena de suministro de semiconductores sigue tensionada, la energía será una variable decisiva y los costes asociados al uso de los modelos pueden alterar muchas previsiones. A ello se suma una regulación que marcará límites, especialmente en los sectores más sensibles. Nada de todo esto invalida la oportunidad, pero sí ayuda a ponerla en su sitio.
En inversión, las grandes tendencias suelen provocar dos errores: llegar tarde por exceso de prudencia o entrar sin criterio por miedo a quedarse fuera. La IA exige evitar ambos. Es una megatendencia evidente, pero no todas las compañías que hoy se presentan como beneficiarias acabarán capturando valor real. Algunas lo harán, sí, pero otras vivirán, al menos durante un tiempo, del relato.
Desde el conocimiento del sector tecnológico, más que buscar “la empresa de IA”, lo relevante será entender qué papel ocupa cada compañía en esta nueva cadena de valor. La diferencia estará en su capacidad para participar en infraestructuras críticas, desarrollar tecnología propia, trabajar con datos fiables, proteger e integrar sistemas complejos y convertir la inversión de sus clientes en resultados medibles.
La inteligencia artificial ya está cambiando la economía y ha encendido el interés del mercado. Ahora falta lo importante: demostrar quién sabrá convertirla en productividad, eficiencia y crecimiento sostenible. Cuando deje de ser relato y pase a ser infraestructura, empezará la verdadera selección.

