Antonio Castelo, analista de iBroker, califica de shock geopolítico que ha llevado la guerra al primer plano de las decisiones de inversión en estas caídas que se producen en la renta variable global en este lunes. Este escenario ha generado un comportamiento clásico de aversión al riesgo, con caídas generalizadas en las bolsas europeas y estadounidenses, repuntes intensos en el precio del petróleo y el gas natural, y una clara rotación hacia activos refugio como el oro, el yen y el franco suizo. La renta variable se ha visto especialmente afectada en Europa, con descensos cercanos al 2% en los principales índices, mientras sectores defensivos y vinculados a la energía han mostrado una mayor resistencia relativa.

El foco principal de preocupación se sitúa en el mercado energético. El petróleo Brent ha llegado a subir más de un 13%, alcanzando niveles próximos a los 82 dólares por barril, máximos de los últimos doce a catorce meses, mientras que el crudo West Texas ha superado momentáneamente los 75 dólares.

Aunque posteriormente los precios se han moderado, el mercado descuenta un riesgo elevado de interrupciones en el suministro, especialmente por la importancia estratégica del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo y gas mundial. En este contexto, la decisión de la OPEP+ de aumentar ligeramente la producción se percibe como simbólica y con un impacto limitado.

Si el conflicto se prolonga, no se descarta que el petróleo pueda escalar hacia niveles de 115 o incluso 120 dólares por barril, replicando dinámicas observadas en conflictos anteriores.

La subida del petróleo tiene implicaciones directas sobre la inflación. Si los precios del crudo se estabilizan en una banda de entre 80 y 90 dólares, el impacto sería un recalentamiento inflacionista moderado, pero no un shock severo. Sin embargo, si el petróleo supera de forma sostenida los 100 dólares, el riesgo cambia de escala: la inflación podría mantenerse más alta durante más tiempo y empezar a afectar de forma negativa al crecimiento económico.

Este escenario supondría un desafío significativo para los bancos centrales, especialmente para la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, que podrían verse obligados a retrasar los recortes de tipos que el mercado daba casi por descontados hasta hace pocos días.

El encarecimiento de la energía actúa además como un impuesto adicional para consumidores y empresas, reduciendo la renta disponible y presionando los márgenes empresariales. Los sectores más perjudicados serían aquellos intensivos en combustible, como aerolíneas, transporte, logística, automoción y química, mientras que los productores de petróleo y gas y algunos países exportadores se verían beneficiados.

Un entorno de tipos altos durante más tiempo también penalizaría a las empresas de crecimiento, especialmente tecnológicas, al tiempo que aumentan los riesgos para el consumo y, de forma indirecta, para el sector bancario.

El mensaje central es que el verdadero riesgo no es la corrección puntual de los mercados, sino que el repunte del petróleo se consolide como un shock de oferta prolongado que reactive la inflación y obligue a los bancos centrales a mantener una política monetaria restrictiva durante más tiempo. Mientras el conflicto no se desborde, el escenario sigue siendo el de una corrección táctica dentro de una tendencia de fondo aún positiva, aunque con un sesgo claramente más defensivo en el corto plazo.