"Y cuando quiere abrazar su felicidad, la destruye", añadía Louis Aragón. Y, muy a su pesar, los versos del poeta comunista describen bien el sentimiento actual de los inversores, ¡aunque ellos tampoco confundan la felicidad con los precios de la Bolsa!

 

¿De qué se ha asustado el mercado?

En efecto, 24 horas después de que el Nasdaq haya alcanzado la cotización más alta de su historia, y el S&P haya compensado todas sus pérdidas desde principios del año, la jornada del pasado 11 de junio ha registrado ¡la peor rentabilidad de los grandes índices bursátiles desde los peores días de marzo! Dependiendo de la zona, han perdido bruscamente entre el 3 y el 6%. Y, sin embargo, no se ha anunciado ninguna noticia económica importante. ¿De qué se ha asustado el mercado?

En primer lugar, del renovado vigor del virus en Estados Unidos. Efectivamente, los datos recientes de una docena de estados del país americano, y no precisamente los menos importante (Texas, California...) demuestran un nuevo avance en los casos de infección. Se tambalea la esperanza de un desconfinamiento sin reactivación de la epidemia. Aceptémoslo: es probable que esto sólo sea el inicio de la alternancia entre el declive y la reanudación de la epidemia, la esperanza y la decepción…A ello se suman datos nada alentadores:

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  • - La pendiente suave… ¡qué difícil! Los datos semanales sobre las prestaciones por desempleo en Estados Unidos siguen mostrando una suave tendencia a la baja: un poco menos de altas semanales y de solicitudes continuas. La situación sigue siendo muy difícil: casi 35 millones de solicitudes continuas, si incluimos a los beneficiarios del plan especial por la pandemia, y 1,5 millones de nuevas altas en el desempleo. El mercado laboral estadounidense es dinámico en ambos sentidos, tanto para entrar como para salir. 
  • - Misión: Inflación. El nivel de inflación urbana en Estados Unidos -excluyendo la alimentación y la energía-, asciende al 1,2% interanual (1,4% anteriormente). También aquí una pendiente suave y descendente, que no debe nada a los precios del sector energético. El nivel y su tendencia son preocupantes, ya que se acercan peligrosamente a la deflación, en un contexto de desempleo importante. La misión de la Fed es conseguir que este índice remonte en torno al 2%. Lo cual sugiere que la era de las grandes maniobras está lejos de haberse terminado.

El segundo temor se deriva del tono preocupado adoptado por el presidente de la Fed en la conferencia que siguió al Comité de Política Monetaria el pasado miércoles 10 de junio. Jerome Powell ha insistido en que probablemente continúen los efectos negativos a largo plazo de la crisis actual en el mercado laboral y la desigualdad salarial. La vuelta al pleno empleo que había antes de la crisis -si llegara a producirse- tardará varios años, a diferencia de la recuperación en “V” experimentada por las cotizaciones bursátiles. 

El mercado se habría adaptado a este discurso si hubiera ido acompañado por nuevas medidas.  A falta de éstas, y a pesar de un discurso tranquilizador sobre la sostenibilidad de los tipos cero y su disposición a poner en marcha nuevas formas de apoyo monetario, el mercado de activos de riesgo no ha salido adelante. Lógicamente, los tipos de deuda pública han tenido una sesión estupenda.

Por último, el contexto internacional sigue a la greña: D. Trump amenaza a todas las instituciones internacionales, la última ha sido la Corte Internacional de Justicia; el Brexit está derrapando, al igual que el acuerdo para la recuperación de la UE; la pandemia asola Brasil, enfurece a su presidente y divide a la opinión pública...

¿Acaso todo esto es una razón para cuestionar el impresionante rally bursátil que acabamos de conocer? A falta de nuevos desastres, probablemente no. La determinación de los bancos centrales y los Estados para apoyar las condiciones financieras nunca falla, y el mercado les obedece mucho más que a los fundamentos. 

El mercado de tipos de interés está totalmente conformado por la Fed, en toda la curva de tasas: estos últimos apenas pueden remontar con fuerza. Ahora el mercado también lo está, “administrado" sobre el crédito. Lo cual sostiene, indirectamente, las acciones. ¿No es éste el mejor mundo posible para el inversor? 

El riesgo sólo lo es en apariencia, pero se paga como si fuera real; al menos, mientras los actos de los bancos centrales sigan siendo creíbles. Si un día ya no lo fueran, por ejemplo, debido a la inflación -ahora improbable-, la historia de amor entre los bancos centrales y el mercado terminaría. Y el poeta volvería a ser nuestro guía: incluso con los presidentes de los bancos centrales, "no hay amores felices". 
 

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