Hace poco vi en una web financiera una publicidad de una plataforma de trading cuyo lema era “¿haces trading o trabajas?” o algo por el estilo (no lo recuerdo con exactitud), queriendo transmitir (o por lo menos eso es lo que me sugirió el slogan… aunque seguro que mi subconsciente ha interpretado erróneamente el mensaje) la idea de que el trader “profesional”, el que tiene éxito, debe disponer de una plata sofisticada y dedicarse enteramente a ello. 

Existe en efecto en la comunidad financiera el convencimiento de que si uno quiere tener éxito haciendo trading debe entregarse a tiempo completo a esta actividad.

Yo no lo creo. Por supuesto, hay traders que se ganan más que decentemente la vida haciendo únicamente esto. No lo discuto. Lo que quiero transmitir es que uno puede perfectamente tener un trabajo común y corriente y, al mismo tiempo, sacarle una rentabilidad a su cartera de valores haciendo trading. No son actividades incompatibles. El trading no debe necesariamente ser una actividad que requiera estar ocho horas pegado a la pantalla del ordenador. Incluso diría que para la inmensa mayoría de especuladores o inversores esta forma de operar es enormemente contraproducente: la mayoría de day-traders no sólo no consiguen resultados satisfactorios sino que acaban dilapidando su patrimonio.

Hay que tener en cuenta dos cosas cuando uno quiere dedicarse al trading. Primero que cuantas más operaciones realiza más comisiones va a pagar. Bueno, eso todo el mundo lo tiene claro y todo el mundo espera conseguir unas ganancias que compensen con creces los costes operativos. Pero pocos se dan cuenta del impacto brutal de las comisiones. Supongamos que un day-trader realizar dos operaciones al día que le suponen un coste total de 0,20%. Eso no es mucho me diréis y es fácil superar en un día esa rentabilidad. Supongamos que ese mismo trader opera durante 200 días al año. Eso supone en total unos costes de 40% al año… conozco pocos gestores que consiguen esa rentabilidad anual. Pero bueno, seguro que alguien argumentará que se pueden reducir y mucho estos costes operativos. Lo admito.

Pero hay un segundo problema al que tiene que enfrentarse el day-trader: el operar en un plazo extremadamente corto, con gráficos de diez, cinco o incluso de 1 minuto. Y cuanto más corto el plazo, mayor el ruido del mercado y mayor el estrés que genera tomar una decisión en cuestión de muy pocos segundos. Basta tener un buen sistema de especulación y asunto arreglado. Para algunos (muy pocos diría yo) les puede bastar. Pero hay que ser consciente de que un sistema basado en gráficos de cinco minutos tendrá necesariamente más “fallos” que un sistema basado en gráficos diarios.

Pues bien si uno se plantea un sistema basado en gráficos diarios pierde sentido estar pegado a la pantalla durante toda la sesión, con el desgaste psicológico que esto supone. En un gráfico diario hay un momento más importante que los demás: el cierre de la sesión. Si uno puede construir un sistema de trading basado en el cierre y en cómo ha transcurrido la sesión (cómo ha cerrado el valor o el índice respecto al máximo, el mínimo y la apertura) sólo necesita estar pendiente unos cuantos minutos antes del cierre (algo compatible con tener un trabajo normal) y evitará sobre todo el operar con excesiva frecuencia. El “overtrading”, como dicen los anglosajones, es uno de los motivos que llevan a los traders inexpertos a perder gran parte de su patrimonio. Haga por lo tanto todo lo que pueda pare evitar ese error.