Listos para sustituir a los grupos de presión de la industria petrolífera, que ha campado en el Despacho Oval durante el mandato de Donald Trump. También China ha movido ficha hacia una transición energética más fulgurante y con objetivos más precisos. En cifras y cumplimientos. Aunque también en la velocidad de crucero que el gigante asiático precisa para satisfacer los requerimientos dictaminados por su presidente, Xi Jinping. Al igual que Japón. El cambio de gobierno en Tokio ha elevado la conciencia oficial de lucha contra la catástrofe climática. O Reino Unido, con pie y medio fuera de la UE, que acaba de prohibir la venta de coches de combustión desde 2030.

Buena parte del éxito de esta reconversión en toda regla de los patrones de crecimiento y de las apuestas por la sostenibilidad pasan por las agendas reformistas de los cuatro grandes mercados globales: EEUU, Europa, China y Japón. Con perspectivas que invitan al optimismo. Porque, por primera vez en décadas, pueden confluir sus intereses en materia medioambiental. La UE, que acaba de perfilar su estrategia de emisiones netas cero en 2050 con una taxonomía o protocolo de actuación que incluye una reducción de gases contaminantes de, al menos, el 55%, en 2030, lleva la voz cantante. No sólo porque la meta volante para finales de esta década sea 15 puntos más ambiciosa que la estipulada hace seis años. Sino porque ha emprendido ya ciertos peajes para que llegue a buen puerto. Entre otros, la venta de 225.000 millones de euros de bonos verdes como parte de sus 750.000 millones de euros del plan de recuperación de la pandemia. Una cantidad que equivale al valor de los activos verdes en todo el mundo en 2019. “Reconozco que esta elevación del umbral de recorte de emisiones es demasiado para algunos, pero no lo suficiente para otros”, justificaba hace unos días la presidenta de la Comisión ante el Parlamento Europeo. “Pero nuestras evaluaciones sobre su impacto muestran claramente que la economía europea y su industria pueden gestionar esta transición”, argumentaba Von der Leyen, que basó su discurso en la necesidad de impulsar los planes verdes y las inversiones en digitalización para lograr una mayor cuota de mercado en el comercio internacional. La gran Pandemia, dejó dicho la jefa del Ejecutivo comunitario a los eurodiputados, es una oportunidad para acelerar el Plan Verde Europeo y elegir a la sostenibilidad y la economía verde en el motor del dinamismo en el ciclo de negocios post-Covid.  

Energías más contaminantes

Bajo los criterios de la estrategia europea, la industria de automoción tendrá que adoptar unos exigentes estándares, sometidos a una nueva regulación, que eliminen de sus utilitarios y de sus vehículos industriales los motores de combustión, con ayudas procedentes de los recursos de la UE para estimular la renovación de la flota de coches del mercado interior -con el eléctrico como piedra angular de la reconversión- así como una partida ingente, de 350.000 millones anuales en inversiones productivas y en infraestructuras, según sus documentos oficiales. “La UE está dando pasos en la dirección correcta”, asegura Simone Tagliapietra, investigador del Instituto Bruegel, un think-tank de marcado acento paneuropeo. “Su objetivo del 55% es una clara señal a los mercados sobre la solidez de la trayectoria climática europea que determinará expectativas e inversiones del sector privado y de los consumidores”, matiza. La firma Rhodium Group resalta esta afirmación de manera contundente. Los 750.000 millones de dólares del plan de rescate del Covid-19, ligados en su mayor parte a proyectos verdes y tecnología con fines ecológicos, es casi diez veces el montante de los estímulos de otras grandes economías hacia las energías con sello sostenible. 

Mientras, en EEUU, el clima favorable a su Green New Deal también ha arraigado. Los expertos creen que la victoria de Joe Biden es la del candidato propenso a actuar decididamente contra el cambio climático. Entre otras razones, porque la promesa electoral de Trump que le llevó a la Casa Blanca hace cuatro años incidía en que, por cada iniciativa legal de su gobierno, derogaría dos medidas de la era Obama. La relación de su mandato ha superado con creces su profecía. El líder republicano suspendió 20 leyes de su antecesor por cada nueva regulación que emanó de su Administración. Y las tres cuartas partes de las anuladas fueron normas de preservación del medio ambiente. La incógnita durante la cesión presidencial reside en conocer los pormenores de una estrategia para la que, al menos, EEUU, el país más contaminante del planeta, destinará 2 billones de dólares. Sin descartar objetivos más exigentes. Porque varios de los aspirantes que disputaron la candidatura de Biden en la formación demócrata insistieron en dotar de mayores recursos al desafío climático. De hecho, voces como la del analista Anthony Leiserowitz, director del Programa de Yale sobre Cambio Climático, alertan de que “los planes de Biden ahora son de mayor calado y ambición que cuando acontecieron las primarias” de su partido. La conciencia de la sociedad civil americana -precisa- le otorga margen suficiente para impulsar una agenda de máximos. “Nunca antes en la historia política americana la neutralidad energética y el capital verde ha motivado tanto el voto”, aclara. Argumento que suscribe Jon Krosnick, catedrático de la Universidad de Stanford y experto en sondeos de opinión en EEUU, para quien “nuestros datos reflejan que, después de la Gran Pandemia, existe una movilización social en favor de arraigar en los modelos productivos los objetivos de sostenibilidad”. En todas las latitudes de EEUU. 

Porcentaje estados de EEUU que creen que el gobierno debería limitar las emisiones de CO 2

En paralelo a la victoria de Biden se han producido ya los primeros movimientos de cambio de lobbies industriales en el Despacho Oval. Los grupos de presión medioambientales sustituyen sin disimulo al de los complejos industriales contaminantes; esencialmente, el sector petrolífero. “Todos, los nuevos foros de influencia y los que están en retirada se preparan para una oleada de legislación nueva, para la era demócrata”, explica Jim Moran, ex congresista por Virginia del partido de Biden y ahora al frente de una firma lobista, Nelson Mullins Riley & Scarborough LLP, que corrobora un consultor republicano a Business Insider. “Las presiones de nuestros clientes en demanda de explicaciones sobre los cambios políticos que se avecinan en la Casa Blanca crece cada día”. Y el tusnami demócrata tendrá preferentemente interlocutores -inversores, industrias y firmas de asesoramiento- convencidos de la causa contra el cambio climático, arguyen. 

China también se ha sumado a una mayor conciencia verde. La segunda economía del planeta y la segunda nación más contaminante acaba de incorporarse a los criterios de sostenibilidad para combatir el cambio climático. Bajo unos objetivos aparentemente menos exigentes que Europa, pero que obligan al gigante asiático a recortar emisiones de CO2 con mayor celeridad que en cualquier otra latitud de la Tierra. La revelación la hizo el propio presidente, Xi Jinping, casi de sorpresa, durante su intervención telemática en la Asamblea General de la ONU, el pasado 22 de septiembre. Aunque la diplomacia europea conocía el road map diez días antes, también de boca del jefe del Estado chino, con motivo de la decimocuarta cumbre bilateral con la UE, que calificó el anuncio de “avance político” sin precedentes. Porque el desafío de Jinping de que su país registre descensos de emisiones de CO2 a la atmósfera respecto de los umbrales actuales en 2030, con el punto de mira en la neutralidad energética en 2060 podría parecer un reto nimio, pero, en el fondo, encierra un esfuerzo colosal. 

La meta oficial de compulsar emisiones netas cero llegará, si se cumple la hora de ruta china, con un retardo de diez años sobre la estipulada por Europa. Sin embargo, la planificación del gigante asiático requerirá esfuerzos más decididos -y, a la vez, más realistas- por ser el foco de mayor expulsión a la atmósfera de gases de efecto invernadero -sigue ostentando el estatus de la Gran Factoría global-, lo que demandará avances con mayor velocidad de crucero y reformas en su sistema productivo de más calado para certificar la reconversión sostenible y digital. Y, sobre todo, anticipa su estrategia a la de EEUU, que sigue guardando un elocuente silencio en un año, el 2020, excepcional en lo económico por los efectos de la Gran Pandemia. A la espera si Biden, como ya ha avanzado, volverá a situar a su país en la órbita de los Acuerdos de París, de los que le sacó Trump en una de sus primeras órdenes ejecutivas. Para favorecer, como espera la ONU, que el 80% de los países signatarios de este tratado, suscrito en 2015, cumplan con sus criterios.

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transición energética de los países
 

La declaración de intenciones de Jinping -rebaja de emisiones para 2030 y carbono neutral para 2060- concuerda con su mensaje de hace cinco años. Pero, en esta ocasión, pasan a ser límites temporales concretos y oficiales dentro de la estrategia económica de Pekín, que impondrá en la misma inversiones tecnológicas y desembolsos específicos para continuar con sus planes de reforestación de su territorio. Espinosa incide en que la Gran Pandemia ha acelerado el proceso hacia la neutralidad energética en todo el mundo. Incluso algunas instituciones como Brookings-Tsinghua Center for Public Policy, que cita The Economist, avanza que Pekín “podría adelantar a 2025 el punto de inflexión hacia la reducción de emisiones”. En el territorio que expulsa el 28% del CO2. Jinping aclaró que el compromiso chino no sólo corregirá estos gases contaminantes -los mayores causantes del calentamiento global ocasionados por la acción del hombre y que, en su mayor parte, proceden de combustibles fósiles-, sino que abarca otros carburantes como el metano. Aunque no alcanza el objetivo europeo de neutralizar todas las emisiones que generan el efecto invernadero. Climate Action Tracker, un grupo de investigación, calcula que, en 2100, si todos los gobiernos que se adhirieron al Pacto del Clima de la capital parisina -del que se salió EEUU por decisión de Donald Trump- cumplieran con sus itinerarios, el planeta subiría en 2,7 grados centígrados su temperatura. Aún lejos del propósito de estos acuerdos de que conseguir controlar el calentamiento entre 1,5 y 2 grados. La nueva táctica china -valora este think-tank- aportaría una reducción de entre 0,2 y 0,3 grados.

Pero lo que reviste más trascendencia es la entente cordiale entre la UE y China para consumar este propósito compartido en el ecuador del siglo. El club comunitario es responsable del 10% de las emisiones. A la espera de la estrategia de la Administración Biden, que englobaría, en caso de que forjaran una acción concertada a tres bandas, no sólo a los territorios con mayor tamaño económico, sino a los causantes, en conjunto, del 45% de la polución global. Una triple alianza que “encarrilaría firmemente” los Objetivos de París, dice Bill Hare, de Climate Action Tracker. Las emisiones americanas de CO2 tocaron techo entre 2005 y 2007, cuando se redujeron en un 14% respecto al decenio precedente. En Europa ocurrió en 1990 y, desde entonces, han caído un 21%. El hecho de que la UE, EEUU y China logren un entendimiento para recortar en un 45% los gases contaminantes para 2030 es un gran salto para la humanidad, cree Hare. Sobre todo, si Pekín está en condiciones de adelantar un lustro ese momento. Tarea que requiere de una completa descarbonización de su red de suministro eléctrica, más del 60% de la cual procede de la combustión de carbón. Y el epitafio de centrales térmicas. Porque China acaparó en los seis primeros meses de 2020 más del 60% de las nuevas instalaciones construidas en el planeta. Además de revertir su poder nuclear de uso civil, fuente energética poco contaminante, pero muy problemática a la hora de reciclar los residuos tóxicos nucleares que genera, y que Pekín duplicó, hasta los 48,7 GigaWatios, entre 2014 y 2019. O de acelerar sus programas de captura de CO2, métodos que todavía no se han acoplado a un plan de gran escala. Pese a los avances tecnológicos instaurados para ello en el gigante asiático. 

Emisiones históricas en toneladas de dioxido de carbono por países

China se ha centrado en la energía solar y eólica en los útlimos años

            
Por si fuera poco, Japón se ha incorporado a la estrategia. Su nuevo primer ministro, Yoshihide Suga, ha inculcado metas más ecológicas a la modesta agenda de neutralidad energética de su antecesor, Shinzo Abe. Y ha impuesto el reto de emisiones netas cero de CO2 en 2050. Un viraje que los expertos no sólo explican por la necesidad de imponer su sello como jefe de Gobierno, sino para adelantarse a los vientos que soplan desde Europa, EEUU y China. También con la tesis de que el despegue de la actividad en la tercera economía global pasa inexorablemente por dar impulso, desde su hegemonía tecnológica y la innovación de sus multinacionales, a inversiones verdes capaces de sacar a Japón de su mal endémico: bajos niveles de crecimiento con una nula inflación. Características que le han valido el apelativo de enfermo económico mundial. Suga es uno de los artífices de que la revisada táctica nipona espolee de nuevo a su sector exterior para adquirir empresas en otros mercados y apuntalar el enorme superávit comercial que ha logrado Japón en las últimas décadas. Para abordar con mayores ingresos y una renovada estructura productiva la losa de endeudamiento que asola a su economía, y que superará el 250% del PIB, la de mayor dimensión del planeta.  

Principales emisores de Carbon

En esta revolución verde internacional también se debe dejar constancia del viraje británico, que adquiere una importancia esencial ante la inminente salida de Londres del club comunitario. El Gobierno tory del premier Boris Johnson no ha querido desmarcarse en este transcendental asunto de la doctrina conservacionista medioambiental de Bruselas. Y acaba de adelantar a 2030 la prohibición de vender coches de gasolina y diésel. Una medida que, sin embargo, no debería eclipsar el decálogo ecologista que la tercera economía europea ha tejido con mimbres verdes. A los cinco años de adelanto de la retirada de licencias de venta de vehículos diésel y gasolina y la fecha de caducidad aparejada a los híbridos, que podrán seguir sus ventas hasta 2035 siempre que dispongan de una autonomía “relevante” con emisiones cero, se unen otras medidas que no sólo apuestan por la movilidad y conectividad de fuentes limpias, sino que impulsa el uso de las renovables. Especialmente, la eólica, en la que Reino Unido es una potencia destacada. Posee dos de los cinco parques eólicos marinos de mayor extensión. El Gabinete Johnson se propone cuadruplicar la producción de este tipo de energía hasta alcanzar en 2030 los 40 gigavatios. Pero no será la única que potenciará la agenda del 10 de Downing Street. También el hidrógeno, que está cobrando vigor industrial entre el elenco de renovables en todo el mundo. Con el objetivo de aumentar hasta cinco gigavatios la capacidad de producción de este tipo de energía “de bajas emisiones de carbono”. 

La propuesta de Johnson también preserva la apuesta por la energía nuclear. Reino Unido quiere desarrollar una tercera generación de centrales, como “fuente de energía limpia”, con reactores de menor tamaño y tecnología más avanzada. Otra de las medidas que resultan polémicas es la del impulso a la captura y almacenaje de dióxido de carbono, una tecnología existente ya pero que resulta poco competitiva ahora por altos sus costes. El plan de Johnson pasa por capturar hasta 10 millones de toneladas de dióxido de carbono para 2030, para transformar a su país “en un líder mundial en la tecnología de captura y almacenamiento de las emisiones dañinas a la atmósfera”. 

Europa, EEUU, China, Japón y Reino Unido siguen pautas distintas, pero cada vez más inclinadas a los matices que a las grandes distorsiones acaecidas durante la Administración Trump en EEUU y su política negacionista del cambio climático. En sólo unas semanas desde las elecciones a la presidencia americana, el puzzle de las agendas reformistas de las potencias económicas pueden alinearse con inusitada rapidez. Falta aún rubricar estas potentes sinergias -de objetivos, reglas de juego y compromisos para alcanzar las emisiones netas cero de CO2 en el ecuador del siglo- en una Gran Alianza global que logre involucrar en la causa verde, en la revolución sostenibles y en los cambios de patrón de crecimiento que lleva aparejada esta transición a los mercados en vías de desarrollo y al conjunto de la órbita emergente. A naciones altamente contaminantes y de especial peso económico global como Brasil, India, Indonesia, México o Turquía, entre otros. 

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