Sin embargo, un barril que según las predicciones inversoras permanecerá en los tres dígitos y, sobre todo, la prolongación de la guerra en Ucrania, la volatilidad en el resto de las materias primas y las distorsiones comerciales, logísticas y en las cadenas de valor, aconsejan precaución en las carteras de capital. 

El riesgo de estanflación en EEUU con un barril de tres dígitos traspasa la prudencia a los mercados

La guerra de Ucrania está dejando en las sociedades civiles un doble daño colateral. Por un lado, se está reduciendo el poder adquisitivo; es decir, se empobrecen los ingresos. Y, por otro, se ha encarecido el nivel de vida. O, lo que es lo mismo: es más difícil llegar con superávit a fin de mes. Son los dos grandes parámetros que han irrumpido junto al fantasma de la estanflación. Pero a los que les sucederían réplicas de alta intensidad si aparece un tsunami. A modo de recesión y de inflación desbocada, con los IPC en dobles dígitos. Una pinza nada desdeñable, si se tiene en cuenta que algunos índices de precios ya se encuentran en la antesala -los de EEUU, España o, incluso, Alemania, la economía más rigurosa y ortodoxa con las escaladas inflacionistas- y varios servicios de estudios de bancos de inversión no descartan tampoco otro receso de actividad en las potencias industrializadas.     

La preocupación de los expertos por las opciones de recesión tiene mucho que ver con un súbito parón de un consumo, el de los hogares, que se enfocará más a la cesta de la compra y a llenar el coche de carburante o a pagar la calefacción de las viviendas que a desembolsos en ocio, en textil o en productos de lujo. Parálisis que contagiaría los planes de inversión de las empresas y, con ello, deterioraría la demanda interna, la rúbrica sobre la que se sustentan las economías de rentas altas. Pero no sólo eso. Los alquileres podrían incrementarse si los propietarios deciden no perder beneficios, mientras las hipotecas empiezan a elevar sus intereses por medio de sus índices de referencia. Antes, incluso, de que el precio del dinero sea una realidad en latitudes como la del euro, o cuando se acaba de consumar el primer movimiento alcista, mínimo, de un cuarto de punto, por parte de la Reserva Federal. Los costes añadidos en las tarjetas de crédito o en los préstamos personales para la compra de vehículos, por ejemplo, ya se repercuten hacia el consumidor. Al menos, en EEUU.

Estos son varios de los signos de contagio, de la espiral inflacionista que, a juicio de los análisis privados, están empezando a deteriorar el ciclo de negocios post-Covid en el principal mercado del mundo. Los IPC han entrado en una rampante escalada que ha dejado la confianza americana en su economía en su nivel más bajo en once años, pese a su excepcional recuperación después de la Gran Pandemia, con las empresas contratando tres veces más que durante la última etapa recesiva y los consumidores gastando dinero a tasas históricas, mientras el coronavirus se halla en su indicador de contagio más bajo desde el pasado verano, cuando el boom económico surgió en el espectro industrializado. En especial, en EEUU. Porque el PIB estadounidense registraba el año pasado su mayor dinamismo desde 1984. Sin que en febrero -mes del estallido de la guerra en Ucrania- diera los más mínimos síntomas de pesimismo por la inflación.   

Sin embargo, el castillo de naipes parece haber volado por los aires. La palabra recesión es una de las más buscadas en Google, sólo por detrás de otros conceptos económicos como pérdida de rentabilidad en los mercados. No es una entelequia descartar los números rojos. En Business Insider se hacen eco de este cambio de registro. “Ha dejado de ser una opción extraña”, explica el economista de la Universidad de Michigan, Justin Wolfers, en su tweet para estar en la mesa de deliberación de los bancos de inversión, en el mundo académico y en los think-tanks. Aunque probablemente “no esté cerca”, dados las 431.000 nuevas contrataciones de marzo del mercado laboral y “la política monetaria aún expansionista” de la Fed. “Con casi medio millón de puestos de trabajo, no se puede avanzar una recesión”. Pero no resulta descabellada “si el escenario del conflicto bélico y sus repercusiones económicas continúan deteriorando el ciclo post-Covid”. 

Otro economista, Jason Furman, de Harvard, concede un 20% de opciones a una contracción en EEUU este año, debido a las tensiones inflacionistas desatadas en la economía americana y los efectos de la invasión rusa de Ucrania sobre su actividad. Si bien la Reserva Federal, a través de su presidente, Jerome Powell, asegura que “todos los signos apuntan a la fortaleza económica y a una fase todavía boyante”, aunque, al mismo tiempo -recalcaba Powell- sin el viento en popa “pero con síntomas de un florecimiento suficiente como para abordar una política monetaria más acomodaticia”. 

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El escepticismo se ha asentado en el subconsciente colectivo americano. Entre otros motivos, porque el coste del gas es un 38% más caro que hace un año y el de los alimentos, un 7,9%. Mientras los beneficios de las empresas crecían a dobles dígitos en 2021 y se cumple un año desde que, en abril del pasado año, 3,8 millones de trabajadores renunciaban a sus puestos laborales porque sus salarios no cubrían sus expectativas de calidad de vida. Era el inicio de los que se denomina la Gran Dimisión, por la que han optado más de 12 millones de trabajadores. 

Las reivindicaciones de subidas salariales se han intensificado en las últimas fechas. Porque la retribución media ha aumentado un 5,6% desde marzo del pasado año, lejos del 7,9% que marcó el IPC en febrero.  

Por si fuera poco, la energía no parece que vaya a dar una tregua. Sino más bien, al contrario, ya que el mercado empieza a virar la confección de sus carteras, desde valores con criterios ESG a activos vinculados a los combustibles fósiles. Ante la creciente cotización del petróleo y el gas, a la que los augurios de los fondos de inversión otorgan beneficios con un barril en triples dígitos. “Vemos a nuestros clientes más interesados en invertir en nuestras nuevas configuraciones de carteras”, vinculadas a los clásicos activos energéticos, que a las inversiones orientadas hacia los principios ESG, explicaba sin tapujos Luis García, de Post Oil Energy Capital, a Wall Street Journal. A pesar de la priorización de la Casa Blanca hacia las energías renovables. Después de dos años de comunión de intereses entre capital y fuentes limpias, el atractivo se ha revertido. García dice haber desinado más de 500 millones de dólares en las últimas jornadas a activos de petróleo y de gas. 

Rentabilidades que podrían mantenerse en cotas altas mientras el barril navegue sobre los tres dígitos y que, en opinión de Matt Sherwood, de Economist Intelligence Unit (EIU), “se situará en todo el año por encima de los 115 dólares”, con riesgos de subidas, incluso, superiores. Debido a la gradual gestión de la oferta que harán Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) por la retirada de crudo ruso del mercado. Jugarán con 3 millones de barriles diarios, cuya espita energética irán cerrando o abriendo a su voluntad en el seno de la OPEP + asegura Sherwood. 

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En Morgan Stanley también detectan estos movimientos y apelan a la cautela por varias razones. Desde la rentabilidad de unos bonos sujetos a condiciones económicas cambiantes, hasta unos valores de demasiado fluctuantes en el corto y medio plazo, con cuentas de resultados cada vez más complejas en no pocas compañías e industrias, dentro de un ambiente financiero bajo unas condiciones potencialmente más restrictivas que harán retroceder el mercado de bonos por los incrementos de los tipos de interés.

Todo ello -explican desde el banco de inversión americano- hará más compleja la localización de activos y su diversificación de riesgos. Dentro de un clima de reequilibrio en los mercados que están virando las carteras de capital hacia sectores con altas dosis de volatilidad, especialmente el de los activos tecnológicos. Y bajo una atmósfera con nubarrones económicos y geopolíticos, que podrían distorsionar el mercado de divisas y, en consecuencia, contagiar las plazas bursátiles de los mercados emergentes, a donde se habían dirigido buena parte de los portfolios en 2022. 

Ante este panorama, las inversiones en materias primas están marcando el paso. No sin riesgo. Porque están supeditadas a cambios en la oferta y demanda global, a reformas económicas y de orden político por parte de los gobiernos, así como al sometimiento de una guerra, la de Ucrania, con una elevada probabilidad de prolongación en el tiempo. Y, con ello, dudas sobre el tránsito hacia la neutralidad energética y la digitalización. Además de un repunte de los movimientos especulativos en los mercados. Precisamente la volatilidad de los activos fósiles contrasta con el descenso de los portfolios ESG por su exclusión de ciertas inversiones que, ahora, determinan la frontera entre las rentabilidades y las pérdidas. Los gestores “no podrán garantizar” retornos de inversión focalizados en activos ESG durante algún tiempo, advierten en Morgan Stanley.