El tercer trimestre ha puesto de relieve que las diferencias entre la economía americana, que se acelera impulsada por una sólida demanda interna, y la economía europea, que se esfuerza por instalarse en un ciclo de crecimiento sostenible, se acentúan cada vez más.
Por un lado, en Europa el apoyo de las políticas monetarias sigue siendo imprescindible para alimentar la esperanza de un retorno gradual a un crecimiento sólido. Y por ello, el BCE ha adoptado al fin una política expansionista, como hicieron en su momento la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra o el Banco de Japón. Por el contrario, en Estados Unidos lo que toca es dejar atrás esas políticas acomodaticias mediante la suspensión progresiva del QE y el ascenso de los tipos de interés en 2015.

No en vano, la economía estadounidense parece estar sólidamente instalada en una dinámica de aceleración del crecimiento que debería alcanzar un ritmo del 3% para 2015. Así lo indican todos los indicadores avanzados, que dan fe de una mejora sensible: el ISM industrial ha alcanzado cotas de marzo de 2011, el ISM del sector servicios ha marcado máximos de hace 9 años, el índice de confianza de los hogares ha regresado a niveles de finales de 2007, el índice de actividad de construcción se encuentra en su nivel más alto desde el final de 2005… La única nota discordante son los datos “reales”, que recuerdan que la situación no es tan favorable como la que describen los índices avanzados, ya que la producción industrial, las ventas al menor y la creación de empleo han seguido dando algunas muestras de debilidad.
De hecho, esta divergencia entre las previsiones y los datos reales está obligando a la Fed a hacer verdaderos equilibrismos. Por un lado, avanza en la normalización de su política monetaria, finalizando la compra de activos y desvelando subidas de tipos; pero por otro lado, mantiene un discurso acomodaticio, insistiendo en los desequilibrios del mercado laboral y la ausencia de tensión inflacionista. Y mientras, prepara la respuesta a la mejora de la economía para intentar impedir que se embalen las subidas de tipos, que podrían malograr el crecimiento.

Mientras, en Europa, tras unos datos del PIB decepcionantes en el segundo trimestre, en el tercero el crecimiento se sigue decelerando en la zona euro. Los índices de confianza y de actividad han prolongado la tendencia bajista iniciada en primavera. La escalada de tensiones con Rusia debido a la crisis de Ucrania ha lastrado sensiblemente a las economías alemana e italiana, especialmente expuestas a Europa del Este. Por su parte, Francia sigue atascada en una profunda crisis de confianza, con un gobierno fragilizado en su intento tardío de instaurar las reformas estructurales necesarias. Al final, de las principales economías europeas, España es la única que sigue mostrando una verdadera dinámica de reactivación, cuyas raíces residen en un rebote de la demanda interna y en los frutos de las reformas del mercado laboral de los últimos años, que han mejorado la competitividad de las exportaciones españolas. El resto de la zona euro, en cambio, ha sufrido una clara deceleración del crecimiento.

A ello hay que sumar, además, que la problemática de la debilidad de la inflación (y del riesgo deflacionista) se ha vuelto a acentuar. Los precios han caído hasta el 0,3%, muy lejos del objetivo del 2% que se ha fijado el BCE, y además las previsiones de inflación a corto plazo se han desplomado también por debajo de ese umbral del 2%. De hecho, esto es lo que ha llevado al BCE a tomar medidas adicionales y anunciar una nueva rebaja de los tipos y la instauración de un programa de compra de activos. Esta política, cercana a un QE pero sin recurrir (aún) a la compra de obligaciones soberanas, ha tenido el efecto inmediato de arrastrar el euro a la baja. Al menos contribuirá a descartar el riesgo de deflación en 2015 a través de la inflación importada…