El período posterior a la crisis de 2008 se ha caracterizado en general por tímidas presiones inflacionarias, con factores cíclicos (desempleo elevado, austeridad presupuestaria, etc.) que han coadyuvado a las trabas estructurales en contra de la inflación (tendencias demográficas, elevado endeudamiento).
En tal contexto, la caída del precio de energía y materias primas en 2014 y 2015 bastó para desatar el temor a la deflación, con una caída de las previsiones de inflación a medio plazo en el mundo desarrollado.  Sin embargo, en la segunda mitad de 2016, el rebote de precios de las materias primas junto con unos indicadores económicos alentadores, apoyados por constantes políticas monetarias acomodaticias de la mayor parte de los principales bancos centrales, logró revertir la tendencia negativa. La victoria de Donald Trump y el pronóstico de cuantiosos estímulos fiscales no hicieron sino prolongar el rebote.
 
Sin embargo, si bien ese movimiento ha disipado los temores de deflación a corto plazo, dista aún de reflejar un riesgo de inflación concreto. Las expectativas a medio plazo, si bien son superiores a las de hace un año, permanecen bajas en términos absolutos, esencialmente por los factores estructurales antedichos.
 

En este contexto, sólo la Reserva Federal se ha atrevido a mover ficha. El pasado 14 de diciembre la Fed subió el tipo de interés interbancario federal al 0,75% un año después de su primera subida de 25 puntos básicos. Los inversores lo tenían más que previsto y la única (leve) sorpresa fue que el número de subidas previstas para 2017 pasara de dos a tres.
 
La tentativa de normalización de tipos en Estados Unidos es una excepción en un contexto de políticas monetarias muy propicias en todo el mundo desarrollado. En 2016, el BCE volvió a recortar el tipo de depósito hasta territorio negativo y elevó el importe y el alcance de sus compras mensuales de activos. El Banco de Japón se adentró sin éxito en tipos negativos y más tarde ancló el tipo de interés de la deuda pública a diez años en torno al 0%.
 
No obstante, con el rebote de las expectativas de inflación, parece poco probable más flexibilidad monetaria en 2017 y la atención de los inversores ha regresado de nuevo hacia los signos de normalización. Pero los bancos centrales se ven obligados a extremar las precauciones dada la sensibilidad de las economías endeudadas a las condiciones de financiación.
 
Estas divergencias a ambos lados del Atlántico dieron como resultado que el diferencial de tipos de interés entre la deuda pública estadounidense y la alemana a 10 años, ya de por sí amplio desde que las políticas de la Fed y el BCE empezaron a divergir en 2013, se expandieran hasta un nivel no visto desde 1989.
 
Adrien Pichoud, economista jefe de SYZ Asset Management