“Suavizar las promesas incumplidas con palabras; buscar la sencillez como el sediento persigue el agua; decir que al principio fue el verbo y creérselo. Primera regla: es importante el qué se dice y el por qué se dice, tal vez más que el acto posterior, pues la palabra dada engendra la verdadera intención. El gesto, la mirada, la sonrisa y el tono acompañan cada una de las verdades necesarias para esa extraña seducción. Un manto de indicios que me llevarán al único juego al que estoy dispuesto a jugar, porque aunque no lo domino, creo reconocer algunas reglas.
Todo para comenzar a desprenderse de los adornos que impiden el acompasado movimiento. Llegar esperanzados hasta el final del baile. Dejar que acabe música. Es el momento de quitarse las máscaras ¿Entendieron? ¿Divago? No vayan a pensar mal, lo hago a menudo... ¿Hincho demasiado el texto? Eso es porque pretendo insuflar algo de solemnidad a un texto que en realidad tal vez muestre más carencias que sentidos...”

Y ahora yo, tras el magnífico lid anterior. He escrito en más de una ocasión que los antiguos bancos de inversión estadounidenses hace tiempo que se pusieron el mundo de la Bolsa por montera y, lo que es peor, se pasaron las recomendaciones explí­citas de la Crisis por el forro. Es decir, acamparon a sus anchas. Salvo el número de participantes, ahora más reducido, nada ha cambiado en la actualidad. La banca de inversión anglosajona tocó la trompeta del Gran Rebote y el resto de los analistas del mundo replican sus movimientos y hacen suyas las modas de aquellos, aunque este año la ocasión la pintan calva.

En este momento de liturgia de presentación de resultados, han vuelto a resucitar un término muy viejo, que conduce a error y provoca más estrés de lo deseable en numerosos actores en los mercados. Se trata del calificativo mejor o peor de lo esperado cuando se refieren a los resultados de las empresas cotizadas, que es el eufemismo y la manera de desviar la atención del balance real. Mejores o peores de lo esperado, dicen, para enmascarar la realidad. Las acciones suben y bajan, entre otras cosas, porque los resultados son buenos o malos. Los buenos resultados sostienen las valoraciones en curso, incluso las aúpan. Los malos resultados provocan el efecto contrario. Pero si al gentí­o, a la gran manada bursátil, la azuzamos con otras estratagemas, podremos comprobar que un resultado empresarial malo, pero mejor de lo esperado, tiene efectos balsámicos sobre los precios de las acciones, mientras un resultado bueno, pero peor de lo esperado tiene una contestación bursátil contraria a lo que serí­a lógico.

No obstante, que nadie se rasgue las vestiduras. El mercado es soberano y al final termina llamando pan al pan y vino, al vino. Pero mientras, cotiza al alza la expresión mejor de lo esperado y la Bolsa no analiza que con los resultados que vamos conociendo los multiplicadores se disparan, es decir, ponen muy caras las cotizaciones actuales y, en teoría, restan potencial de subida a los índices.

La máxima representación de esta liturgia, que siempre alcanza niveles de paroxismo en tiempos de crisis, como los actuales, la encontramos en los resultados presentados en los últimos dí­as por los grandes bancos de Estados Unidos y por otras tantas empresas emblemáticas. Los resultados han sido malos, sin paliativos, o si se prefiere, no lo suficientemente buenos como para sostener las valoraciones bursátiles actuales. Hay más, los grandes expertos advierten de lo peor en términos de resultados empresariales no ha pasado y que en trimestres sucesivos continuará el deterioro.

Mientras eso sucede, o no, las acciones de las cotizaciones de los valores emblemáticos, principalmente los bancos, han registrado ganancias propias de auténticos chicharros, con alzas promedio del 15% al 20% en las dos semanas pasada, porque dicen que el estrés de los bancos no será tal estrés ¿Para qué las pruebas de estrés, entonces? El inversor que no quiera sobresaltos debe permanecer fuera del mercado o asumir que pese a este enfoque de Wall Street y de su modo de analizar los balances, la conclusión es obvia: las valoraciones son excesivas. Las cifras son malas y se esperan que sean peores en los próximos trimestres.

Fuente: www.lacartadelabolsa.com