Durante las últimas semanas el mundo ha vivido pendiente de los acontecimientos acaecidos en Túnez y, sobre todo, en Egipto. Las revueltas populares en estos países y las protestas que se han registrado en otros países del mundo árabe, abren un panorama de incertidumbre para toda la región y dibujan varios escenarios posibles que los inversores están considerando a la hora de tomar sus decisiones.


De hecho, se han detectado algunas fugas de capitales que, ante los acontecimientos que se están viviendo, optan por eliminar este componente de incertidumbre en sus carteras desinvirtiendo en los mercados que consideran más arriesgados e invirtiendo en los que consideran más seguros. La crisis egipcia ha provocado que algunos inversores se replanteen su asset allocation geográfico, vendiendo activos de países emergentes y comprándolos en países desarrollados. En un primer momento la maniobra parece tener sentido, puesto que todos conocemos la extrema sensibilidad de los mercados emergentes al más mínimo suceso que ponga en duda sus buenas expectativas: los inversores han vivido ya demasiadas crisis financieras en mercados emergentes (crisis asiática, rusa, argentina, etc.) como para ignorar lo que está sucediendo en estos momentos.

Sin embargo, en caso de que Egipto consiga hacer una buena transición hacia un modelo de estado equiparable con las grandes democracias de los países desarrollados, se abre un abanico de oportunidades en el ámbito económico y financiero que los inversores no podrán ignorar. La diferencia de esta “crisis” con las grandes crisis anteriores es que existe la posibilidad real de un escenario positivo en el que los inversores que apuesten por estos nuevos países emergentes pueden tener mucho que ganar.

Ahora mismo resulta difícil prever qué escenario va a tener lugar y por ello algunos inversores deciden retirarse. Sin embargo, lo que sí está claro es que incluso en el caso de no evolucionar positivamente la situación, no tendría mucho sentido que se produjera un efecto contagio hacia el conjunto de los países emergentes, ya que muchos de ellos tales como China o Brasil poco tienen que ver con la evolución en los países árabes. Es cierto que algunos países emergentes tienen una fuerte dependencia del petróleo y otras materias primas, por lo que un aumento repentino en sus precios podría acarrearles algunos problemas económicos; pero de momento este peligro parece aún bastante lejano.

Así pues, de producirse recortes importantes en los precios de los activos de dichos mercados emergentes, se estaría ante una buena oportunidad de reforzar posiciones en estos países, que han demostrado tener unos buenos fundamentales económicos y una estabilidad fuera de duda, continuando eso sí, con una vigilancia extrema de la cartera y cuidando que la ponderación de emergentes en la cartera no sea demasiado elevada y que las inversiones en dichos países se encuentren debidamente diversificadas.

En cuando a Egipto y los países árabes, el tiempo dirá cuál es el escenario que se impone. Por tanto, la mejor estrategia a corto plazo probablemente sea esperar y ver, y tiempo habrá para posicionarse en estos mercados si realmente acaban por arrancar y seguir la estela y el modelo de los países emergentes que ya han triunfado.