
El litio está liderando la transición ecológica. Gracias a su naturaleza, el litio permite fabricar baterías ligeras y pequeñas capaces de almacenar grandes cantidades de energía. Así, en una época de transformación digital, vehículos eléctricos y energías renovables el litio se ha convertido en un material de alto valor estratégico.
A pesar de sus múltiples aplicaciones en sectores como el farmacéutico o el armamentístico así como su uso en vidrios y cerámicas, las baterías son el producto final de la mayoría del litio extraído en la actualidad. Los orígenes de estas baterías tuvieron lugar en los laboratorios y universidades de Inglaterra y Estados Unidos. Sin embargo, fue la empresa japonesa Sony quien creó la primera batería de iones de litio en 1991. El auge de estas nuevas baterías vino más tarde, con la llegada de los teléfonos inteligentes.
Para producir todas las baterías de litio que se demandan en la actualidad, este material se debe extraer y procesar para su uso tecnológico. Las reservas de litio se encuentran distribuidas por prácticamente todo el mundo pero estos yacimientos no están repartidos de forma homogénea. América Latina es la región con mayores reservas de litio a nivel global, aquí se encuentra el llamado triángulo del litio, que abarca el sur de Bolivia y el norte de Chile y Argentina, donde se concentran el 58% de las reservas mundiales de este mineral.
Sin embargo, tener grandes reservas no es sinónimo de ser uno de los principales productores de litio. En este caso, Australia es el líder con más de 88.000 toneladas de litio producidas durante 2024, aunque la mayoría lo envía a China para su procesamiento. Sus principales competidores se encuentran lejos de estas cantidades pues le siguen Chile y China con alrededor de 49.000 y 41.000 toneladas respectivamente. Esta diferencia entre los países con mayores reservas y los principales productores radica principalmente en la posibilidad de controlar la cadena de valor que sigue a la extracción del mineral.

En este proceso, caracterizado por el refinamiento del litio, China se posiciona como líder. La gran potencia asiática refina alrededor del 60% del litio del mundo, fabrica el 80% de las baterías de litio a nivel global y controla el 80% de los materiales que componen estas baterías. Así, controlando las fases del proceso que aportan un mayor valor al producto final, y garantizando sus reservas de litio mediante acuerdos con terceros países como Australia, es como China se ha convertido en uno de los mayores productores de litio del mundo.
Este control de la industria hace dependiente al resto del mundo, incluidos Estados Unidos y los países europeos. Sin embargo, este dominio del sector por parte de China ha tenido un beneficio global, pues ha reducido notablemente el precio de las pilas un 89% entre 2010 y 2020. Esta bajada de precios en un momento en el que la demanda por las baterías no para de crecer ha abaratado el proceso de electrificación al que se dirigen las principales economías.

El litio puede ser la clave para poner fin a los combustibles fósiles y avanzar hacia la electrificación pero eso no significa que su extracción no implique daños medioambientales. Para conseguir la pureza de litio necesaria —del 99,5%— se necesitan grandes cantidades de agua, ya que uno de los principales métodos de extracción se basa en la evaporación del agua presente en la salmuera. Tras esta evaporación se debe separar el litio del resto de materiales con los que se encuentra mezclado en la naturaleza. De esta forma, se utiliza una minería a base de agua en grandes desiertos como el de Atacama, reduciendo los ya escasos recursos hídricos de los que dependen los ecosistemas y las poblaciones indígenas que los habitan.
Al igual que sucede con otros recursos de alto valor estratégico, los países que poseen grandes reservas de litio deben fortalecer las instituciones y regular la industria del litio si no quieren ser una víctima más de la llamada maldición de los recursos. Esta situación se ha dado en países como la República Democrática del Congo, donde su riqueza minera, lejos de llevar al país hacia la prosperidad, ha fomentado una corrupción que ha acabado con cifras extremas de pobreza.
El litio y la industria de las baterías nos muestran cómo, a pesar de las tendencias proteccionistas de los últimos años, las empresas occidentales deben asociarse con la industria asiática para satisfacer su fuerte demanda de productos eléctricos. Si Estados Unidos no quiere quedarse atrás en el proceso de electrificación, necesita de baterías fabricadas en China o, al menos, de litio refinado en su territorio.
Que el litio es clave para la transición ecológica ya es una realidad. La complejidad reside en buscar un equilibrio entre una cantidad de litio óptima que nos permita poner fin a los combustibles fósiles y la marca medioambiental de su propia extracción.

