Fisher Investments Europe Limited desmonta mitos sobre el déficit comercial y como afecta a las inversiones. El déficit comercial no aumenta autómaticamente la deuda pública; las importaciones no son negativas para una economía porque su aumento son señal de demanda de consumo y una economía en marcha; y en definitiva, que los déficits comerciales no son tan negativos como aparentan, son algunas de las afirmaciones de Fisher Investments.

Aranceles, guerra comercial, déficit comercial… estos temas copan los titulares de la prensa de las últimas semanas. Hay gobernantes que prometen corregir el déficit comercial mediante la aplicación de nuevos aranceles y otros reaccionan a su vez tomando represalias contra aquellos. Esa política del "ojo por ojo" genera aún más titulares que advierten a los inversores sobre sus riesgos.  Sin embargo, ante este panorama, nos preguntamos: ¿deberían los responsables económicos corregir los déficits comerciales?, ¿los países con déficit comercial son menos eficientes? Aunque el término "déficit" pueda tener connotaciones negativas y hacer pensar en efectos perversos para la economía, en nuestra opinión, es un error creer que importar es una carga para el país. Es más, creemos que el déficit comercial no tiene ninguna importancia, el crecimiento se da con o sin importaciones.

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El mito de las importaciones como algo negativo

A nuestro juicio, gran parte de las interpretaciones negativas que se derivan del concepto de déficit comercial tiene que ver con cómo los políticos y los expertos hablan del mismo. El déficit comercial se calcula restando las importaciones de un país a sus exportaciones, así que, si hay más importaciones que exportaciones, tienes déficit comercial (si fuera al revés sería superávit). Esto lleva a muchos a definir las importaciones como negativas para una economía y las exportaciones como positivas. Pero si los déficits comerciales fueran tan malos como los pintan, ¿cómo es que Estados Unidos ha crecido a pasos agigantados y sigue siendo la principal economía del mundo con diferencia a pesar de mantener un déficit comercial continuo desde 1976?

Para reforzar nuestro convencimiento en el error que supone desconfiar de las importaciones per se, podemos citar al famoso economista del siglo XIX David Ricardo, quien denominó "ventajas comparativas" a aquellas que tiene un país sobre otros a la hora de producir un producto u ofrecer un servicio. Por ejemplo, los países extractores de petróleo normalmente gozan de una ventaja en el sector petroquímico, igual que aquellos con propiedad intelectual de calidad sobre los que no a la hora de crear nueva tecnología. David Ricardo decía que los países debían centrarse en aquellos sectores en los que contaban con ventajas e intercambiar su superávit por bienes que otros países producían de manera más eficiente. Consideraba que actuar de otra forma suponía invertir capital (humano, financiero y material) en una actividad que iba a ofrecer un rendimiento ineficiente. Si bien este modo de proceder puede conducir a déficits comerciales, pensamos que la sociedad del país se beneficia de dichas ventajas comparativas. Cuando todo el mundo produce lo que mejor sabe hacer, en teoría todo el mundo sale ganando y, por consiguiente, la mejor asignación de recursos y el libre comercio beneficiarían a consumidores y productores por igual.

Preferencias en el consumo, clave en déficits o superávits

Asimismo, y dejando economías planificadas como la china aparte, los gobiernos no deciden de forma activa si incurren en déficits o superávits, sino que estos son consecuencia de las preferencias de consumidores y empresas en los mercados libres. Eligen comprar bienes importados basándose en las variables del mercado –precio, oferta, valor, calidad, etc.– y lo harán si creen que es lo mejor para sus intereses; esto es lo que en definitiva determinará el saldo de la balanza comercial de un país. Si no fuera así, los consumidores no harían lo imposible para conseguir bienes importados incluso cuando hay grandes obstáculos. Por ejemplo, los canadienses que viven cerca de la frontera con Estados Unidos, frecuentemente cruzan al otro lado para comprar leche, queso y otros alimentos parecidos, dado que la legislación en Canadá, que limita las importaciones de estos productos para proteger al sector lácteo de Quebec, ha provocado que los precios en muchas ocasiones doblen a los de EE.UU. En otras ocasiones, las empresas evitan los aranceles entre dos países simplemente transportando los bienes a través de un tercero neutral, donde dichos aranceles no sean de aplicación.

Con todo ello, consideramos que no tiene sentido pensar que una economía se ve perjudicada por un déficit comercial, especialmente porque el aumento de las importaciones significa que los consumidores y las empresas están consumiendo, signo de una demanda y una economía en marcha. Así que mientras los políticos aspiran a realizar cambios y aplicar nuevas regulaciones con nuevos aranceles, cuotas, acuerdos comerciales y demás con el objetivo de equilibrar la balanza comercial, nuestro parecer es que el resultado es peor que el supuesto problema que intentan solventar.

En cualquier caso, mientras 2018 está siendo un año de guerra comercial, también creemos que la magnitud de la misma no debería causar ningún daño irreparable. Aunque, eso sí, siguiendo la lógica de David Ricardo, esas barreras añadidas hacen que la economía global sea menos eficiente.

Déficit comercial y deuda pública no van siempre de la mano

Algunos expertos defienden la idea de que el déficit comercial es negativo para un país porque piensan que se financia mediante capital extranjero, pero esta creencia supone ignorar el funcionamiento de las transacciones internacionales. Para ilustrar mejor este punto, imaginemos un país hipotético llamado Tecnolandia, que acuña una moneda llamada tecnodólar y que presenta un déficit comercial de 1.000 millones de tecnodólares. La idea más extendida sobre el tema afirmaría que el Gobierno de Tecnolandia debería vender a otros países deuda soberana por valor de 1.000 millones de tecnodólares, pero la realidad es que los déficits comerciales impulsan la inversión extranjera en uno u otro sentido. En un primer escenario la compañía exportadora que recibe tecnodólares a cambio de sus bienes, los invierte en Tecnolandia para evitar la molestia de introducir los tecnodólares en su país y tener que convertirlos a su divisa nacional. Otra opción es que la empresa exportadora convierta los tecnodólares a su moneda, lo que permite a su banco central usar una divisa extranjera para invertir. Dicha institución, que engrosa sus reservas de divisa extranjera (activos denominados en moneda de otros países) con esos tecnodólares, normalmente invierte en los títulos aparentemente más seguros, como los bonos soberanos (de renta fija). En este caso, el banco central del país de la empresa exportadora que tiene los tecnodólares compra deuda de Tecnolandia, digamos «tecnobonos». En ambos casos, las empresas o los gobiernos voluntariamente eligen invertir en Tecnolandia, lo que beneficia el flujo de capitales. Los 1.000 millones de tecnodólares recibidos por los tecnobonos compensan los 1.000 millones de déficit comercial. Tecnolandia crece económicamente, la empresa o país exportadores obtienen rentabilidad por su inversión y ambas partes ganan.

Ni en Tecnolandia ni en ningún otro país un déficit comercial repercute automáticamente en mayor deuda pública, sino que tiene una influencia en la voluntad de los países extranjeros de comprar activos en esa divisa extranjera. Desde nuestro punto de vista, esta es otra razón por la que los déficits comerciales no son tan negativos como aparentan.

 

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