Biden modela un gabinete para el estímulo económico y el retorno al multilateralismo
El proceso de transmisión de poderes ha comenzado. Un reconocimiento implícito, aunque aún no judicial, por parte de Donald Trump. Un nuevo subterfugio del dirigente republicano que deja constancia, sin embargo, de su derrota. La reactivación de la maquinaria de traspaso de cargos en la Administración americana refleja la inmediata realpolitik americana: Joe Biden confecciona ya su gabinete. Un equipo con el que dirigirá las riendas de EEUU los próximos cuatro años y que destila un profundo aroma de tiempos recientes. De un marcado perfil Obama, en cuyo equipo Biden fue vicepresidente, porque en él tienen cabida antiguos colaboradores del ex presidente demócrata e incide en el mensaje del futuro inquilino de la Casa Blanca en la campaña electoral de propiciar el retorno de EEUU al soft-power, el multilateralismo y el liderazgo global. O, dicho de otro modo, en el lento pero inexorable enterramiento del America, first que ha dirigido el destino de la mayor potencia mundial en la legislatura que tocará a su fin el 20 de enero. 

En el orden económico, la batuta de la recuperación de la estructura productiva norteamericana la llevará Janet Yellen, ex presidenta de la Reserva Federal, que cedió el testigo de la autoridad monetaria a Jerome Powell con la llegada de Trump al Despacho Oval. Será la próxima secretaria del Tesoro. En sustitución de Steven Mnuchin, el arquitecto de las guerras arancelarias, del duro enfrentamiento con China, la doble rebaja fiscal y de la reforma financiera que dejó de lado las restricciones -requerimientos y exigencias al sector bancario- de la Dodd-Frank Act de Obama de 2010, que delimitó el negocio comercial e inversor de las entidades prestamistas. Yellen fue el azote de Trump en el largo año que coincidió con el líder republicano como máxima autoridad de la Fed. Entonces, advirtió al todavía presidente americano de que la normativa financiera que se construyó para abordar el credit-crunch de 2008 y sanear un sistema cargado de activos de alta toxicidad inversora -esencialmente, productos derivados, estructurados y swaps- “consiguió una estructura financiera “más segura, sólida y saludable”. Y llegó a alertar de que “no quería ni era partidaria de ver el reloj retrasarse de nuevo”, en alusión a la reforma de Mnuchin. Yellen se declaró defensora de los estímulos para sacar a la economía de la recesión de hace algo más de un decenio. Y que fue el germen del periodo de prosperidad del PIB americano más longevo en la historia reciente. Un ciclo de negocios que inició su andadura alcista en junio de 2009, y que concluyó su andadura con la Gran Pandemia, en marzo pasado, tras 129 meses de crecimiento sostenido e ininterrumpido. A buen seguro que, desde la Secretaría del Tesoro, Yellen buscará el consenso en el Congreso para aportar nuevos recursos que saquen a EEUU de la recesión que ha generado la Gran Pandemia. 

Con Yellen al frente de la política económica, Biden obtiene un salvoconducto para prolongar en el tiempo la política de tipos de interés próximos a cero. Una línea de entendimiento con Powell para que la Fed contribuya durante un tiempo más a sostener la estrategia expansionista de los gastos federales. Hasta asentar el crecimiento del PIB. Pero, además, elige a una personalidad a la que se ve con buenos ojos en Wall Street y que provoca ascendencia entre parte de las filas republicanas del Senado, esencial, por la escasa mayoría labrada por la formación de Trump en este hemiciclo, para alcanzar fumatas blancas legislativas en favor de nuevos estímulos fiscales a empresas y familias americanas durante los meses venideros, con la epidemia aún sin control sanitario y supeditada a los rigores de la segunda oleada de contagios. También asumirá un rol menos beligerante y unilateralista -buscando la connivencia de Europa, Japón y sus aliados del bloque anglosajón y asiáticos- en las negociaciones económico-comerciales con China. El talante conciliador de la ex presidenta de la Fed es un valor que reconocen tanto sus defensores como sus detractores.  

Crecimiento del PIB de USA

Un estilo que ya inculcó y que conoce de su etapa en la Reserva Federal, donde el consenso de la institución monetaria utiliza un lenguaje diplomático y unos usos políticos que amortiguan las discrepancias y el disenso de las reuniones de su Comité de Mercado Abiertos, el foro en el que se dictaminan los movimientos del precio del dinero. Y que tendrá que volver a emplear junto a las bancadas republicanas del Congreso -Cámara de Representantes y Senado- para prolongar la contención de la crisis del coronavirus con nuevos arsenales de ayudas y subsidios. Durante su periplo al frente de la Fed atendió propuestas republicanas sobre modificaciones legislativas y ahora, desde el Tesoro, mantendrá la entente cordiale con su sucesor en la máxima autoridad monetaria, convienen en anticipar los observadores políticos y económicos. Entre otras razones, porque de que la Fed y el ministerio de Economía (Tesoro) estadounidense se sitúen en la misma longitud de onda depende el éxito de las dos prioridades de, al menos, la primera etapa de la Administración Biden: el combate final contra el coronavirus y la reactivación económica. Frente al intento de Mnuchin de acabar con los mecanismos de auxilio fiscal. El todavía responsable de la política económica de Trump declinó la pasada semana extender varios programas de crédito impulsados desde la Fed con la llamada Cares Act, que entró en vigor a comienzo de este año. En contra del criterio de Powell, que se opuso a devolver cientos de miles de millones de dólares al Tesoro y a que el Congreso aceptara la propuesta de Mnuchin de que fuera el Tesoro el que gestionara el despliegue de los recursos puestos a disposición del sistema productivo por parte de la Reserva Federal. Un punto criticado en campaña por Biden y que Yellen revertirá de nuevo a la Fed.    

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“Esta disonancia entre el Tesoro y la Reserva Federal no es precisamente lo que necesita EEUU”, explica Diane Swonk, economista jefe en Grant Thornton, “sino, más bien, un frente de unidad, una acción concertada que vaya en la dirección correcta”. Swonk recuerda que Powell fue uno de los miembros del comité ejecutivo de la Fed durante el periplo presidencial de Yellen. Y hace escasas fechas, esta economista especializada en el mercado laboral, de 74 años, avanzó, antes de que se desvelase su nominación al frente del Tesoro, que la extensión de la política de tipos de interés bajos de la Reserva Federal será determinante y debe coincidir con una prolongación de los gastos federales para frenar los daños colaterales sobre la economía de la crisis sanitaria. “Mientras la pandemia afecte con virulencia sobre la economía se necesitarán apoyos fiscales de carácter extraordinario e, incluso, más adelante, si fueran precisos para sostener el despegue de la actividad”, dijo el pasado 19 de octubre. “Podemos abordar mayores niveles de deuda, ya que el precio del dinero, probablemente, permanecerá barago durante bastantes años todavía”, apuntó. 

La visión de Yellen sobre China difiere de la percepción de Mnuchin. En una comparecencia en el Congreso, aún como presidenta de la Fed, en 2018, cuando se iniciaron las batallas tarifarias entre las dos mayores economías del mundo, ya advirtió que la Gran Factoría global “no era la causante” del importante déficit comercial de EEUU. Conocedora de las directrices económicas y monetarias de Pekín -acudió a reuniones del G-20 con sus homólogos, los gobernadores de los bancos centrales de sus estados miembros- afirma que no aprecia “prácticas de dumping” en la acción exterior de las empresas chinas. El agujero comercial americano -entiende- exige nuevas medidas de productividad y competencia por parte del sector exterior de su país. Y claras líneas de entendimiento multilateral para impulsar el comercio internacional y bilateral con Pekín para que abandone la banda de fluctuación sobre su divisa y se incorpore con garantías y avales como economía de mercado a una globalización más ordenada. “Yellen comprende que un diálogo de entendimiento con China no debe caer en el error de respaldar métodos proteccionistas, sino la búsqueda de espacios compartidos, algo que requiere de una diplomacia de soft-power, de una mayor precisión”, explica el economista indio Eswar Prasad, de la Universidad de Cornell.     

Yellen está casada con el Nobel de Economía George Akerlof, con quien ha compartido estudios en los que han defendido conceptos como la satisfacción laboral y los salarios justos. Una teoría que intenta conectar con Wall Street y los beneficios de los activos bursátiles y con la que trata de inculcar una mayor sintonía entre las finanzas y el mercado de trabajo. Pero también un claro intento de que se repita lo que numerosos economistas catalogaron de error tras el tsunami de 2009, cuando el Congreso zanjó súbitamente los planes expansionistas e impuso la austeridad y dejó casi en exclusiva en manos de la Fed el impulso económico a través de controvertidos -para algunos- planes de compra de activos y deuda soberana y corporativa. A imagen de los que puso en marcha el BCE en la zona del euro. En este punto, tiene el respaldo de Biden. Partidario de mantener el arsenal fiscal hasta superar la Gran Pandemia económica para con posterioridad, ir adelgazándolos de manera paulatina. Una estrategia que dependerá de hacia dónde se incline el último de los escaños del Senado, aún en revisión, presumiblemente hasta enero, en Georgia.   

El resto de nombramientos de puestos clave también desvela el cambio doctrinal y estratégico de la Casa Blanca. Al frente de la Secretaría de Estado surge la figura de Antony Blinken, al que acompañará como asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, y Linda Thomas-Greenfield, que será la embajadora ante Naciones Unidas. Biden, primer presidente desde George Bush padre con experiencia en Política Exterior, forja una terna de diplomáticos con amplio bagaje idónea para cumplir con su promesa de restauración, que no transformación, de la acción internacional de EEUU. Y de adaptación. Porque el itinerario debe tener muy presente que el status quo global ha cambiado drásticamente desde 2016. Las pautas que seguirá en el nuevo orden mundial no van a significar una etapa conciliadora con Rusia y China. Todo lo contrario. Frente a las tácticas más agresivas en el terreno militar, en investigación espacial y en influencia en áreas convulsas como Oriente Próximo -en el caso de Moscú- o ante sus vecinos del Sudeste Asiático, en África o en América Latina -donde el doble rasero de Pekín de seguir siendo receptor de ayudas de las instituciones multilaterales y prestamista de grandes obras de infraestructuras en países que les ha suministrado materias primas esenciales en las dos últimas décadas- Washington impondrá unos criterios estrictos. De tratamiento de rivales geoestratégicos en toda regla. Como Europa ha instaurado en su última revisión de su política exterior, la pasada primavera. En su labor de contención de las ínfulas rusas y chinas por abordar la hegemonía global, volverá a ocupar un lugar destacado la centralidad de la democracia, la gestión del orden global, una respuesta ante el Covid coordinada internacionalmente y, sobre todo, el retorno del multilateralismo. 

Posiciones oficiales estadounidenses en conflictos -o puntos geopolíticos calientes- como Corea del Norte, la relación entre Israel, los emiratos y Arabia Saudí frente a Irán o Siria, manejados en los últimos años por Mike Pompeo, variarán sus objetivos y las directrices diplomáticas. Al igual que asuntos que han entrado en un limbo peligroso, como la renovación de la estructura y de la cúpula de la OMC, que traerá consigo una revisión de las relaciones de libre comercio, o como la tributación a las multinacionales, la posición de dominio en la que han incurrido las bigtechs -a juicio de la Justicia americana, que ha abierto un procedimiento sancionador y judicial contra Google, mientras Europa avanza hacia la instauración de tasas específicas en el sector que eviten elusiones fiscales- o la implantación de nuevas reglas de juego en sectores e industrias concretas y afectadas especialmente por la Gran Pandemia. 
La elección de Blinken como jefe de la diplomacia estadounidense es sintomática. Porque se ha hecho con un puesto neurálgico y ha superado a un elenco de aspirantes con mayor notoriedad y celebridad. Táctica empleada por sus antecesores, que se decantaron por figuras como Hillary Clinton, John Kerry o Colin Powell. Pero A Biden le une con Blinken 18 años de trayectoria política y experiencia, labrada con apoyos sistemáticos tanto de Sullivan como de Thomas-Greenfield. “Ya son una estructura operativa propia”, dicen algunos analistas diplomáticos, que suman a este tridente a Avril Haines, la primera mujer en acceder al cargo de subdirectora de la CIA, en 2013, como responsable de la Inteligencia Nacional. O al hispano Alejandro Mayorkas, al frente del Departamento de Seguridad Interior. Y, por supuesto, a Kerry, el segundo de los secretarios de Estado de la era Obama y que asumió la dirección de la diplomacia americana cuando Clinton le cedió el cargo para preparar su candidatura a las elecciones de 2016 como cabeza de cartel demócrata. Kerry asume el papel de zar del Medio Ambiente, un puesto que absorbe gran parte de la estrategia exterior -también doméstica- para sepultar el negacionismo climático y acabar con la supresión de las numerosas normas en favor de la sostenibilidad que ha caracterizado a la Administración Trump. El Enviado de Cambio Climático, acepción terminológica con el que se conocerá a Kerry, será el timonel del cambio de rumbo estadounidense hacia la economía verde, el ejecutor del Green New Deal -cuyas medidas están aún por dilucidar- y el artífice de la vuelta del país más contaminante del planeta a los Acuerdos de París de 2015. 

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