Una de las claves que estamos viendo en los últimos años es la distancia entre la narrativa mediática y la realidad estratégica. Durante mucho tiempo se ha presentado a Donald Trump como un actor impulsivo o imprevisible. Sin embargo, cuando analizo sus decisiones desde una óptica de mercado, lo que observo es una lógica bastante definida, especialmente en coordinación con Benjamin Netanyahu y en el marco de la competencia global por el liderazgo tecnológico.
Creo que es fundamental entender que nos encontramos en plena nueva revolución industrial, la de la inteligencia artificial. Y en este contexto, la verdadera batalla entre Estados Unidos y China no es ideológica, sino por el control de los recursos críticos. China domina claramente el mercado de tierras raras, con el 70% de la extracción y procesamiento del 90%, lo que sitúa a Estados Unidos en una posición de dependencia especialmente delicada, sobre todo en sectores estratégicos como la defensa. A la inversa, China necesita chips avanzados y la tecnología para fabricarlos, un ámbito donde Occidente mantiene ventaja.
Desde ahí interpreto las decisiones que hemos visto en los últimos años. Las subidas de aranceles fueron un primer paso que pesó en China, pero el verdadero punto de presión llegó con las restricciones a la exportación de semiconductores avanzados y maquinaria asociada, medidas que también se mantuvieron bajo la administración de Joe Biden. Este movimiento sí impactó directamente en las élites tecnológicas chinas, provocando una respuesta contundente: el control de las exportaciones de tierras raras, ampliado significativamente en 2025. Con ello, ambos llegaron a un acuerdo y se suspendieron los controles.
A partir de ese momento, la estrategia cambia de dimensión y entra de lleno en el terreno energético. China depende en gran medida de importaciones de crudo, especialmente de países como Venezuela y Irán, que además ofrecen petróleo con descuento por las sanciones. Regiones como Shandong, clave en el refinado, reflejan esa dependencia. Por eso interpreto que los movimientos de Estados Unidos en 2026 buscan precisamente tensionar ese suministro y elevar los costes para la economía china.
El siguiente nivel estratégico lo sitúo en el control de rutas clave como el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte esencial del petróleo y gas que importa China. Cualquier alteración en este punto tiene un impacto directo sobre su capacidad energética y, en última instancia, sobre su desarrollo tecnológico. Al mismo tiempo, veo cómo se reactivan alternativas logísticas en Oriente Medio, lo que refuerza el papel de Israel en este nuevo equilibrio.
Todo esto configura, a mi juicio, una reordenación global en la que cada actor busca reposicionarse: Rusia como proveedor energético, China diversificando suministros, y Estados Unidos tratando de reducir su vulnerabilidad estructural. Es un juego de equilibrios donde la energía, la tecnología y la geopolítica están completamente entrelazadas.
Lo más interesante desde el punto de vista de mercado es que, pese a toda esta tensión, los activos no reflejan el nivel de miedo que sí percibo en el discurso público. El S&P 500 se mantiene cerca de máximos, mientras que indicadores como el sentimiento del consumidor siguen deprimidos.

Esta divergencia me hace pensar que existe una desconexión clara entre percepción y realidad, y que muchos inversores están tomando decisiones más influenciados por el ruido que por los fundamentales.
Por eso, mi conclusión es bastante clara: estamos ante una competencia estructural entre potencias por el control de los recursos que definirán el futuro de la inteligencia artificial. Y, desde el punto de vista bursátil, entender esta dinámica es clave para no dejarse arrastrar por narrativas alarmistas que, en muchos casos, no se reflejan en el comportamiento real del mercado.