Añadir Estrategias de Inversión en Google
Durante cuatro décadas, las empresas han optimizado sus estructuras de capital y sus cadenas de suministro. El objetivo era maximizar la creación de valor para los accionistas limitando la inversión, fomentando las recompras de acciones y operando con el menor nivel posible de inventarios y capital propio, mediante un mayor recurso a la deuda.
Sin embargo, la pandemia de COVID-19 y las posteriores tensiones geopolíticas han puesto de manifiesto las deficiencias de un modelo excesivamente optimizado. Por tanto, la construcción de resiliencia ha pasado a tener prioridad sobre la eficiencia en los objetivos empresariales: producir más cerca del consumidor, aumentar la resiliencia de las cadenas de suministro, asegurarse frente a riesgos cibernéticos, climáticos y operativos, y operar con mayores niveles de capital propio, inventarios y reservas estratégicas. Sin embargo, esta estrategia tiene un coste: la resiliencia y la soberanía se construyen mediante inversiones en bienes de capital (CAPEX), concentradas en torno a las cuatro «D»: Defensa, Descarbonización, Digitalización y Desglobalización.
Este CAPEX se financia mediante una combinación de endeudamiento público (a través de una fuerte expansión fiscal) y capital privado. Por ejemplo, en el ámbito de la inteligencia artificial, es principalmente el capital privado el que financia la construcción de infraestructuras. Por tanto, el impulso hacia la resiliencia aumenta la necesidad de que las empresas obtengan capital. Es probable, por ello, que recurran en mayor medida a los mercados cotizados y privados: ampliaciones de capital de gran tamaño (en 2026, Google realizó la mayor ampliación de capital de la historia de una empresa cotizada), emisiones de acciones y salidas a bolsa, emisiones de bonos de gran volumen, una mayor convergencia de la deuda privada hacia el universo investment grade y grandes operaciones de private equity, tanto en mercados primarios como mediante fondos de continuación.
Esto tiene tres consecuencias principales. Por un lado, un empinamiento de las curvas de tipos, acompañado de una política monetaria tan acomodaticia como sea posible y de una importante expansión fiscal. Por otro, la necesidad de que los asignadores de activos adapten sus políticas de inversión. Por último, un cambio estructural en la creación de valor dentro del private equity.
El aumento en la pendiente de las curvas de rentabilidad
El entorno reflacionista no responde únicamente a la crisis energética surgida con la guerra de Ucrania y agravada posteriormente por las tensiones en el Golfo Pérsico. Como acabamos de señalar, la desglobalización y la construcción de resiliencia implican costes, una menor eficiencia y son inflacionarias. Una enorme expansión fiscal también es inflacionaria, al igual que la adopción de políticas migratorias más restrictivas. Los efectos deflacionarios de la inteligencia artificial (IA) se han anticipado plenamente, pero, a corto plazo, las necesidades de inversión en IA están impulsando al alza los precios de los componentes electrónicos, la electricidad e incluso el agua.
Por último, la debilidad de las divisas asiáticas (RMB y JPY) había estado ocultando estas presiones inflacionarias, pero la reciente apreciación del RMB está mitigando este factor deflacionario para la economía mundial.
¿Qué implican estos aumentos de los tipos a largo plazo para los activos de riesgo?
En renta variable, tanto cotizada como private equity, la expansión de múltiplos será más difícil de cara al futuro, y la creación de valor dependerá más del crecimiento de los beneficios que del aumento de los múltiplos de valoración y de la refinanciación de la deuda.
Cabe señalar que, debido a un entorno reflacionario sin precedentes desde la década de 1970, los bonos soberanos no están desempeñando, por el momento, su tradicional función de activo refugio que han desempeñado durante décadas.

