Millones de turistas visitan anualmente la ciudad de Nueva York y pasean frente a la famosa fachada de la bolsa de valores más importante del mundo: la New York Stock Exchange, en Downtown Manhattan.
Lo que la mayoría de ellos no sabe es que desde hace años ya no es en el mítico edificio en el número 11 de Wall Street donde las operaciones bursátiles tienen lugar. La verdadera New York Stock Exchange se encuentra en Mahwah, Nueva Jersey, dentro de una enorme caja negra, en una especie de fortaleza de alta seguridad.

En torno a esa caja en la que se casan las órdenes de compra y venta de títulos, lo único que puede encontrarse son 37.000 metros cuadrados de servidores y ordenadores de última generación de brokers y bancos compitiendo por rascar hasta el último milisegundo en tiempo de operación. Cientos de millones de dólares invertidos en una carrera por ser el trader más rápido.

Durante las últimas fechas, la polémica en Wall Street ha estado marcada por la publicación del libro “Flash Boys”, del popular escritor Michael Lewis. La campaña publicitaria comenzó con una entrevista en el programa ´60 Seconds´, de la CBS, en la que el autor resumía el mensaje central del libro: “El mercado está amañado”. Su tesis es que desde hace algunos años, un depredador campa a sus anchas por los mercados financieros: los HTFs o high-frequency traders.

El libro, como todos los de Michael Lewis, es vibrante, está muy bien escrito. También es, como de costumbre, polémico. El protagonista de la historia central del libro es Brad Katsuyama, un antiguo trader del Royal Bank of Canada en Nueva York que empieza a investigar por qué en ocasiones sus órdenes de compra o venta de acciones se desvanecían o no se completaban como él esperaba.

¿Qué estaba pasando? Al pulsar ‘Enter’ desde su mesa de trading, su orden viajaba hacia los múltiples exchanges localizados en diversos puntos de Estados Unidos. La orden no llegaba a todos los puntos al mismo tiempo, sino que tenía un pequeño decalaje en función de la distancia geográfica a la que se encontraba cada exchange. Una diferencia de unos microsegundos, antes irrelevante, ahora es todo un mundo. Los HFTs detectaban cómo la orden llegaba al primer exchange, en Nueva Jersey, y eran capaces de anticiparse a Brad y compraban en los demás gracias a la insólita velocidad de estos nuevos operadores de alta frecuencia.

No hay duda de que el HFT ha supuesto una innovación disruptiva en toda regla. La tecnología ha cambiado la forma en la que los mercados financieros operan. Lo cierto es que la agresiva competencia de los HFTs ha supuesto, en términos generales, un beneficio sin precedentes para los inversores tradicionales. Los HFTs aportan una gran liquidez al mercado y son en parte la causa del estrechamiento de los bid-ask spreads, los márgenes entre mejor oferta de compra y de venta disponibles en el mercado.

Esta revolución ha supuesto una competencia feroz a los intermediarios financieros tradicionales. Al fin y al cabo, los operadores que antiguamente se encargaban de hacer arbitrajes, que buscaban contrapartida a sus clientes o que aportaban liquidez a los mercados, por ejemplo, se han visto en muchos aspectos superados por una tecnología que lo hace mucho más rápido y a menor precio para el inversor. No es de extrañar que la gran mayoría de los detractores que los HFTs se han cosechado en el mundo de Wall Street no provengan principalmente de inversores, sino de los competidores que se han quedado obsoletos.

Los detractores, claro está, también tienen buenos argumentos para criticar a los HFTs. Los principales son tres. El primero es el descrito por Brad Katsuyama en el libro de Lewis: que se anticipan a los movimientos de otros traders, dificultando su operación y costándoles dinero. Es, en palabras del propio Lewis, front-running legalizado. El segundo es que provocan inestabilidad en el sistema. Se pone como ejemplo el Flash Crash, sucedido el 6 de mayo de 2010, en el que en cuestión de minutos el Dow Jones se desplomó más de un 9% y volvió a recuperarse.

La causa, dicen, fueron los propios algoritmos de los HFTs los que derribaron la cotización, aunque lo cierto es que existen dudas de que así fuera. El tercer argumento es que algunos exchanges les permiten leer órdenes de otros participantes fracciones de segundo antes de que sean públicas, permitiéndoles ser los primeros en reaccionar. Es el denominado flash trading.

¿Cómo resolver estos problemas potenciales? Lo mejor del libro de Michael Lewis es que no recurre a la fácil solución de pedir al regulador que intervenga para proteger a los traders tradicionales frente a la competencia de los HFTs. Al contrario. El propio Brad Katsuyama se pone manos a la obra para encontrar una solución por la vía en la que debería dirimirse en un mercado libre: compitiendo. En primer lugar crea una herramienta que ofrece a sus clientes. Consiste en un programa, Thor, que permite enviar las órdenes de tal forma que llegue a todos los exchanges al mismo tiempo. Así garantiza a sus clientes que nadie puede arbitrar entre sus propias órdenes.

La segunda es la creación de un exchange a prueba de HFTs: el IEX. Quienes quieran operar en él no tendrán que preocuparse de flash trading o de que los HFTs se anticipen a sus órdenes. Tampoco tendrán, no obstante, los potenciales beneficios en cuanto a liquidez y reducidos spreads que los HFTs aportan a los inversores. En resumen, la solución es que cada exchange ponga sus normas, que compitan unos contra otros, y que los clientes escojan lo que más les beneficie.

@ignaciomoncada

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.