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En julio de 2010 España era, probablemente, el país con mejor imagen del planeta. Veníamos de ganar la Eurocopa y acabábamos de conquistar nuestro primer Mundial jugando un fútbol que maravillaba incluso a quienes jamás habían sentido la menor simpatía por nuestra selección. No fue sólo la victoria. Fue la forma de alcanzarla. El equipo dominaba los partidos con talento, paciencia y una seguridad casi impropia de un país tan acostumbrado a desconfiar de sí mismo.

Al frente estaba Vicente del Bosque, un hombre de tono sosegado, escasamente dado al espectáculo y todavía menos interesado en convertir cada éxito colectivo en una exhibición personal. Aquella selección transmitía excelencia sin arrogancia. Parecía formada por futbolistas extraordinarios que, además, seguían comportándose como tipos normales, con ese beso de Íker Casillas a Sara Carbonero como epítome de espontaneidad, autenticidad y sencillez que ponía la guinda a una historia idílica.

Durante unas semanas, el mundo nos puso por las nubes, algo que recordó de nuevo a nuestra entrada en el Euro, cuando España por fin fue vista como una sociedad moderna, abierta, competitiva y optimista. Nuestras empresas se habían internacionalizado, nuestras infraestructuras se estudiaban fuera, nuestras ciudades atraían turismo, talento e inversión y el país proyectaba una capacidad de hacer bien las cosas que contrastaba con muchos de nuestros complejos históricos. 

Los atentados del 11-M fueron un mazazo terrible que sumió aquello en el olvido, pero de repente, llegó ese éxito futbolístico global de un país que nunca logró nada en ese terreno. De nuevo, se demostraba que, si nos lo proponíamos, no nos paraba nadie. El futuro parecía nuestro. Una demostración así era la prueba de que, seguramente, podríamos darle la vuelta a la crisis financiera de entonces, si nos lo proponíamos.

Pero lo hicimos todo mal.

En 2011, Mariano Rajoy consiguió una mayoría absoluta histórica. Millones de votantes dieron aquel respaldo para hacer lo que ningún Gobierno débil y sin formación habría podido acometer: reformar la Administración, eliminar duplicidades, liberalizar mercados, simplificar impuestos, recuperar la disciplina presupuestaria y sentar las bases de un nuevo ciclo de crecimiento. Volver a darle impulso al país. 

Rajoy y su equipo hicieron lo contrario. El Partido Popular había construido buena parte de su discurso alrededor de la reducción fiscal. Nada más iniciar su mandato, el Gobierno elevó el IRPF y el IBI y, posteriormente, también el IVA, en un primer consejo de ministros que recuerdo con horror, con la portavoz Soraya Sáenz de Santamaría poco menos que escupiéndonos las medidas a la cara. La explicación fue que la situación fiscal heredada era mucho peor de la temida, (¿qué se esperaban?), pero aquello constituyó un engaño político difícil de olvidar. 

Se le metió la mano en el bolsillo a la sociedad, (eso sí lo saben hacer nuestros políticos), pero no llegaron reformas relevantes. Bueno, una sí: la Agencia Tributaria. Hacienda mutó desde una organización destinada a facilitar el cumplimiento de las obligaciones fiscales a una formidable maquinaria de recaudación, diseñada para controlar nuestras vidas y decidir sobre ellas. El contribuyente dejó de sentirse tratado como un ciudadano que sostiene al Estado, convirtiéndose en un sospechoso que debía demostrar permanentemente su inocencia. Si antes daba miedo, ahora da pánico. 

España necesitaba una revolución reformista y recibió una subida de impuestos.

Estalló el caso Bárcenas, que fue otra excusa para un Gobierno que, en lugar de trabajar, dedicase su tiempo a defenderse. En realidad, los rumores sobre la financiación irregular del Partido Popular llevaban años circulando. Fue El País quien publicó el 31 de enero de 2013 las hojas manuscritas que se conocerían como los papeles de Bárcenas, convirtiendo aquellas sospechas en un terremoto político e institucional, aunque eran hechos acaecidos hacía años. 

Pero, más allá del encarcelamiento de Bárcenas, de la desconfianza social, del hundimiento electoral del PP y del cambio de Gobierno, ¿qué reforma estructural produjo aquel escándalo? Ninguna. Ni siquiera en materia de financiación de partidos, que tiene tela la cosa. Sólo tuvimos el eterno ‘quítate tú, que me pongo yo’. A las pruebas podemos remitirnos: los casos siguen es pufos en las grandes agrupaciones políticas han continuado, corregidos y aumentados. El responsable del PSOE también ha pasado por la cárcel. Y, con las tornas cambiadas, el único programa ‘popular’ es el citado: 'idos ya, que nos toca a nosotros'.

Pero todavía peor fue el procés. La fractura catalana no apareció de la noche a la mañana, pero durante aquella década alcanzó una dimensión que pocos habían imaginado. Cientos de miles de personas se movilizaron contra España en la Diada de 2012, dos años después de que Xavi Hernández gritase “¡Viva España!” en las celebraciones con toda la afición en Madrid, y una parte de las élites políticas, culturales y deportivas que había celebrado el Mundial, se sumó a la marea independentista. Incluyendo algunos jugadores de esa selección que ganó el mundial. Fue duro y triste.  

El procés se saldó con una calamitosa marcha de empresas de Cataluña, a las que se les impuso un enorme problema totalmente ajeno a sus cuitas. Miles de gamberros defensores de la independencia se dedicaron a cortar el tráfico y crear disturbios. El cabecilla del movimiento, Carles Puigdemont, se fue del país en el maletero de un coche. Y, por cierto, poco después se supo que los grandes instigadores de todo eso, el clan Pujol, tenía dinero evadido en Andorra procedente de la corrupción, hecho que negaron años y años, culpando al Gobierno de esas falacias. Mientras sacaban dinero y mentían, instigaban a la gente a un proceso rupturista de consecuencias terribles.    

Tras el procés llegó el sanchismo. Es decir, una forma de ejercer el poder en la que la supervivencia parlamentaria terminó imponiéndose sobre cualquier modelo coherente de país, valor, ideología o palabra dada. La política española pasó a depender de mayorías negativas, pactos contradictorios y negociaciones continuas con partidos cuyo proyecto declarado consiste, precisamente, en debilitar la nación común. Con la corrupción a todo trapo, absolutamente descarada, innegable, imparable, que se negaba con rostro impertérrito por parte de los implicados, amparados, entre otras cosas, en la degradación de instituciones.

Aquel Mundial de 2010 fue un gran culpable de esa fragmentación. Parte del país quiso apropiarse de aquel logro de manera sectaria. Algunos lo convirtieron en una victoria del Barcelona y otros en ataque al Real Madrid. Otros pretendieron presentarlo como la expresión de una España progresista y abierta; otros, como una reafirmación patriótica de signo conservador. Los independentistas trataron de separar a “sus” jugadores del resto y los españolistas respondieron exigiendo certificados permanentes de adhesión nacional. 

Un éxito que debía pertenecernos a todos terminó siendo sometido a la lógica de las trincheras. Como siempre. El eterno mal de este país, que, seguramente, lleva algo de eso en su adn: Barcelona contra Madrid, izquierda contra derecha, españolistas contra independentistas, ricos contra pobres, empresarios contra trabajadores, creyentes contra laicos. Público frente a privado. Así todo. 

Puede decirse que, después de 2010, España tiró por el retrete esos 15 años.

Y, sin embargo... 

Y, sin embargo, hemos vuelto a enamorar al mundo. España ha repetido el ciclo de lograr una Eurocopa y un Mundial seguidos. Lo ha hecho con una selección exquisita, competitiva y extraordinariamente joven; una selección también de tipos normales (qué gusto da ver a Merino, Unai, Rodri, Porro, Cubarsí, Oyarzábal... todos), alejada de la grandilocuencia y capaz de representar una España mucho más atractiva que la que aparece cada día en la discusión política. 

Existe además un detalle del que deberíamos sentirnos especialmente orgullosos. Millones de personas han salido a la calle para celebrar los triunfos de la selección con total normalidad, sin que las fiestas degeneraran en saqueos, incendios o graves disturbios. Familias enteras, niños, jóvenes y mayores ocuparon las plazas durante horas con una normalidad que solemos dar por supuesta, aunque no lo sea en absoluto.El miércoles se podía circular por Madrid y nadie diría que las calles fueron tomadas por la marabunta humana. No había destrozos, ni siquiera basura

La ausencia de violencia no suele convertirse en noticia. Quizás debería. Porque somos muy buenos en esto, también. Constituye una muestra de capital cívico, convivencia y autocontrol.

Revela que, bajo el ruido político, España sigue siendo una sociedad bastante más sensata de lo que sugieren sus dirigentes. Las celebraciones multitudinarias han vuelto a proyectar al exterior una imagen de alegría, pluralidad y unidad nacional, de las que carecen otros países, muchos de ellos, más importantes que nosotros. 

La prensa internacional vuelve a hablar maravillas de nosotros porque, en realidad, somos un país cojonudo. 

Tenemos una sociedad pacífica, empresas competitivas, ciudades extraordinarias, buenas infraestructuras, talento, capacidad de integración, una lengua global, una posición geográfica privilegiada y una forma de vida que atrae a medio mundo. Seguimos siendo uno de los grandes destinos turísticos, pero también podemos ser un gran destino para el capital, la innovación y el talento internacional. "Sois el mejor país de Europa y aun no os habéis dado cuenta", me dijo en 2006 un presidente extranjero de una empresa española.  

Nuestro problema no es España, es nuestra pésima casta política y la manipulación continua.

Este Mundial tiene que traer una concienciación contra nuestra clase dirigente. La sociedad debe tomar el mando. Exigir medidas de crecimiento económico real, no de falsas dádivas, porque el crecimiento económico no es una obsesión contable, es la condición material de la integración. Todo es economía. Tiene que llegar, sí o sí, empleo, sueldos al alza no por ridículas medidas de impulso del salario mínimo, liberalización real de la vivienda y estímulo fiscal. Porque el colofón al drama esbozado antes con esos años tirados a la basura es una renta per cápita de hace más de 15 años y una estructura de salarios para llorar, donde el sueldo más percibido es el SMI. Penoso.   

Cuando una sociedad crece, resulta más sencillo incorporar al recién llegado, financiar los servicios públicos y construir espacios compartidos. Cuando se estanca, cada grupo empieza a considerar al otro un competidor que impide su vida y le penaliza. Y empieza el conflcito.  

Para todo esto, por supuesto, se necesita inversión, seguridad jurídica, energía asegurada, ahorro productivo, mercados de capitales, educación exigente. Y una Administración menos hostil, que deje de castigar a quien prospera. Con gestores con conocimientos y no los ilustres indocumentados que acceden a los cargos, con la militancia como único aval profesional

Necesita, en definitiva, un modelo de país.

Por cierto, ahí aparece Alberto Núñez Feijóo. Es posible que termine llegando a La Moncloa en un año. ¿Será otro bluff? ¿Volverá a utilizar la herencia recibida como excusa para hacer lo debido? ¿Será capaz de recordar que en 1996 hubo un Gobierno que nos cambió las vidas, sobre todo incentivando los mercados de capitales

Me temo que no hará nada de esto, pero… soñar es gratis. Ojalá no repitamos la senda 2010-2026. No dejemos que abran grietas entre nosotros. Confirmemos que somos ese país que admiran fuera.