La desaparición de los temores deflacionistas y la mejora de los indicadores económicos en la zona euro, han provocado un rebote de los tipos a largo plazo en Europa, mientras que en Estados Unidos, la esperada aceleración del crecimiento, tras un débil invierno, ha apoyado el hecho de que la Fed aumente tipos antes de finales de año. 

Esta situación, además de afectar a los activos considerados como “seguros” debería haber sido positiva para los activos de “riesgo”, pero no contábamos con el “factor Grecia” y el sinfín de negociaciones frustradas de ida y vuelta entre la esperanza de una resolución y el miedo a terminar en un callejón sin salida. El resultado ha sido que el apetito por el riesgo ha sido mínimo y, por tanto, la contribución positiva de los activos de riesgo a las carteras ha sido menor de lo esperado. Además se ha producido una correlación positiva entre la mayoría de los componentes de una cartera.

Dicha re-correlación de los mercados ha sido un desafío últimamente. Sin embargo, las caídas no son algo nuevo para las estrategias de retorno absoluto. Ya en 2013 experimentaron un reto similar cuando se produjo el famoso “tapering” y en 2011, en medio de la crisis de deuda en Europa. La recuperación fue bastante rápida, entre tres y cuatro meses después de la caída.

Hoy la situación no es totalmente diferente. La economía mundial, especialmente en Europa, está en medio de una guerra contra la deflación estructural. Claramente, el BCE ha ganado la batalla poniendo (de momento) un suelo a la espiral de deflación, ayudado por el euro y el rebote de los precios del crudo desde marzo. De todas formas, incluso si las reformas adoptadas por las grandes economías tienen éxito, el camino restante será largo y complicado.

Como resultado, la disminución agresiva de la exposición a bonos o el riesgo de duración (mientras se mantiene relativamente el mismo riesgo de renta variable) puede llegar a ser solamente un movimiento táctico, con un potencial coste de oportunidad elevado, ya que es más difícil calcular el timing correcto en los mercados de bonos que en los de renta variable. Reducir ambos riesgos (bonos y renta variable) de una manera equilibrada, podría ser incluso peor, ya que seguimos pensando que en un escenario de reflación (temporal), esta correlación positiva entre bonos y renta variable no puede durar mucho. Nuestra postura habría sido diferente si la economía estuviera a punto de pasar a un entorno de inflación procíclico.

La buena noticia es que los retornos esperados en el segmento de bonos y, en menor medida, también en los valores de renta variable, han aumentado. En otras palabras, la corrección en los dos últimos meses ha creado un terreno fértil para las actuaciones futuras y también nos permitirá asumir menos riesgo de duración, de crédito o en renta variable de cara al futuro.