“Menú cargado” el de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy para el encuentro de ayer, tal y como afirma la prensa francesa al que, en esta ocasión, el plato principal lo firma la denominada tasa Tobin sobre las transacciones financieras. De su mano ha venido el segundo encontronazo entre París y Londres y eso que 2012 aún se está desperezando. Con una calculada inyección para las arcas de la Unión Europea de unos 57.000 millones de euros, esta tasa mezcla las ansias de papel de los gobernantes, los temores de la City londinense y los movimientos sociales de medio mundo que ven en ella la encarnación de un mundo mejor. Estados Unidos, mientras, se frota las manos.

Las reglas son una buena herramienta si todo el mundo –en su sentido más amplio- las sigue. Es situación similar la del Protocolo de Kyoto sobre contaminación, el Tratado de No-Proliferación que a Irán le produce tanta risa y ahora resurge de sus cenizas la tasa Tobin. Hay que remontarse a la década de 1970 para encontrar su origen en el economista estadounidense James Tobin cuyo propósito era el de favorecer el libre mercado ajeno a especulaciones malintencionadas. Nada de movimientos sociales ni de ayuda al Tercer Mundo. Hoy, sin embargo, -y por fortuna- ha tomado otro cariz. Pero, ¿qué es exactamente la tasa Tobin?

La tasa Tobin es un impuesto destinado a gravar con un 0,1% las transacciones con acciones y bonos y otro 0,01% las operaciones con derivados. Según cálculos realizados por la Comisión Europea, la aplicación del denominado ITF daría como resultado una recaudación de 57.000 millones al año a partir de 2014 sólo dentro del ámbito comunitario. El tema –como ya se ha comentado- no es nuevo y existen cálculos a nivel global sobre la repercusión de una tasa de estas características. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) dedujo que de su puesta en marcha podrían recaudarse 720.000 millones de dólares anuales. En esta línea, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo calcula que tan sólo con el 10% del total sería posible proporcionar atención sanitaria a todos los habitantes del planeta, acabar con la malnutrición y proporcionar agua potable en todas las partes del mundo. De ahí que otro de sus sobrenombres sea ‘tasa Robin Hood’.

Este impuesto se limita a las operaciones financieras, es decir, nada de operaciones al contado, ni de préstamos interbancarios, ni de las tan famosas estos últimos tiempos operaciones entidades financieras & bancos centrales. Como señalan los expertos, entre los objetivos se encuentran, por supuesto, conseguir fondos con los que cubrir agujeros tipo, véase crisis económica, castigar a los especuladores –que se verían obligados a pagar cada vez que realicen una operación a corto- y evitar los ataques a las divisas que han provocado auténticos estropicios este último año. Desde ATTAC (Asociación por una Tasa sobre las Transacciones especulativas para Ayuda a los Ciudadanos), destacan, no obstante, lo “inadmisible de que no se aplique a las transacciones de divisas, un mercado que mueve 4 billones de dólares al día”; es más, según datos de la organización, “sólo alrededor del 15% de las transacciones de divisas tiene a un agente comercial en la operación, mientras que el resto se realizan entre instituciones financieras por lo que se trata de operaciones meramente especulativas.”


Tablero europeo: Francia y Alemania & UK, de nuevo
Y van dos veces que el premier británico, Nick Cameron, se ve obligado a salir en la defensa del importante lobby financiero que es la City londinense. Sus cuentas representan entre un 7% y un 14% del PIB británico, según diferentes publicaciones, y el gobierno no está dispuesto a provocar, con alevosía, una espantada de capitales hacia aquellos estados que no implanten este impuesto. “El hecho de que Reino Unido se desmarque del resto de Europa es simplemente porque puede, es decir, tiene su propia moneda y sus propias reglas. Habría que ver cuántos países de la zona euro aceptarían poner la tasa Tobin si fueran "independientes" en ese sentido”,plantea Soledad Pellón, analista de IG Markets.

Según datos facilitados por ATTAC, tres de cada cuatro transacciones se hacen desde Londres y Fráncfort. Cameron lo tiene muy claro y en una entrevista a la cadena BBC ya pronunció su 'no' categórico al ITF al argumentar que la aplicación de la tasa tan sólo en el ámbito comunitario perjudicaría gravemente a la Unión Europea. En el lado de los 'síes' encabezan el manifiesto Francia y Alemania, aunque su tempo es algo diferente. Nicolas Sarkozy habla de una tasa Tobin aquí y ahora que se apruebe a finales de este mismo mes, o a más tardar en marzo, mientras que Merkel, comedida en sus declaraciones, habla de un impuesto de aplicación en toda la Unión y no sólo en aquellos países que se muestren claramente favorables. Soledad Pellón establece una clara diferencia de criterio entre “Alemania, que quiere dejar de pagar lo errores ajenos y pretende que esos fondos sirvan como colchón para las necesidades puntuales que puedan tener los bancos. El sistema bancario es importante en Alemania, pero tiene una industria más importante que es la automovilística, por ejemplo. Algo muy diferente le ocurre a Reino Unido cuyo sistema financiero es la base de su PIB”, por cierto, que la analista se muestra favorable a la tesis de Cameron sobre los riesgos que conllevaría.

El rotativo galo Le Monde se pregunta si no se tratará de una vuelta al impuesto de Bolsa sobre las acciones e identifica una serie de debilidades tales como las enormes dificultades técnicas para tasar los productos derivados; además, estas informaciones no son están siempre disponibles y sacan a colación una gran preocupación en estos últimos tiempos: la deuda soberana. Un ministro de la presidencia gala aseguraba, tal y como recoge Le Monde, que “va a ser difícil decir a los inversores que compren obligaciones del Tesoro Público cuando todas van a estar tasadas (con este impuesto)”.

Tras Reino Unido se encuentra el firme apoyo de Suecia. Hablan, desde luego, con conocimiento de causa (para quien pudiera sorprender su posición tan inamovible...). En 1984, el país escandinavo aprobó la aplicación de un impuesto sobre las transacciones financieras. Un 0,5% de gravamen que duró tan sólo seis años. La experiencia no salió adelante debido, precisamente, a lo que argumenta Cameron estos días: la huída de capitales, sobre todo, hacia los mercados de Londres y Nueva York. El ministro de Finanzas sueco, Anders Borg, ha afirmado con rotundidad que la tasa “incrementaría los costes de capital y reduciría las inversiones, los salarios en términos reales y el PIB de los países”. España, por contra, se ha mostrado en los últimos años muy favorable a la aplicación de la tasa Tobin, con los sindicatos de su lado. Ahora falta por ver si con el nuevo Gobierno soplarán nuevos vientos, aunque no va a ser tan fácil llevar la contraria a la señora Merkel que puede cambiar el color del gobierno, pero hay cosas que no cambian tanto.



James Tobin (1918-2002, Estados Unidos)                                                                                                                            
La tasa sobre las transacciones financieras, también conocida como ITF o ‘Tasa Tobin’, tiene su origen en el economista estadounidense James Tobin a principios de la década de los años 70 después de que el presidente estadounidense Richard Nixon aboliera la convertibilidad del dólar en oro, poniendo fin a un sistema monetario infinitamente menos volátil. Tobin, licenciado en Harvard, vinculó parte de su carrera a la vida universitaria que complementaría con diversos cargos dentro del mundo financiero tales como el asesoramiento a la Reserva Federal o la presidencia de la Asociación Americana de Economía a partir de 1971. Tobin fue galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1981 por sus amplios análisis de los mercados financieros, así como por su simpatía con vincular la economía real al mundo de las finanzas. En este contexto, el economista teorizó sobre la conocida como ‘Tasa Tobin’ o ‘la imposición de tasas sobre el movimiento internacional de capitales para financiar el sistema internacional de pagos’, tal y como fue concebida entonces. A pesar de que se trata ahora de un impuesto estandarte para los movimientos antiglobalización y pro-derechos humanos, el concepto original de la ‘tasa Tobin’ difiere con mucho de la idea que se tiene de ella en nuestros días. Tobin negó la posibilidad de aplicar de facto sobre el sector financiero en la medida que veía imposible que ésta alcanzara a todos los países que realizan transacciones financieras. Asimismo, el objetivo de este impuesto era evitar la exposición del mercado a movimientos especulativos de ‘dinero caliente’ y como vía para fomentar el libre comercio lejos de la inestabilidad que éstos pudieran generar.