Parece que ésta es la moraleja que deriva de la fuerte corrección que está en curso en los mercados emergentes, y en particular en sus mercados de renta fija. ¿Cuántas veces se han puesto estos últimos como ejemplo, especialmente desde la última gran crisis? ¿No se habían convertido prácticamente en el único motor del crecimiento mundial? ¿Su bajo nivel de deuda pública no reflejaba la solidez de sus economías y su excelente gestión de los fondos públicos? En resumen, aparentemente tenían todos los motivos (positivos) para convertirse en los favoritos de los inversores.

El problema es que nadie había examinado realmente las razones fundamentales de este aparente éxito. Como es habitual, ya sea en los mercados, en el FMI o en el aula, los malos estudiantes monopolizan la atención mucho más que los buenos alumnos. Los diferentes ministros de economía que se han sucedido en los últimos tres años en Grecia, Portugal, Italia y España pueden dar fe de esto. El resultado: flujos masivos de capital invertidos en la deuda pública de los países emergentes, en busca tanto de un activo refugio como de mayores rendimientos. Estos se han fundido tan rápido como la nieve al sol, bajo la influencia de esta fiebre… Lo cual es lógico, puesto que la deuda emergente prácticamente ha alcanzado el estatus honorífico de inversión adecuada para inversores cautelosos!

Esto se mantuvo así hasta hace poco cuando, a causa de un evento aparentemente trivial (La Reserva Federal anunció la inminente retirada de QE), los inversores se dieron cuenta de que estos buenos estudiantes también podían dar problemas (una revuelta social en Turquía, en Brasil y antes en Egipto). De repente empezaron a sufrir malas rachas (crecimiento por debajo de lo esperado en muchos de sus mercados) y algunos se “doparon” sin tener en cuenta su salud. Una situación dramática y caótica para los inversores quienes después de haber alabado la deuda emergente, no quieren volverla a tener en sus carteras, o al menos no en tanta cantidad. La estrechez de la puerta de salida ha convertido esta huida precipitada en una derrota.

De hecho, el aparente éxito económico de las economías emergentes también oculta las semillas de los riesgos que pueden desfigurarlo. Para ilustrar este hecho, cojamos un ejemplo reciente que nos es más cercano: ¿Cuáles fueron las dos economías entre todas las de la zona euro que en 2006 ofrecieron al mismo tiempo las mejores perspectivas de crecimiento y el nivel más bajo de deuda pública en proporción al producto interior bruto? Si no lo sabe, eche un vistazo hacia la periferia… España e Irlanda eran de hecho los países preferidos en el mercado de deuda europeo antes de la crisis. En efecto, en aquel momento la deuda pública de estos dos países se percibía como marginalmente menos arriesgada que el sacrosancto Bund (deuda pública de Alemania). Desde entonces, los inversores han tenido suficiente tiempo para meditar sobre los síntomas de una crisis que se estaba cocinando a fuego lento debajo del fuerte crecimiento económico, en concreto una burbuja inmobiliaria había dado lugar al boom del crédito privado, el cual estaba impulsado en gran medida por la financiación extranjera. Con los flujos excesivos de liquidez que el milagro español y el tigre irlandés atrajeron, este círculo virtuoso se convirtió rápidamente en otro vicioso.

¡Serían malas noticias si los inversores en los mercados de deuda no hubiesen aprendido la lección de los mercados emergentes! Y ahora cuidado con Australia, uno de los mejores “buenos estudiantes” en las últimas décadas…