"Gente inteligente arriesga lo que necesita para ganar lo que no necesita" Warren Buffett


Hay cosas que nunca cambian, desde el inicio del comercio, ya en época fenicia, el acreedor siempre ha tenido poder sobre el deudor. Incluso en la economía de trueque, caracterizada precisamente por no cohabitar las transacciones comerciales con las unidades monetarias. Hablar de acreedor implica necesariamente hablar de deuda y la deuda no necesariamente implica ser deuda monetaria. Hay muchos tipos de deuda, probablemente la más importante es la deuda moral, la deuda del deber, la deuda que implica un esfuerzo de generosidad y empatía por parte del acreedor. Pero no estamos para hablar de la deuda moral. Nuestro sistema, de orden económico, coexiste con un patrón monetario mediante el cual realizamos transacciones comerciales. La expansión económica va necesariamente acompañada de la expansión crediticia y el crédito, hablando en idioma capitalista; es sinónimo de deuda moral y económica.

En las empresas conviven dueños o accionistas con el equipo directivo. El equipo directivo pretende maximizar las ganancias para poder incrementar su salario en forma de bonus, mientras que la propiedad tiene el objetivo de maximizar los beneficios para mejorar la rentabilidad de los dividendos. Por lo tanto diría que, el equipo directivo mira por el cash-flow y la propiedad por el ROE. Éste, es la rentabilidad sobre el dinero invertido por la propiedad, y exige un modelo de negocio que controle absolutamente el nivel de deuda o bien los recursos monetarios aportados. Mientras que el cash-flow implica un riesgo conocido; el apalancamiento. Bajo este razonamiento, el equipo directivo podría caer en la tentación de apalancar el balance, en contra de los intereses de la propiedad, para justificar unos elevados beneficios e incrementar su salario. Este conflicto de intereses puede llevar a un claro perjuicio para los accionistas, puesto que la expansión crediticia suele darse con bajos tipos de interés en la parte baja del ciclo económico. Sin embargo, cuando la economía entra en fase de recesión, la bajada de ventas va ligada a el incremento de los costes financieros, reduciendo los márgenes, y lo que es peor, minorando la capacidad de amortizar deuda.

En los momentos de mayor prosperidad económica la codicia y ambición desmesuradas del equipo directivo y no controladas por una propiedad dominante y responsable, puede llevar a un apalancamiento totalmente dañino a las compañías más rentables del ciclo presente. No hay que olvidar que la economía es cíclica y que el afán por generar beneficios lleva a las compañías a sentar las bases de una posible futura quiebra. Como ven, la deuda es determinante para maximizar de forma artificial las ganancias y, a su vez para complicar el futuro de la compañía de una forma muy real.

A lo largo de los últimos veinte años hemos podido observar de qué manera un sector económico es capaz de producir un riesgo sistémico por culpa de la deuda económica, aunque también moral. La moralidad es la que nos exige saber qué es lo que podemos deber más que lo que podemos pagar. La capacidad de entender que es lo que podemos deber afecta al sentido común y al buen juicio de las personas que dirigen un negocio ya que lo que se puede pagar muchas veces es fruto del momento económico más que de la habilidad de un equipo directivo capaz de generar beneficios. Por ello la moral, la deuda moral, es tan o más importante que la económica, puesto que una es causa y la otra absoluto efecto.

En el año 2.000 la desmesurada codicia de los jóvenes emprendedores que vieron en internet un nuevo paradigma económico y empresarial llevó a la banca a financiar proyectos empresariales y operaciones corporativas multimillonarias por ideas que analizadas hoy parecen ridículas. Las ideas empresariales se sucedían por doquier y la codicia e ingenuidad humana, llevaron al mundo a pensar en mercados globales con costes ridículos, sin valorar el tiempo necesario para la lógica revolución tecnológica y lo que es más preocupante, sobrevalorando el valor y con ello el precio y como decía el poeta, sólo el necio confunde valor con precio. Pero lo humano es así, simplista en lo grupal y exigente en lo individual y como sabemos, el individuo sucumbe a la personalidad del grupo y la codicia deriva en lo popular y lo popular suele terminar con la venta de castillos en el aire, en busca de dinero fácil. Así es la codicia, hasta que una vez más, el sentido común se impone y el inversor inteligente saca tajada.

Sin embargo, la codicia lleva necesariamente a la expansión crediticia y ésta suele terminar con decisiones erróneas de la banca. ¿Acaso los banqueros no son personas? La banca también claudica a la marea de codicia y la ambición de equipos directivos ávidos de ganancias, lleva a financiar de forma impulsiva y ridícula burbujas como la .com o la más reciente inmobiliaria.

Concluyendo en mi opinión, vemos de qué manera la moralidad se relaciona directamente con la codicia y ésta con la destrucción de proyectos empresariales, ya sean PYMES o compañías multinacionales como General Motors, ENRON o las inmobiliarias españolas como Renta Corporación Qhabit, Fergo AISA, Reyal Urbis, Metrovacesa, Martinsa Fadesa. Así como a serias dificultades como el caso de Sacyr o incluso FCC. Estos proyectos financiados por la banca, implican un nivel de morosidad importante que pone en riesgo a los bancos y por ende al flujo de crédito económico, es decir, aquel necesario y sano, del que como decía se sustenta con la moral. Para evitar el colapso económico, las autoridades monetarias rescatan los bancos endeudando los balances de los países y trasladando a la esfera pública la crisis de deuda privada.

• Evolución de compañías endeudadas. Comparativa entre Sacyr, FCC e IBEX 35.



Este suceso nos lleva a situaciones tan delicadas como la de Chipre, que terminan con la quiebra del sistema financiero y el temido corralito con implicaciones sistémicas. Y es normal que así sea, puesto que el acreedor siempre antepondrá la capacidad de pago, ya que sus sacrificios parten del respeto a los valores de lo colectivo, es decir; el ahorro, sirve para financiar los excesos de una colectividad excitada por la vanidad de lo inmoral. Y en este momento lo que domina es el indiscutible exceso de reservas monetarias de economías como China que están financiando a economías excesivamente endeudadas como la japonesa, Americana y Europea.

Chipre por lo tanto no es un problema per se, más bien diría que el problema de Chipre radica en el precedente, en el simbolismo que representan los excesos y un serio aviso que me temo han intentado dar al mundo con Grecia y al final se ha quedado con Chipre. El rescate chipriota me parece un mal menor si lo comparamos con el fracaso financiero español, ya que por ejemplo, la misma Bankia es un problema 4 veces superior al de Chipre que corresponde más a los rescates del Banco Valencia y de Caja Castilla la Mancha que al caso de Grecia. Entender Chipre como un precedente para el resto de países del sur de Europa implicaría una catástrofe que afectaría no únicamente a la economía europea, más bien a los acreedores que han confiado en una Europa seria liderada por Alemania, que ha exigido corregir los excesos con graves recesiones, para fomentar economías sólidas en el futuro, pero sobre todo para fortalecer la seriedad en una divisa, el euro de cara al inversor internacional, al fin y al cabo, el acreedor. A cambio, Alemania ha logrado financiarse de forma completamente gratuita en los próximos 10 años.
Por ello, pensar que Chipre puede sentar un precedente me parece algo ilógico, puesto que Alemania buque insignia de la Europa de la recesión, no puede dejar caer a Europa ni al euro, y en este caso no nos engañemos, ya no será por lo moral y sí por lo económico.

Gisela Turazzini