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Durante años se habló del riesgo financiero como una cuestión casi exclusivamente económica. Hoy, la geopolítica, las guerras comerciales, los conflictos armados o las tensiones energéticas parecen marcar la agenda. ¿Se ha convertido la geopolítica en el principal riesgo para las empresas?

La geopolítica ha adquirido un gran protagonismo en los últimos años y, sin duda, representa un riesgo creciente para las empresas. Sin embargo, geopolítica y economía están estrechamente interrelacionadas y se retroalimentan.

Por ejemplo, la guerra de Ucrania se está prolongando, entre otros factores, porque sus efectos económicos generan tanto perjuicios como, en determinados casos, algunos beneficios. En cambio, el conflicto con Irán se interrumpió durante un tiempo, aunque recientemente ha vuelto a reanudarse, probablemente porque sus consecuencias económicas eran más negativas, especialmente por su impacto sobre la inflación en Estados Unidos y el riesgo de que los tipos de interés tengan que subir o, al menos, de que resulte más difícil reducirlos. 

Esta situación también genera incertidumbre en la Unión Europea y en el Banco Central Europeo: en un momento se plantea la posibilidad de subir los tipos y, poco después, se apunta a que podría no ser necesario.

En definitiva, la geopolítica está influyendo de forma muy significativa en la economía y, por tanto, en los riesgos que afrontan las empresas. Pero la relación funciona en ambos sentidos: la situación económica también condiciona las decisiones políticas y las relaciones internacionales.

Tras la crisis financiera de 2008 parecía que la banca había aprendido la lección. Sin embargo, hemos visto episodios como la caída de Silicon Valley Bank, la crisis de Credit Suisse o las turbulencias recientes en distintas entidades. ¿Ha aprendido realmente el sector bancario a gestionar sus riesgos?

Cada crisis tiene un origen diferente y deja enseñanzas distintas. La de 2008 fue consecuencia, fundamentalmente, de una mala gestión del riesgo de crédito: los bancos concedieron préstamos a empresas y particulares que no tenían capacidad para devolverlos, como ocurrió con las conocidas hipotecas subprime. Ese fue el detonante de una crisis que comenzó con la caída de Lehman Brothers y terminó extendiéndose por todo el sistema financiero.

Otra crisis, la de Silicon Valley Bank respondió a un problema completamente diferente: una mala gestión del riesgo de mercado. El banco había invertido en bonos de alta calidad, sin riesgo de crédito, pero con tipos de interés fijos y vencimientos a largo plazo, buscando obtener algo más de rentabilidad en un entorno de tipos muy bajos. Estas inversiones se financiaban con depósitos poco o nada remunerados.

Cuando la inflación repuntó en Estados Unidos, los tipos de interés subieron y muchos depositantes retiraron su dinero. El banco tuvo que vender parte de esos bonos para hacer frente a las retiradas. El problema es que estaban contabilizados a coste amortizado, tal y como permiten los US GAAP cuando existe la intención y la capacidad de mantenerlos hasta el vencimiento. Al tener que venderlos antes de tiempo, fue necesario valorarlos a precio de mercado, que era inferior, aflorando pérdidas que terminaron desencadenando la crisis.

El caso de Credit Suisse tuvo un origen distinto y estuvo relacionado con una mala gestión acumulada durante años. También puso de manifiesto la importancia de la regulación. Mientras que en Europa los acuerdos de Basilea se han aplicado con bastante rigor, en Estados Unidos la normativa se flexibilizó para las entidades de menor tamaño, una decisión que posteriormente se revisó tras la quiebra de Silicon Valley Bank.

En conjunto, creo que el sector bancario sí ha aprendido de las distintas crisis. Los acuerdos de Basilea han ganado relevancia, la necesidad de diversificar los riesgos está más asumida y la gestión del riesgo ha mejorado. Cada crisis deja lecciones que contribuyen a reforzar el sistema financiero.

Casos como Grifols, que sigue siendo probablemente el mejor caso español, han puesto sobre la mesa cuestiones como la transparencia contable, el gobierno corporativo y la comunicación al mercado. ¿Qué lecciones deberían extraer las empresas cotizadas españolas para evitar una crisis de confianza semejante?

En mi opinión, puso de manifiesto un problema de formación financiera entre el público en general, los inversores e incluso algunos analistas. El informe de Gotham City Research partía de una posición bajista en el valor, por lo que existía un interés directo en que la cotización de Grifols cayera. De hecho, esa circunstancia aparecía reflejada en el propio informe. El problema es que mezclaba cuestiones relacionadas con el cumplimiento de la normativa contable con otras que no están reguladas por ella.

Por ejemplo, se cuestionaba que Grifols consolidara determinadas sociedades. Si eso hubiera sido incorrecto, estaríamos ante un posible incumplimiento de la normativa contable. Sin embargo, también se cuestionaban indicadores como el EBITDA, la deuda financiera o el apalancamiento, que no están definidos de forma estricta por las normas contables y cuya metodología puede variar. En el caso de Grifols, además, el cálculo del apalancamiento financiero estaba pactado con las entidades financieras en los correspondientes covenants.

Por tanto, es fundamental distinguir entre denunciar un supuesto incumplimiento de las normas contables y discrepar sobre la forma en que una empresa calcula determinadas magnitudes financieras que no están reguladas. En mi opinión, esa diferencia no siempre se entendió correctamente.

El caso sigue en los tribunales y todavía dará mucho que hablar, pero deja una lección clara sobre la importancia de contar con una sólida formación financiera. Es necesario saber qué partidas deben calcularse obligatoriamente conforme a la normativa contable y cuáles admiten diferentes metodologías. En este caso, ambas cuestiones se mezclaron, generando una gran confusión.

También había aspectos de gobierno corporativo que podían mejorarse y que, de hecho, se han ido reforzando. En cualquier caso, considero que la reacción fue desproporcionada y que una mayor formación financiera habría permitido separar mejor el grano de la paja.

¿Qué nuevos riesgos han surgido en los últimos cinco años que hace una década prácticamente no existían?

Han surgido varios riesgos que hace apenas una década eran difíciles de imaginar. El primero es el geopolítico. La situación actual en Europa era impensable hace diez años. Nadie esperaba una guerra en suelo europeo como la de Ucrania.

Tras la Segunda Guerra Mundial se consolidó un orden internacional que, con sus normas e instituciones, había funcionado durante décadas. Sin embargo, ese equilibrio se está redefiniendo. Europa está replanteando su papel tanto en el ámbito comercial como en el militar, dentro de la OTAN, mientras se configuran nuevos bloques internacionales con actores como Rusia, China, India, Estados Unidos o Mercosur. Europa no solo debe aspirar a liderar en valores, sino también en términos económicos y, ahora, en materia de defensa.

Las guerras también están provocando importantes cambios económicos. Alemania ha dejado de importar energía de Rusia y ha tenido que buscar nuevas fuentes de suministro. Los mix energéticos están cambiando y la energía nuclear, que parecía destinada a desaparecer, vuelve a considerarse una opción necesaria.

Además, el aumento del gasto militar puede convertirse en una oportunidad, porque muchos avances tecnológicos que hoy utilizamos, como Internet, la World Wide Web o el Bluetooth, nacieron de proyectos militares. Al mismo tiempo, ese mayor gasto puede generar presiones inflacionistas.

Otro riesgo relativamente nuevo está relacionado con la inteligencia artificial y la ciberseguridad. Son tecnologías que ofrecen enormes oportunidades para las empresas, especialmente en tareas repetitivas o en procesos como las auditorías, donde permiten analizar poblaciones completas de datos en lugar de trabajar con muestras. Sin embargo, nunca sustituirán el juicio profesional, la experiencia ni el análisis riguroso.

Al mismo tiempo, estas herramientas generan nuevas amenazas. El Banco de España, por ejemplo, ya está pidiendo a las entidades financieras que se preparen para afrontar los riesgos asociados a la inteligencia artificial. Lo mismo ocurre con la ciberseguridad: son avances que mejoran nuestra capacidad para gestionar información, pero también abren la puerta a nuevos fraudes y ataques. En definitiva, representan una enorme oportunidad, aunque incorporan riesgos que deberán gestionarse adecuadamente.

Añadiría un riesgo emergente de carácter legal que puede acabar convirtiéndose en un riesgo reputacional y financiero: lo que denomino «indefensión asimétrica».

Vivimos en una situación en la que aceptamos contratos, condiciones de uso o pólizas marcando que las hemos leído cuando, en realidad, no es así. También recibimos comunicaciones no reply, en las que la empresa puede dirigirse al cliente, pero este no puede responder por la misma vía. O llamadas que avisan de que «esta conversación puede ser grabada», sin que el cliente tenga el mismo control sobre esa información.

Todo ello genera un desequilibrio entre las grandes empresas y los ciudadanos. Creo que, si esta situación acaba provocando un mayor rechazo social, las compañías que simplifiquen sus procesos, hagan sus contratos más comprensibles y faciliten la relación con sus clientes tendrán una ventaja competitiva frente a aquellas que continúen imponiendo procedimientos cada vez más complejos y difíciles de entender.

En los últimos cinco años, ¿ha aumentado el interés por el Máster en Riesgos Financieros y Auditoría Internacional del IEB? ¿Qué factores explican ese crecimiento?

Creo que el interés ha aumentado por varios motivos. El primero es el enfoque eminentemente práctico del máster. Las clases se basan en casos reales y en la resolución de situaciones que los alumnos pueden encontrarse en su actividad profesional, lo que facilita un aprendizaje mucho más aplicado.

Otro factor diferencial es el claustro. Todos los docentes son profesionales en activo que toman decisiones cada día en grandes empresas, ya sean bancos, compañías de seguros, consultoras o firmas de auditoría. Enseñan las mismas herramientas y metodologías que utilizan en su trabajo diario, lo que aporta un valor diferencial a la formación.

También destaca el uso de tecnología avanzada. Los alumnos trabajan con Bloomberg y con herramientas como Python, Power BI o SQL, que se integran en las distintas asignaturas y refuerzan ese enfoque práctico.

Además, el máster no se limita a las empresas industriales y comerciales, sino que aborda también en profundidad sectores altamente especializados, como la banca y los seguros. Incluye contenidos sobre la normativa contable de instrumentos financieros, los acuerdos de Basilea, la normativa de solvencia o la NIIF 17 para contratos de seguros, proporcionando una formación completa para distintos ámbitos de actividad.

Otro aspecto importante es la actualización constante de los contenidos. Las principales novedades del mundo financiero se incorporan al programa incluso antes de su entrada en vigor. Es el caso de la NIIF 17, que se imparte desde hace años, o de otras normas que se incorporan con antelación para que los alumnos lleguen al mercado con una formación plenamente actualizada.

Por último, este máster va más allá de la empleabilidad. Aunque la inserción laboral es muy elevada, la mayoría de los alumnos ya está trabajando cuando se matricula. Lo que buscan es adquirir conocimientos que les permitan asumir mayores responsabilidades y progresar dentro de sus organizaciones.

Dominar conceptos avanzados del mundo financiero, como los impuestos diferidos o las combinaciones de negocios, les ayuda a acceder a puestos de mayor responsabilidad, ya sea en su propia empresa o en otras compañías. Creo que esa capacidad para impulsar el desarrollo profesional es una de las claves de su éxito.

Después de toda una carrera asesorando a empresas y formando a profesionales, ¿cuál es el mayor error que siguen cometiendo los directivos cuando hablan de gestión del riesgo?

Más que hablar de errores, prefiero hablar de dificultades. Aunque se ha avanzado mucho, todavía resulta complicado para muchas empresas identificar correctamente sus posiciones netas de riesgo.

Por ejemplo, una compañía debería conocer y valorar con precisión su exposición al dólar. Sin embargo, obtener esa posición neta no es sencillo, porque está interrelacionada con otros factores, como los tipos de interés, la cotización de las materias primas o distintas variables de mercado. Además, estas posiciones pueden calcularse por unidades de negocio o de forma consolidada.

Cuanto más consolidada sea esa identificación, mayores serán las oportunidades para gestionar los riesgos de forma eficiente y convertir esa gestión en una ventaja competitiva.

Mi mensaje sería seguir mejorando los procedimientos para que las empresas, tanto industriales como financieras, sean capaces de identificar, analizar y valorar con mayor precisión sus posiciones netas de riesgo. También animaría a realizar ese análisis a nivel consolidado porque, de lo contrario, puede ocurrir que determinadas operaciones con derivados, en lugar de reducir la exposición a un riesgo, acaben incrementándola.