“El buen juicio proviene de la experiencia y la experiencia proviene del mal juicio.” Fred Brooks, Ingeniero de Software.
 
La mayoría de las decisiones que tomamos están influenciadas por nuestras creencias y por la interpretación que hacemos de las experiencias que hemos vivido. Y ni las creencias, ni el conocimiento que adquirimos a través de la experiencia, son inmutables ni plenamente objetivos. Se trasforman en el tiempo y moldean nuestra percepción y nuestra conducta.

Tratándose de temas financieros, las decisiones que tomamos se basan en el inicio de nuestra vida como inversionistas, en sistemas de creencias y percepciones no necesariamente relacionadas con temas financieros; pero conforme adquirimos (o creemos adquirir) experiencia en esta faceta, nuestra conducta es una combinación de sistemas de creencias arraigados que se combinan con la reinterpretación que hacemos de las experiencias más recientes.

En la más reciente versión de un trabajo académico titulado “Cómo el retorno de inversión y la experiencia de riesgo moldean las creencias y preferencias de los Inversionistas”, los académicos de la Universidad de Maastricht Arvid O. I. Hoffmann y Thomas Post se valieron de información sobre registros de operaciones de inversión y de encuestas para determinar cómo los inversionistas actualizan y modificas sus creencias y preferencias en lo relativo a su expectativa de entorno y el riesgo y su tolerancia a la mismo

En su estudio encontraron que las experiencias previas de rendimiento tenían una importante influencia en sus nuevas expectativas de retorno y en su tolerancia al riesgo, incidiendo de forma negativa en su nueva percepción de riesgo.

La investigación apunta a que los inversionistas no analizamos cada nueva decisión de inversión por sus propios méritos; modificamos nuestra percepción pudiendo llegar a interpretar contextos similares de forma diferente dependiendo de cuál ha sido la experiencia previa a la situación presente, con lo que más que una racionalidad y criterios generales de inversionista, estaríamos ante decisiones y conductas cambiantes.

Existen elementos de este fenómeno que generan desviaciones negativas de decisiones óptimas en términos de inversión. Una de ellas por ejemplo es la tendencia que tienen ciertos inversionistas a juzgar en un activo (como una acción) que ha tenido una tendencias marcada de alza en su precio, a que esa tendencia por si misma incrementa el potencial de caída posterior del precio de la acción, lo que lleva a tomar decisiones de venta que o bien reducen el margen potencial de ganancia o, en algunos casos, generan un efecto de profecía auto cumplida cuando muchos inversionistas comparten el mismo error de interpretación y de hecho provocan un caída del precio.

Otro efecto negativo asociado se refiere a momentos en que frente al crecimiento del precio de la acción de una empresa que tiene fundamentos financieros sumamente sólidos, el inversionista altera su percepción de riesgo rendimiento y empieza a vincular retornos altos con bajos niveles de riesgo, lo cual contraviene los principios financieros más elementales.

Conductas como las antes señaladas generan, particularmente en momentos de volatilidad financiera, una reducción significativa de la capacidad de los inversionistas para analizar adecuadamente el riesgo y potencial rendimiento de sus portafolios y en general de sus vehículos de inversión.

Para algunos autores, ello está detrás de momentos de burbujas especulativas e incluso en el origen de la crisis financiera de 2008.

Si bien es evidente la complejidad que como inversionistas tenemos para abstraernos de esas distorsiones, reconocer su existencia es un primer e importante paso para enfrentar de mejor manera las decisiones financieras que determinarán el crecimiento y supervivencia de nuestro patrimonio, particularmente en momentos de incertidumbre como los que se han vivido en los mercados financieros, incertidumbre que muy probablemente será una constante en las decisiones financieras que tomemos en el futuro.

El autor es politólogo, mercadólogo, especialista en economía conductual, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM y Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.

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