A diferencia de las infraestructuras, el capital es un nómada. O, como se dice en economía, es la votación con los pies. Cuando el entorno se vuelve hostil —ya sea por inseguridad jurídica, inestabilidad política o una fiscalidad confiscatoria—, es fácil que el dinero cruce la frontera.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
En España, en los últimos años, se ha optado por intensificar la presión fiscal sobre los patrimonios más altos, elevando impuestos y endureciendo condiciones. Además, la falta de seguridad jurídica y cambios normativos a salto de mata, da una suerte de entorno en el que el capital no se encuentra a gusto.
Y que el capital huya tiene consecuencias muy negativas, en general, y para los menos favorecidos, en particular. El capital hace posible la inversión que hace a la economía más capital intensiva, ayudando a la productividad y favoreciendo a aquellos trabajadores menos productivos. Lejos de lo que pueda pensarse en un primer momento, este tipo de huidas va en perjuicio de aquellos menos cualificados.
Estos grandes patrimonios son también inversores clave en startups, fondos, vehículos inmobiliarios, en nuestras empresas y, no lo olvidemos, en ayudas como las que hemos visto de Amancio Ortega o Juan Roig. Cuando se marchan, no solo lo hacen con su dinero, sino también con sus empresas y su impulso empresarial. Además, la señal que se lanza al resto del mundo es clara: aquí, si prosperas, te penalizamos. No parece el mejor eslogan para atraer inversión extranjera.
Emiratos Árabes ofrece residencia fiscal sin impuesto sobre la renta; Portugal ha tenido programas como el Non-Habitual Resident con beneficios durante diez años; Italia ha implementado una tasa fija para grandes patrimonios extranjeros que se trasladen al país. Todos ellos han entendido que la fiscalidad es una herramienta de atracción de capital, no solo de recaudación. Y, en el medio plazo, es posible incluso recaudar más con esas medidas.
Y esto no significa que haya que competir a la baja sin control. Se trata de ofrecer un marco predecible, atractivo, que premie el éxito en lugar de castigarlo. De convertir al país en un lugar que premie el capital, no en una trampa fiscal.
España tiene mimbres para jugar en esa liga. Buenas infraestructuras, calidad de vida envidiable, clima estable, conectividad excelente, talento universitario… pero todo eso no basta si las reglas del juego espantan al inversor.
La propuesta es sencilla y bastaría con algunas medidas, como la estabilidad normativa (no cambiar impuestos cada año), incentivos fiscales competitivos, especialmente en IRPF, patrimonio y sucesiones, programas de atracción de similares al modelo portugués o italiano, reforzar la seguridad jurídica e institucional, o promover la inversión empresarial mediante deducciones.
El discurso de que se vayan los ricos es emocional, pero empobrecedor. Es echar al jardinero y esperar que el jardín florezca solo. Atraer capital y talento no es rendirse al poder del dinero, sino comprender que un país que retiene y seduce a sus mejores activos humanos y financieros tiene más herramientas para prosperar, innovar y crear empleo.
La pregunta que me hago es ¿qué vamos a hacer para que quieran volver? O mejor aún, para que no se vayan. Pero creo que, por desgracia, nuestros políticos deberían hacerse una previa: ¿queremos seguir echando a los ricos?