Allí estaba Larry Fink, presidente de BlackRock, defendiendo que todo activo debe ser digitalizado y tokenizado para estar bajo el perímetro adecuado. Todo. Traducido: nada debe existir fuera del radar. Cómo recuerda esto a “todo dentro del Estado, nada fuera”. Lo dijo un tal Benito.
Allí estaba Christine Lagarde, anunciando que el euro digital llegará pronto, como si el problema de Europa fuera la falta de instrumentos de control monetario y no la falta de crecimiento, inversión y productividad. Una criptomoneda pública y única, por supuesto.
Ay, Europa, qué ha sido de ti. Davos no habla de cómo crear riqueza, sino de cómo administrarla desde arriba. No es un foro de mercados y economía, lo es de gobernanza. Tampoco es un espacio de empresarios, sino de gestores del sistema y, como mucho, una pasarela donde los prebostes enseñan la patita para que se les vea.
Recuerdo un jefe que tuve hace años, muy cachondo (y muy sabio), al que hacían reverencias fuera al restaurante que fuera. Cuando le decíamos que cómo podían conocerle en tantos sitios, me decía, “para ser importante en este país, te tienen que conocer en dos o tres restaurantes, uno o dos ministerios y manejarte bien en Pigmalión”. Qué bruto era, pero este dicho de periodista de los años setenta no está demasiado lejos del espíritu Davos, donde hay que llegar ostensiblemente en el avión privado, ser entrevistado por algún diario puntero de tu país de origen (para no decir nada), ser visto en algún pasillo y hotel, dar dos o tres abrazos con las palmadas muy fuertes… y listos.
El mensaje de fondo es siempre el mismo: el proyecto privado y personal es un residuo del pasado, la propiedad es un concepto discutible y sometido, La libertad económica debe ser compatible con el “interés general”, definido, cómo no, por quienes no se someten a él. Los del avión privado, que vienen a decirnos que los demás tenemos que movernos en bicicleta.
Frente a ese consenso globalista, este año ha ocurrido algo llamativo. Las críticas más duras a Europa no han venido de activistas marginales, sino de líderes políticos de primer nivel. Elon Musk, Javier Milei y buena parte del establishment político estadounidense, con Donald Trump a la cabeza, han descrito a Europa como lo que es: un continente burocratizado, fiscalmente extractivo y crecientemente hostil al capital. Eso era bastante esperado.
Lo sorprendente es que ese diagnóstico haya sido corroborado por el propio canciller alemán, Friedrich Merz. Cuando incluso Alemania reconoce el problema, es que el problema es serio.
Davos es hoy el estandarte de una idea profundamente peligrosa: “no serás nada y serás feliz”. No poseerás activos reales, no controlarás tu ahorro, no decidirás sobre tu capital. Todo estará intermediado, regulado, tokenizado, supervisado. La libertad económica queda reducida a una concesión administrativa.
Todo esto sucede, además, en un contexto que roza lo grotesco. Además del akelarre de élites globales repartiéndose la gobernanza planetaria, España vive episodios de caos ferroviario impropios de un país avanzado. Infraestructuras críticas fallando, inversión insuficiente, mantenimiento deficitario. El contraste no puede ser más elocuente.
El mundo occidental necesita capital e inversión como nunca. Transición energética (es decir, modelo energético), reindustrialización, defensa, tecnología, infraestructuras, demografía. Todo requiere ahorro previo. Nada se financia solo con deuda, por mucho que los bancos centrales hayan querido hacérnoslo creer durante una década. La deuda no crea capital; solo lo adelanta y, a menudo, lo destruye.
Frente al espectáculo de Davos, empieza a abrirse paso, entre la indiferencia, otro discurso. No viene de los foros glamurosos, sino de informes técnicos y voces que aún creen en los mercados. Mario Draghi ha advertido de que sin mercados de capitales profundos Europa no podrá financiar su futuro. Enrico Letta ha señalado la fragmentación financiera como uno de los grandes frenos estructurales. Desde Bolsas y Mercados Españoles se insiste en la necesidad de canalizar ahorro privado hacia inversión productiva.
El diagnóstico es claro: Europa no tiene un problema de ideas, tiene un problema de capital. Y el capital no nace de la deuda ni de la planificación. Nace del ahorro privado, de la propiedad, de la seguridad jurídica y de mercados que funcionen sin ser demonizados.
Por eso Davos es una hoguera de las vanidades y poco más. No es el foro del futuro, es el museo de una élite que ha confundido gestión con control y estabilidad con estancamiento. Europa no saldrá adelante digitalizando cada activo ni vigilando cada transacción. Saldrá adelante permitiendo que el ahorro vuelva a ser virtud, que invertir vuelva a ser atractivo y que el capital deje de ser tratado como un enemigo.
Muera Davos, foro obsceno y vergonzante. Viva el ahorro privado, la inversión, el crecimiento y el desarrollo. Viva la libertad, la democracia del Siglo XXI y no el actual remedo partitocrático. Soñemos una Europa que aspire a ser puntera.