El gráfico que ponemos en este artículo es un buen reflejo de ello. Sectores disparados frente a otros claramente castigados en lo que llevamos de año. Energía subiendo con fuerza (algo que parece lógico), mientras tecnología, consumo discrecional, o financieros retroceden. Una divergencia que, aunque siempre ha existido, ahora parece más intensa, más rápida e impredecible.
Fuente: Carlos Arenas Laorga
La rotación entre sectores es tan antigua como el propio mercado. Cuando la economía acelera, el dinero va hacia activos más cíclicos y de crecimiento; cuando se enfría, busca refugio en sectores defensivos. Es un movimiento natural.
Sin embargo, lo que estamos viendo en los últimos tiempos es acentuarse esta dinámica hasta límites que rozan lo preocupante. No es solo que unos sectores lo hagan mejor que otros, es que la dispersión se ha ampliado hasta niveles que desconciertan.
Aunque podemos encontrar una lógica detrás del comportamiento de cada sector, el apalancamiento y las redes sociales hacen que los movimientos sean constantes, se alejen de los fundamentales y los análisis sean menos relevantes.
No solo importa qué ocurre, sino cómo se interpreta, quién lo comunica y a qué velocidad se difunde. Ante una caída provocada por un mensaje en una red social por parte de Trump, nos cambia el panorama de un activo. A su vez, este movimiento se ve muy amplificados por posiciones apalancadas, lo cual es una máquina de volatilidad artificial, pero real en las inversiones de cada uno de nosotros.
En los mercados actuales, una declaración política, un titular o incluso un comentario en redes puede desencadenar movimientos sectoriales relevantes. No porque cambien los fundamentales de un día para otro, sino porque cambia la percepción de los inversores sobre las expectativas.
Ante estas circunstancias que, nos guste o no, son las que tenemos, el inversor se enfrenta a la tentación de intentar anticipar el siguiente movimiento en función del último titular. Es una estrategia que puede seducir, pero es muy inestable y peligrosa. El market timing tiene su función, pero para el largo plazo es terrible.
Competir en el corto plazo significa enfrentarse a algoritmos, flujos automáticos y decisiones impulsivas (o automáticas) amplificadas por la tecnología y las posiciones apalancadas.
Frente a ello, la alternativa (menos emocionante, pero más sólida) consiste en volver a los principios básicos. Recordar que el valor de los activos sigue dependiendo de su capacidad de generar rentabilidad a lo largo del tiempo. A corto plazo se sufrirá más, pero tenemos que acostumbrarnos a ver esta volatilidad como ventana de oportunidad y no alterarnos ante movimientos raros de los activos. Porque, los vamos a ver…
Cuanto más corto se vuelve el horizonte del mercado, más importante se vuelve el largo plazo para el inversor. Es una de las grandes paradojas actuales. Más que nunca, a pesar de los pesares, la paciencia y el largo plazo son una ventaja competitiva. Que sufriremos más ruido a corto parece evidente. Pero no caigamos en esta tentación de movimientos constantes.
Es muy probable que cuando este artículo sea publicado, el gráfico que he puesto con fecha del viernes 20 de marzo haya cambiado. Sectores que hoy lideran pueden haberse quedado rezagados, y viceversa. Siempre decimos que lo importante no es acertar con el siguiente movimiento, sino tener una cartera sólida y diversificada. Aguanta el ruido. Si acaso, aprovéchalo para entradas, pero no caigas en la tentación de los movimientos constantes. Apaga la radio.